Mentiroso en un mundo de trileros @candid_albicans + @ialterego84

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Miremos a nuestro alrededor. ¿Qué es la vida? Algún poeta intensito daría mil vueltas para hablar de nada. Otro, tal vez, recurriera a la metafísica y la humanidad para llegar a lo mismo: nada. Digamos que la vida es lo que es: una puta mierda. Un jarrón en el que las flores se marchitan (ojo con la metáfora) y el día menos pensado acaba reventándose contra el suelo en mil pedazos. Eso es la vida. Acción y reacción. Fragmentos. Un rosario de recuerdos. Cadáveres en la cuneta y cuentas pendientes que, antes o después, siempre acaban saldándose de una manera u otra. Ya sea un disparo en la cara en un ajuste de cuentas o con un polvo salvaje de reconciliación después de una discusión en pareja. Y por ahí parecen ir los tiros con la pareja que tenemos en una habitación. Ropa por el suelo. Fluidos vaginales manchando el colchón y corriendo por los muslos de ella. Semen. Condones. Lubricantes y juguetes varios. Tamaños y grosores a gusto del consumidor. Esposas en el cabecero y él convertido en un esclavo sumiso de pene flácido tras el orgasmo. Respiración entrecortada por ambas partes. Él, extasiado. Ella, mirándole con un extraño brillo en sus ojos. Algo a mitad de camino entre un instinto animal o algo que se lleva dentro desde hace mucho tiempo y tiene que salir por algún lado. Sonríe y murmura algo, acercándose a él mientras le acaricia el abdomen con la yema de los dedos y se humedece los labios…

No te haces a la idea de las ganas que te tenía. En el momento en que te vi cruzar la puerta del Di Matteo, sabía que acabaríamos desnudos en mi cama. Tengo la sensación de haber estado esperándote toda mi vida. No te asustes. No suelo ser tan romántica. ¿Permites que me encienda un cigarro? Lo fumaremos a medias. Ah, no, que tú nunca has fumado. Tranquilo, las esposas te las quitaré luego. Me pone muchísimo tenerte así, inmovilizado entre mis piernas. Me gusta sentirme poderosa. Me gusta que me supliques, como lo has hecho antes. Me pone tanto que podría correrme ahora mismo tan solo de recordarlo. Mmmm… la manera en que pronunciabas mi nombre, jadeando, mientras repetías per favore Bianca… ha sido música para mis oídos. Suplicar debe de ser algo novedoso para alguien acostumbrado a oír las súplicas y los ruegos de los demás. ¿Verdad, signore Ciancimino? No me mires así. Tu verdadero nombre, donde vives, a qué hora bajas a tomar tu caffè machiatto, las putas con las que follas y cómo te gusta abofetear a la pobre Chiara. Lo sé todo sobre ti. Tch, tch, tch… deja de moverte tanto; es inútil que intentes escapar. Y deja de gritar. Me molesta enormemente que me interrumpan mientras hablo. Voy a cerrarte la boca con mis braguitas La Perla y un trozo de cinta americana. Tengo entendido que te gustan los lujos. Sólo será un momento.

 

Madrid. 36 horas antes

Suena un sms en el móvil de la empresa. Dos vibraciones, como siempre. Un trabajo de los de precisión, los que a mí me gustan. Al abrir el mensaje me encuentro con su cara. Debajo, su nombre: Salvatore Ciancimino. Creo que mi corazón ha perdido un par de latidos. Vuelvo a recuperar la respiración. Es él. El día para el que me he estado preparando toda mi vida por fin ha llegado. Voy corriendo a la caja fuerte de mi armario, tropezando con todo lo que me encuentro por el camino. Me tiemblan las manos de las ganas. Respiro hondo. Dos, tres, cuatro… tranquila. La Colt, las divisas, mi botiquín de medicamentos para emergencias, y entre todos los demás, mi pasaporte italiano. Aquí estás, Bianca Marinelli. Mi yo de pelo negro, ojos verdes y gafas de estilo retro me sonríe. Hoy mismo volamos a Nápoles.

Esto parece sacado de una peli de porno duro. Esposas. Fustas. Sexo salvaje. Ella cabalgándome. Su lengua por todo mi cuerpo. Sus gemidos. Mis jadeos. Joder, es pensarlo y me cuesta contenerme. Y además, vuelve a acercarse a mí con esos andares felinos, con esos ojos de gata en celo mientras me acaricia el cuerpo…

Un momento, ¿qué está pasando? No puedo moverme. Tampoco gritar. No siento su mano sobre mi piel. ¿Qué coño está pasando aquí? Lo que sí noto es cómo el corazón me bombea rápido en el pecho. Parece que va estallar de un momento a otro. Los oídos me zumban. Siento miedo. Esos ojos… Esa mueca sádica… Esa sonrisa… No, no puede ser. Esto no está pasando. Es un mal sueño. Sólo tengo que despertar, sólo eso, nada más.

No te alarmes, Salvatore. El hormigueo que sientes en los labios y la parestesia en cara y extremidades es normal. Eso es porque la STX, una neurotoxina paralizante, está haciendo efecto. Te la inyecté mientras te corrías en mi boca y ni te enteraste. En unos minutos ya no podrás mover las piernas ni los brazos. Normalmente utilizo estricnina para mis trabajos, un pesticida altamente letal, pero la muerte es mucho más rápida y lo que yo quiero es verte agonizar.

