Mejor me callo – @J_eSeKa

@J-eSeKa @J_eSeKa, krakens y sirenas, Perspectivas

“Las palabras fueron avispas, y la calles como dunas”, cantaba hoy una amiga en un tuit. No me he podido resistir a contestarlo a mi manera. Pasándome por el forro como continúan las siguientes frases de esa canción y haciendo uso de una no concedida -aunque sí muy usada- licencia poética, lo he versionado a mi manera: «En ese ataúd, en el que guardas su tacto, de cuando en cuando, sale un vampiro en forma de recuerdo que se tira a la yugular de tu sonrisa, hasta dejarla seca.

Supongo que todos los que pasamos de los cuarenta encontramos ataúdes allá donde miremos. Ataúdes en los armarios, en platos que vuelves a cocinar, en canciones, en libros, en bares, al besar otros labios, en fot… Ehm, sí, eso de besar otros labios es de esos ataúdes que pueden abrirse solos de la misma forma ilógica, sin sentido y sin aparente razón científica, con la que se apaga una farola al pasar por su lado. La cuestión es que, en mi caso, hoy no les tengo miedo. He aprendido a defenderme del ataque de los ataúdes abiertos. Salvo los de un lugar. Mis carpetas con archivos de Word son un cementerio de ataúdes llenos de avispas.

Acabo de abrir uno. Uno de esos avisperos al que prefiero guardar en un ataúd porque pienso que todo tiene su momento y si estoy fuera de él, mejor me callo.

***

 

Aunque desde la primera vez que la vi supe que en su mirada habitaba mi muerte, le canté eso de:

es que la realidad… que necesito

está detrás… de este culito.

Se lo canté como cantan los gitanos: con el alma por delante.

Por entonces, ya sospechaba que no debía ser el primero, ni el último. Que más de un poeta debió tejerle entre versos, fábulas con moralejas de sábanas mojadas. Que siempre cotizará al alza el precio de su bajada de bragas a la módica unidad de moneda de una verdad con la que protegerse entre tanta desilusión. Horas más tarde de cantarle eso sentí la necesidad de entregarle una verdad, era lo mínimo tras su segunda bajada de bragas. En realidad, sabía que con esa verdad no se iba a sentirse protegida de nada. Tal vez, solo de mis intenciones, cosa que me motivaba más a contársela. Además, qué coño, era una gran verdad. El lugar y el momento pensé que eran oportunos. En la habitación de un hotel, haciendo el amor, con sus piernas rodeando mi cintura y, tras una serie de besos como a ella le gustaban: muchos cortos y seguidos (que, si supiese descifrar el morse, tal vez tuviesen algún mensaje escondido) di un golpe de cadera fuerte y paré, quedándome por completo dentro de ella. La miré, sin pestañear, y… sí, lo dije. “Te quiero”.

 

Sí, estoy bien. Siempre estoy bien” -me decía ella-. “Siempre…”

Y siempre aparecía mordida por este mundo, y cuando no, por el suyo. Mordida, herida y ensangrentada se zambullía en agua hirviendo. Como si, de alguna forma, esa ducha de lava se convirtiese en un río de ceniza con la que purificarse de tanta mierda que traía de la calle, añadiendo al ritual sus canciones corta-venas girando a 33 tristezas por minuto en el MAC. Contaba que subía el volumen a la velocidad de la luz para culturizar a su barrio en la buena música. Yo sabía que ese no era el motivo. Que lo hacía para, de alguna forma, hacer saber a todo el mundo lo que ella misma no lograba entender. Que esa música tan triste, sus escritos tan buenos como desoladores, que esos trágicos avatares que utilizaba en las redes sociales son migas de pan que deja en un camino, al que muchas veces dudaba encontrarle sentido y, mucho menos aún, que alguien quisiera descubrirlo con ella. Porque todo esto lo enmascaraba detrás de su sonrisa y su sentido del humor. Contaba una pena y lo hacía sonriendo. Compartía uno de sus escritos atribulados que hacen estremecer al alma, y sonreía igual que una criatura que tras una de sus travesuras acaba de tirarse un mueble encima, como diciendo “No sufráis, si no pasa nada. Estoy viva”. Lo cierto es que su sonrisa era inmensa, preciosa, inacabable, y como nunca regalaba una muestra de dolor a nadie que le hiciese mal, además, la utilizaba como escudo. Una especie de desafío a quien quisiese hacerle daño: “Mátame si quieres, que lo haré de pie, callada y sonriendo.” Sospecho que, quizás, ese era el motivo por el que nadie se preocupaba por sus cicatrices. Deduje que esas cicatrices debía tenerlas escondías en la cara oculta de su sonrisa.

Esa sospecha me llevó a pensar que, para ella, también, las palabras acaban siendo avispas que te condenan, por lo que hay cosas importantes que es mejor callarlas. Y todo este hilo de sospechas y suposiciones, me condujeron a la deducción de que, tras escuchar mi “te quiero”, debió pensar: mejor me callo. Y eso hizo en aquel momento.

