Mi atención es prestada – @reinaamora + @MikiMausser

Reinamora @reinaamora, krakens y sirenas, Perspectivas

[ Escrito a dos manos y la mente calenturienta con @MikiMausser siempre es un placer además de un reto. ]

Trata de un hombre convencional con una vida convencional y unos deseos, a priori, de lo más normal, y, de repente, entra en su vida una mujer que rompe todas las reglas establecidas de su convencional existencia.

Según nos íbamos conociendo, se fue dando cuenta de que existe gente que vive su sexualidad de una forma natural y diferente, al margen de todas las normas, y eso le hizo desear hasta un límite inimaginable. Conforme él más deseaba, más dispuesta estaba yo a cumplir sus deseos.
Se empezó a establecer entre nosotros una curiosa relación en la que me sentía admirada y deseada como pocas veces antes. Sentía que tenía necesidad de adentrarse en mi mente, que su meta era conocerme, por eso decidimos cometer una locura.
¿Una cita a ciegas? No, ¡un fin de semana entero a ciegas! Una auténtica locura.
Así llegué a mi destino, tranquila hasta el punto de darme miedo, con una seguridad que me asustaba.
No explicaré el primer día, sé que no es eso lo que interesa de la historia, sólo decir que tras una primera noche en la que todo fluyó de la manera mas natural y morbosa, llegó un primer día que resultó maravilloso.
A pesar de no formar parte de mi mundo, notaba que quería comprenderme, saber lo que sentía, cómo lo sentía, de qué manera encontraba el morbo, el juego, y hasta dónde era capaz de llegar…
La segunda noche me arreglé para salir tal como me había pedido. Me vestí de manera sexy y atrevida, me vestí para él, para intentar cumplir esas fantasías hasta el momento matadas por unas normas preestablecidas con las que quería romper.
Cuando estuve preparada, me llevó al salón, me sentó en el sillón y empezó a acariciarme, a tocarme, a besarme. Le advertí que si empezaba a jugar así, no saldríamos.
Me besó despacio, con ternura, y me pidió que me dejara hacer.
Me entregué a él y, tal como me había sugerido, me dejé llevar.

 

Al final decidimos encontrarnos a medio camino, en una ciudad neutral. Yo ya había tenido alguna cita a ciegas, pero un fin de semana entero, sin conocer previamente a la otra persona, era algo que nunca me había ni planteado. Hay muchas cosas que no se perciben si no es cara a cara, y la situación de vernos teniendo que compartir habitación de hotel, si luego no había la misma atracción que por las redes, me inquietaba.
Yo soy un tío normal, con una vida normal y cargado de manías como todo el mundo. Siempre he tenido fantasías, como cualquiera, pero nunca imaginé que tendría la oportunidad de realizar alguna y menos con semejante mujer.

Nos encontramos el viernes a última hora de la tarde en el casco viejo. Ella había llegado por la mañana y ya había estado en el hotel. La noche fue perfecta. Estaba exageradamente buena y tuvimos un feeling brutal desde el primer minuto. Morenaza impresionante con un pecho de esos que roban atenciones y unos ojos que acompañan a ese tipo de mirada penetrante que acojona a los hombres. Hablaba de cualquier tema con soltura y hacía alarde de un humor inteligente que conseguía que no pudiera, ni quisiera, dejar de escucharla. Mostraba una seguridad en sí misma de las que no es habitual encontrar. Empezamos con pinchos y vinos y seguimos con jijis, jajas y noche de hotel de dormir poco y sudar mucho. El primer día pronosticaba un fin de semana que seguro me costaría olvidar.
El sábado por la mañana lo pasamos por la ciudad. La sensación era como si lleváramos tiempo juntos, como si nos conociéramos de toda la vida a pesar de lo diferentes que éramos. Comimos, bebimos, paseamos por la ciudad devorándonos el alma en cualquier rincón y nos sobamos como si estuviéramos solos, estando rodeados de gente sin ver a nadie, esa sensación. Había algo extremadamente atractivo y enigmático en cada uno para el otro.
Por la noche nos arreglamos para salir entre más besos, juegos y calenturas. Paseamos por la ciudad y entramos en un bar de copas que estaba bastante vacío. Ni sé cómo llegamos hasta allí ni por qué entramos, supongo que simplemente nos dejábamos llevar sin darnos cuenta mientras nos embelesábamos.
Nos sentamos en la barra y el camarero vino a atendernos. Era un chaval joven y cuidado, de esos que van al gimnasio, se depilan las cejas y se echan cremas. Noté cómo la miraba y sabía exactamente lo que estaba pensando. Al final de la barra había un hombre mayor de cara curtida, era el único cliente además de nosotros y la miraba exactamente igual que el camarero, con lascivia y ganas, igual que la miraba yo sin poder remediarlo y cualquier hombre que la hubiera tenido delante.
Le pregunté al camarero si el garito se animaba más tarde, estaba muy vacío y ya no era tan temprano. Me contestó que no, que últimamente no venía mucha gente y que estaba a punto de cerrar. En ese momento se me ocurrió algo que hizo que mi morbo se disparara. Me llevé al camarero al final de la barra y estuve hablando con él. Volví con ella y el chaval cerró el bar y fue a la otra punta de la barra a hablar con el otro hombre. Ambos me miraron y el de la cara curtida asintió con sonrisa de coyote.

