Medianoche en la calle – @distoppia

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Era medianoche en la Calle Mayor cuando la vi pasar disfrazada de princesa de ciudad. Le salían al paso dos imbéciles por esquina. “Qué panda de gilipollas”, murmuraba entre dientes. Fumaba sus nervios con un cigarro y dos zapatos de tacón medio borrachos la llevaban con indecisión por mitad de la avenida.

Quiso el destino que viniera a sentarse a mi lado en el banco en el que yo esperaba el autobús. “¿Tú también eres un hijo de puta?” dijo clavando el puñal. Yo, que ni sabía, ni podía responder, me encogí de hombros sin ningún estilo, pero conseguí esbozar una sonrisa que quiso decir “vaya usted a saber”. Y así, sin mediar palabra, se nos hizo cómodo el silencio en mitad de la madrugada, sentados en la calle de una ciudad cualquiera sin ganas de dormir.

Buscaba el teléfono por los bolsillos de su abrigo gris, cuando tiró al suelo por descuido su bolso Michael Kors negro y le salió rodando por la acera media vida en pequeñas dosis: un pintalabios, un bolígrafo de hotel, un par de pañuelos usados, un anillo de casada, una botella pequeña de Jack Daniel´s y una carta vieja sin abrir.

Yo, que antes de canalla fui un caballero, empecé a recoger todo. Agarró sin dudarlo la carta y dejó que yo me hiciera cargo de todo lo demás. “Curiosa elección”, le dije mientras volvíamos a la posición inicial. No contestó. Entró en un estado catatónico, mientras giraba y giraba el sobre en sus manos. De repente, claro, se convirtió en el foco de toda mi atención. Parecía una carta no demasiado vieja, pero castigada por la ansiedad de tocarla y no llegar a abrirla. Dos sellos desconocidos. Sin remite. El autor había escrito con pulcritud inglesa un destinatario. “Tú”. Supuse que quien fuera que la hubiera escrito tendría que ser un hijo de puta. Su hijo de puta.

Como observador paciente, esperé al momento oportuno y, justo después del tercer suspiro, pregunté: “¿no la vas a abrir?”. Ella pareció volver del trance en ese momento. Me miró serena mientras decía “no necesito abrirla, ya sé lo que dice”. Tras un breve silencio contenido, añadió “y sólo dice tonterías”.

Sacó entonces ella un cigarro y, como no encontrara el mechero dentro del bolso, me pidió fuego. Al encenderse el Malboro, de repente se le incendió también la mirada y le ardieron sin remedio las mejillas. Una idea de crepuscular, poderosa y brillante, se había apoderado de todo y ahora ya nadie podía pensar en otra cosa. Le pegó un trago largo al whisky y sonrió. Qué razón tenía aquella rubia. Me miró con la lucidez que dan los segundos antes de cometer una locura y dijo “algunas palabras merecen arder en el puto infierno” y sin piedad alguna le prendió fuego a la carta.

Yo, que jamás había visto una historia de amor convertirse en cenizas, me quedé pasmado mirando aquellas ruinas de un fuego interior hasta que llegó mi autobús, por eso no puedo contar qué fue de la rubia con gabardina y alma rota que paseaba de madrugada por la Calle Mayor.

 

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