 

Así que busqué otra forma de contarle mis verdades. Pero necesitaba encontrar el sitio y la situación oportuna.

Primero cenamos en su sofá. Después reímos como ilustres ignorantes, también en su sofá y, al final, gocé como un loco acariciándole la espalda mientras veíamos Relatos Salvajes, por supuesto sin salir de su sofá. Tras esto, nos fuimos a su cama. Creo recordar que desnudos, o no, pero eso no tiene importancia. Como tampoco tiene importancia si nuestra sesión de muchos besos cortos tenía algún mensaje en morse encriptado. Para mí significaban que sobraba decir cosas y mejor callar. Nos dejamos llevar, tumbados uno al lado del otro. Para otras cosas no, pero para gozar sí soy ambicioso, y en ese momento solo deseaba tener mil ojos para no apartar mi mirada de la suya y, a la vez, poder ver cómo le crecían los pezones y si cambiaban de color, y su piel erizarse, y cómo brotaba su clítoris con la excitación. Y muchas bocas para, a la misma vez, besar la suya y su cuello y morderle y lamerle los dos pechos y el vientre y los muslos y sin dejar de disfrutar de todo eso, utilizar mi lengua para lentamente ir abriendo los labios que protegen su vagina, hasta conseguir arrancarles la mejor de su sonrisa. Y manos, sí, muchas manos para acariciarle el cabello, y las mejillas y con un dedo recorrer el precipicio del borde de sus labios, sin dejar de sobar sus majestuosas tetas, pellizcándole los pezones mientras otras manos desfilasen por su vientre, sin entorpecer las que recorrerían sus muslos y sin que éstas lo hiciesen a la que irremediablemente tendría en su entrepierna. Pero ni tengo todos esos órganos, ni en el caso de que así fuese, siendo sincero, mi limitada neurona no daría abasto para utilizarlos todos a la vez con un mínimo de sabiduría. Así que manejé mis instintos como pude. Besando, viendo, lamiendo, acariciando, mordiendo, mirando, pellizcando por donde podía, mientras comenzaba a escuchar sus primeros jadeos. Creo recordar que estaba masturbándola, con mis dedos ya empapados y uno de sus pezones entre mis dientes, cuando, sin soltarme la verga de su mano, dijo: <<Métemela en la boca>>.

Podría haberme colocado sobre su pecho, para mí hubiese sido más cómodo, pero pensé que ese era su momento y me puse de rodillas a un lado de su cabeza. Ocupé su boca. Yo crecía y me endurecía, mientras ella con su mano me demostró que su vagina tenía un hermoso acento, aunque no sea esdrújula. Sus gemidos eran ahogados. Yo penetraba, una y otra vez su boca, sin miramientos. Pude ver como sus muslos se tensaban justo antes de correrse; para entonces, yo ya había encontrado el momento y la forma oportuna de volver a contarle una gran verdad. Esta vez no iba a fallar.

Terminó de correrse. Segundos después, le dije que prefería seguir estando yo tumbado. Hay cosas que mejor callar, o simplemente, no necesitan decirse, y accedió con un silencio. Se colocó entre mis piernas y se dispuso a continuar su festín. Hay mamadas y mamadas. Sentir mi falo envuelto en su aliento, la delicadeza con la que sus labios lo recorrían, el roce de su pelo y sus pezones sobre mis muslos mientras me comía… lo suyo era otra cosa. Paró, para dejarme utilizar su boca a mi antojo. Pero poco más puedo explicar, ya sabéis: hay sensaciones que simplemente son inenarrables y, además, hay cosas que es mejor callar. Lo que no pude callar fue decirle <<Necesito correrme>>.

Porque ahí iba mi verdad. Debía eyacular dentro de su boca. En la cara oculta de su sonrisa, para demostrarle que a mí sí me importaban y por eso había descubierto dónde escondía sus cicatrices. Y qué mejor manera de argumentarlo que derramarme sobre ellas. Así que continué follándome su boca hasta que me corrí. Ella se me quedó mirando, con la boca llena. Acababa de explicarle mi segunda gran verdad. Se levantó y se marchó al lavabo. No quiso tragársela y la escupió, como si hubiese sido la más cruel de mis mentiras.

***

 

Seguramente nada de lo que pasó aquella noche tuvo algo que ver, el caso es que, tras despedirnos a la mañana siguiente, no volvimos a vernos.

De un tiempo a esta parte, siento que tengo la garganta llena de avispas. Revolotean violentamente sin sentido del cerebro a la garganta y de ahí hacia la boca. La encuentran siempre cerrada. Colisionan las que vienen con las que deben volver hacia aún no sé bien dónde. Sospecho que de alguna forma pretenden llegar a los dedos de las manos. Pero la cuestión es que tampoco escribo nada nuevo. Y antes de publicar escritos como el de arriba, mejor me callo. Total, además de ser más bonito que mis palabras, mi silencio es la más creíble de mis mentiras.

 

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