—¿Qué pasa? ¿De qué has hablado con el camarero?
—De nada serio, tranquila. Nos vamos a divertir…

En ese momento me miró con incertidumbre. Sabía que algo tramaba, pero no sabía qué y noté cómo eso la empezaba a excitar. Comencé a besarla y a acariciarle los muslos mientras el chaval y el hombre miraban. Fui subiendo hasta que llegué a su impresionante pecho y se lo magreé con fuerza y deseo. Ella soltaba pequeños gemidos y cada vez estaba más entregada y abandonada a mis caprichos…
No voy a negarlo, me gusta el exhibicionismo. Me encanta y me excita, pero en este caso era algo más, algo que me llegaba más hondo, más profundo. No era la primera vez que veía o participaba en algo así, en el morbo de sentirte observada cuando te entregas al placer. Es la pasión lanzada al mundo para cualquiera que lo vea o se acerque, pero no era eso en aquel instante. Quería que esos dos desconocidos me vieran, sí, pero deseaba que en aquel momento me excitara él, sólo él… En aquel momento y en cualquier otro.
Quería que vieran cómo me entregaba. Que me vieran dándole cualquier cosa que me pidiera. Regalarle todas las sucias fantasías que se le pasaran por la mente. Que me vieran excitarle tanto como su calenturienta conciencia me excitaba a mí. Sin ninguna moral. Sin ningún permiso. Necesitaba poseer cada centímetro de su piel.

Sus manos acariciaban mis muslos mientras me perdía en su aliento. Con cada latido me robaba más y más el alma, sabiendo que llegaría un momento en que la tendría para sólo él, para que me robase entera sin darme explicaciones.
Mordía mis labios con la intención de destrozar mis sentidos. El mundo dejó de existir más allá de sus besos cargados de pecados aún por definir. Cogió mi cara con su mano izquierda y se abalanzó sobre mi cuello. Su barba de varios días rivalizaba con sus dientes a la hora de arrancarme gemidos. Era un auténtico cabrón y él lo sabía, pero era mi cabrón…Sólo mío.
Me tiró sobre la barra y me giró. Se colocó a mi espalda y buscó mi cuello para caerme encima en un torbellino de lamidas y mordiscos. Hacía estragos en mí y sólo acababa de empezar. Noté el excitante sonido de una cremallera al bajarse. Mi vestido caía hacia un lado dejando al aire mi espalda que no tardó en empezar a recorrer con su lengua. Cerré los ojos y me abandoné a ese punto en que perdería mi nombre por dárselo a él.

Sus manos entraron en mi vestido buscando unos pezones que lo llamaban con insistencia. Sabía esperar y hacerse desear. La impaciencia me carcomía y aumentaba mi deseo por lo que me daba, por lo que me podía dar, por lo que era y por lo que me hacía sentir.
Apretó con fuerza y gemí sin pudor cuando un calambre de dolor y placer me inundó por dentro. Mi cuello volvió a recibirle mientras puse mi brazo detrás de su nuca. Dolor y placer, indistinguibles, me llenaban.

En ese momento me giré, quería ver su cara y que él viera el hambre que me había despertado. Necesitaba que me deseara como nunca había deseado a nadie. Mordí sus labios mientras trataba de desabrochar los botones de su camisa. Perdí los nervios, así que los arranqué sin miramientos. Su pecho al aire era una invitación y empecé a besarlo y recorrerlo con mi lengua. Sus gemidos, cuando le mordí, me encendieron tanta pasión que no me cabía en la sangre.

Su cinturón no se resistió mucho. De rodillas miré a sus ojos mientras lo metía en mi boca.

—Mírame! Quiero que me mires, cabrón —le dije antes de perder la capacidad de hablar.

Sus jadeos delataban su placer y mi lengua y mordiscos le alertaban de que la noche no había hecho más que empezar. Iba a darle lo que quisiera y quería que lo supiera, que se quedara con la fantasía de lo que iba a ser esa noche para los dos.
Paré poco antes de que terminase. Me puse de pie y abroché sus pantalones mientras me recomponía. Sonreí y pagué las copas a un excitado camarero alterado aún por lo que acababa de pasar.

—A ésta te invito yo —le dije con actitud juguetona.

Dejamos un rastro de deseo y vicio al salir del bar y volver al hotel. Terminaría tantas veces como él deseara una historia que acababa de empezar… Y la sigo empezando cada vez que me mira…

 

Muchas veces pienso en aquel fin de semana, en aquella ciudad, en aquel bar, pero sobre todo en ella.
No nos volvimos a ver más ni volví a saber de ella. La mecánica rutinaria de la vida hizo que poco a poco todo volviera a mi convencional existencia. Creo que ambos sabíamos que, de habernos vuelto a ver, la inercia de la casposa realidad habría destrozado nuestro genial momento y lo hubiera mediocrizado de tal manera que hasta el recuerdo de lo perfecto se hubiera esfumado.

Hubieron muchas después, pero ninguna fue igual, ni parecida siquiera. La imagino en sus mundos, rompiendo al caminar, soltando las riendas, enseñando a algún pobre diablo otro tipo de realidad, otra forma no escrita de desear.

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Dicen que la vida gira en torno a los momentos que te dejan sin respiración… yo diría más bien que gira alrededor de las personas que llegan y te dejan sin aliento.
Si a la atracción le hacen falta trucos… cambien de magos.
Porque la única atracción que funciona es la que no guarda un as en la manga. Sino la que llega y te tira de espaldas simplemente por la forma en la que fluye.

Dicen que en la vida todo son experiencias, y que las hay malas, buenas y extraordinarias, como la que viví junto a esa mujer tan poco convencional, tan auténtica. Y desde entonces, desde que tuve la suerte de cruzarme con ella, una sola cosa tengo clara: Mi atención es prestada y siempre lo será…

 

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