 

Veinte años antes

Palermo.

Un hotel. Un maletín sobre la mesa de la habitación 305. Salvatore Ciancimino más joven. Frente a él, un hombre con aspecto de labriego. Los restos del imperio de Riina y Provenzano. Un encargo. Dinero fresco. Un viaje a Nápoles. Un capo de la camorra que ha extraviado media tonelada de caballo de primera. Un revólver dos balas. Una ejecución que sirva de advertencia: en los bajos fondos no existen los cheques regalo. Si quieres algo, lo pagas.

Nápoles.

Zona de gente adinerada. Urbanizaciones de reciente construcción. Ciancimino esperando dentro de su Alfa Romeo dos calles a la derecha de su objetivo. El tiempo pasando. La noche llegando puntual, como siempre. Hora de ganarse el pan y la otra mitad del dinero acordado.

Dos toques en la puerta, toc toc. El mismo al que le han mandado liquidar abriendo. Parece que la suerte le sonríe de lleno. Antes de que el otro pueda decir nada, Salvatore le apunta con el 38 en la cara. El objetivo hace una mueca, como invitando a disparar. El gatillo empieza su recorrido. El martillo a retroceder. El cartucho está alineado con la aguja del percutor.

El tiempo parece dilatarse. Segundos. Décimas. Centésimas. Milésimas. Deflagración. Un ladrido de plomo. Un cuerpo que cae de espaldas al suelo con la cara convertida en un cráter. Un grito desesperado. Una niña pequeña que aparece en escena. Ciancimino bajando el arma y mirándola con indiferencia, como diciendo ¿qué me va a hacer la mocosa ésta?, antes de marcharse de allí tratando de desaparecer de la escena antes de que las cosas se compliquen.

Después, la vida siguiendo su curso. Él, comiendo trullo por otro alijo y varias cuentas pendientes. Ley de vida. Naces. Creces. Te complicas la existencia. Pagas las consecuencias. Vuelves a las calle y lo retomas todo donde lo dejaste. Unas vacaciones pagadas por el estado y una estrella ascendiendo en los bajos fondos.

Ya no gritas. Estupendo. Voy a quitarte las bragas de la boca y vamos a hablar. Mejor dicho, voy a hablar yo. Lo único que va a salir de de tu boca son babas. Vaya estampa más patética. Si los matones del capo dei capi para los que trabajabas pudiesen verte de esta guisa, te pegarían ellos mismos el tiro de gracia. Las esposas no las vamos a necesitar ya. Permíteme. Antes de que mueras por parálisis respiratoria te voy a contar brevemente a qué me dedico. Soy una asesina a sueldo. Mis jefes hacen el encargo. Yo no pregunto. Hago mi trabajo y cobro. Soy la mejor francotiradora que jamás hayas conocido. Mi especialidad es atravesar cráneos a distancias de hasta 2.000 metros. Pero contigo he hecho una excepción. Tú eres alguien muy especial para mi. Tanto, que eres la única víctima a la que he permitido que vea mi cara antes de morir.

Lo sé. No puedes parpadear y el dolor es tal que desearías poder arrancarte los ojos. Lo haría yo misma, pero no quiero aliviar tu dolor. Tenías que haberme matado a mi también cuando tuviste la oportunidad, Salvatore. Dejaste a una pobre niña de seis años huérfana, en manos de la camorra. Le pusieron un arma en las manos y la convirtieron en una asesina. A cambio de mis servicios solamente les pedí que el día que salieses de la cárcel me permitiesen hacer a mi el trabajo. He soñado con este momento toda mi puta vida.

La escena sigue. Sangre. Vísceras. Órganos sobre el colchón de la cama. Olor a mierda. Gemidos guturales de alguien que tiene un pie y tres cuartas partes del otro en la tumba. Ella, concentrada en su trabajo. En saldar una cuenta. Él, con un hilo de baba que escapa de una boca crispada por el dolor y torcida hacia la izquierda. Ojos brillantes. La mirada de los mil metros. Herramientas quirúrgicas apoyadas en su torso, que sube y baja cada vez con menos frecuencia. El dolor le corroe por dentro como una plaga bíblica, pero en lugar de langostas o diluvios, aquí lo que abunda es la casquería. Un pulmón perforado que suena como una gaita desafinada. Un estómago con tres cortes por los que rezuman jugos gástricos. Autodigestión. Un cuerpo fuera de control que se destruye a sí mismo. Los recuerdos que escapan como la sangre que empapa la colcha… Un encargo… Dos balas… Un disparo… Una niña pequeña escondida debajo de una mesa… Una sonrisa por el deber cumplido… Un tiempo en la sombra ajustando cuentas desde dentro… Y ahora esto. Algún filósofo con caspa hablaría del karma. Sin embargo, en el mundo del que vienen Salvatore y la mujer que le está vaciando con pericia, la misma que aligeró de cráneo y remordimientos la cabeza de un diputado laboralista hace pocos meses en Londres, todo esto podría resumirse a que se coge antes a un mentiroso en un mundo de trileros que a un cojo. Y quien dice un mentiroso, dice a alguien a quien se tiene ganas de atormentar desde la más tierna infancia. Esa edad en que las niñas sueñan con ser princesas, y ella lo hacía con clavar un punzón en los ojos del hombre que mató a su padre.

 

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