Mensaje en una servilleta – @soloparatuitear

Zarathustra Callao @soloparatuitear, krakens y sirenas, Perspectivas

Se cayeron bien, se gustaron, sé que algo más. Fue cruzar un par de frases y aparecer esa sensación de haber encontrado a alguien con el que no sólo se podría disfrutar de la conversación sino probablemente de reír follando. Estas cosas no suelen pasar, antes toca el euromillón. Pero la sensación era ésa, una atracción irracional inmediata mezclada con ganas de arrancar ropa, tirar del pelo y sudar, hablar del origen del hombre y de por qué siendo tan insignificantes nos queremos morder, inexplicable. Unas ganas de olerse de cerca, de babearse enteros, de introducirse cada uno dentro del otro, de arrancarse el alma para comerla cruda, de recorrer su mente para saberlo todo, que se podía perfectamente leer en la manera de mirarse. De golpe. Sin sentido.

Si algo se le escapa a la razón es el instinto. Ser salvaje bajo normas de etiqueta, ser animal con muchísima educación. Ahí no había sitio para entendimientos.

Al final el camarero trajo sus dos copas de champán y ella después de dar las gracias, se separó de la barra girando la cabeza para despedirse del desconocido que estaba a su lado, con el que en minuto y medio se había imaginado en diez posturas distintas gritando, lamiendo, arañando. Un hasta luego de lo más formal, un caminar hacia su mesa firme, un no volver la vista decidido. Y allí estaba él, de pie mirándola alejarse con la cara que se nos pone cuando sabemos que vamos a cometer un error, cuando sabemos que queremos pecar, cuando sabemos que el mismo Lucifer no tiene que dar más pistas.

Después de media hora de velada, él se levantó, se disculpó un instante y se fue a susurrarle un te veo en los baños, en la puerta, en la otra punta de la sala, donde sea, al pasar a su lado. Pero ya no había nadie. Se acercó de todas maneras a la mesa donde había estado ella sentada, sí, junto a aquel tipo tan elegante y dos parejas más, ahora vacía, excepto por una nota en una servilleta, con un nombre y un teléfono. La guardó en el bolsillo de la chaqueta y volvieron a su mesa sonriendo el diablo y él.

 

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