Me lo llevo puesto – @dtrejoz

dtrejoz @dtrejoz, krakens y sirenas, Perspectivas

5:27:38 p.m.

 

El ocaso está en su máximo esplendor. El día muere. Desde la lomita donde crecen los árboles de guindas, todo el barrio parece un cementerio, blancas las calles, blancos los tajos, blancas las paredes de las casas… Liberia es llamada “la ciudad blanca”, allí todo es blanco, excepto los techos rojos de las casitas blancas. Desde la lomita la imagen cambia un poco, el contraste de los techos rojos sobre el fondo blanco asemeja una escena sangrienta, parchones rojos diluyéndose en el vapor que emerge del suelo, Liberia es la llanura, y por lo tanto es muy caliente…infernal. Aquí nunca pasa nada. Aquí sólo hay tajos de cal. Y un semáforo en la esquina.

(El hombre de la gabardina ingresa al bunker, pero nadie lo ha observado. Casi detrás de él ha llegado un taxi. El semáforo está en rojo y una mujer sale deprisa del interior del taxi, deja la puerta abierta y hace una seña al taxista que le grita, nadie parece ver lo que sucede)

 

5:27:53 p.m.

-Bang!

Un disparo estremece la monotonía del pueblito, la aparente calma de los días soleados de la ciudad blanca se llena de sorpresa, en el porche de la casita blanca que está frente a la antigua “bomba de gasolina”, dos ancianos buscan el origen de aquel disparo, buscan nerviosos sus lentes, don Mateo entrecierra sus párpados intentando enfocar la imagen desde sus pupilas cansadas, sabe que el disparo proviene de la esquina, aunque duda brevemente si fue del taxi que espera frente al bunker o desde la vieja expendedora de gasolina que quebró hace unos veinte años,  y que desde hace unos cinco, es la madriguera donde se esconden los adictos a todas horas del día. Se les ve entrar y salir con cierto apuro, están huyendo todo el tiempo, van y vienen en la misma dirección: ese infierno. Esa esquina es un lugar de miedo. Es un lugar lúgubre, con las paredes repletas de grafitis que invocan la muerte, lleno de agujeros en el techo, es suficiente pasar al frente para sentir el aire pesado del humo que sale de esa caldera, todo ese lugar es maloliente, apesta a excremento y vómito, ese hedor nauseabundo se escapa por las rejillas que sirven de verjas oxidadas…ahí huele a muerte. De su interior salen niños, jóvenes y adultos, adictos al crack y a todo tipo de alucinógenos y drogas malnacidas, zombies en vida, muertos vivientes, tienen los ojos hundidos o los pómulos saltados, extremadamente secos de piel y de espíritu, los dedos quemados de usar un tubo de hierro para fumar, las pupilas dilatadas y negras, y la parte blanca de los ojos (esclerótica) la tienen amarilla, son huéspedes de ese tétrico mundo, desechos humanos, piltrajas…despojos.

-Y pensar que son hijos de alguien! dice doña Marta, cuando los ve salir, mientras se ajusta el delantal, y don Mateo la avala con un gruñido.

-Bang! Bang!

 

5:27:00 p.m.

Un adicto ingresa apurado al bunker, es casi un niño, en el rostro se le ve la ansiedad, necesita droga, le tiemblan las manos y camina haciendo un zigzagueo extraño, mitad calambre y mitad mareo, escupe contra el suelo una saliva negra y asquerosa producto del enfisema que ya le pudre los pulmones, se le cierra la garganta, cree que se ahoga, necesita humo para seguir “viviendo”, hace unos siete días robó un paquete con varios gramos de cocaína y unas treinta piedras de crack a un tipo que entrega drogas a domicilio, es el matón de un cartel que usa unas botas de cuero de lagarto, desde entonces ha estado encerrado en una madriguera, consumiendo aquel banquete y alucinando, viviendo las más aterradoras pesadillas, escuchando el sonido de un segundero imaginario aumentado un millón de veces por el efecto de la droga: tic tac, tic tac, tic tac… lo están buscando.

Pero la droga se le ha terminado, ha entrado a hurtadillas a una casa  y ha robado todas las joyas que encontró a su paso, luego ha corrido de forma urgente a intentar cambiarlas por piedras de crack, sabe que es un peligro visitar el bunker luego del robo, pero la ansiedad lo hace olvidar el peligro y se abandona a su suerte, como si no se hubiera abandonado a ella desde hace mucho tiempo. Tiene diecisiete años. Ingresa al bunker mirando hacia todos lados, buscando algún adicto para hacer un trueque con las joyas, algún “doctor”…algún “amigo”. En la oscuridad se ven pequeñas luces que provienen de los tubos con los que algún adicto se está drogando, son pequeñas luciérnagas desde las que vuelan a su infierno, el aire está lleno de ese veneno que él aspira a pulmón abierto, es lo que llaman “el hornazo” y esboza una sonrisa de satisfacción y de deseo.

Detrás de él se oyen unos pasos. Un hombre con una larga gabardina oscura aparece por la puerta y su sombra se proyecta en la pared del fondo, lleva botas de cuero de lagarto y busca con su mano derecha alguna cosa en la parte trasera de su pantalón, entre la faja, el típico gesto de sacar un arma, y luego un silencio de los que duran demasiado. El adicto vuelve a escuchar el segundero: tic tac, tic tac. (Un auto se detiene afuera) Saca rápidamente unas joyas de sus bolsillos y hace el gesto de ofrecerlas en clara señal de pago por las drogas que se había robado, pero el hombre de las botas no tiene un precio para el perdón, ni tiene tiempo para pensarlo.

-Bang!  Siente el frío del hierro de la bala alojarse en la garganta (un grito desgarrador se oye en las afueras) y mientras cae de rodillas alcanza a ver un rostro conocido entrar al bunker, con una plegaria entre los labios. Ahora el tiempo se le ha acabado.

 

5:27:48 p.m.

El eterno semáforo en rojo, un taxi se detiene frente al bunker y una mujer sale y corre sin pagar y sin cerrar la puerta, lleva el rostro desencajado, la mirada llena de angustia y de dolor, toda su expresión es de fatalismo, de alguien que teme lo peor, se precipita a entrar al bunker mientras el taxista le recrimina por su pago, ella le hace un gesto para que la espere y el taxista calla.

En ese silencio se ahogó un disparo.

-Bang! El corazón de la mujer se hace pedazos. Su grito desgarra el eco que queda en el aire tras el estruendo. Alcanza la puerta. Ingresa. Ve al chico caer de rodillas, ve las joyas volar por el aire, ve como se le llenan las manos de sangre mientras se sostiene el cuello, ve entre la penumbra el cañón humeante del revolver de donde salió el disparo, ve unas botas de cuero de lagarto, ve la vida del niño pasar frente a sus ojos, lo ve dando sus primeros pasos, lo ve fijando su primer mirada, lo ve comiendo, lo ve llorando…tic tac, tic tac, tic tac. El hombre de las botas busca por un momento entre las sombras el rostro de la mujer que ha emitido el grito, la ve a los ojos, la ve sufriendo, la ve llorando, pero los tipos como él ni siquiera tienen corazón, ni remordimientos, ni piedad, es el negocio.

– Apártese mujer!  Que a éste me lo llevo puesto.

Bang! Bang! Frente y corazón. Lo ve cerrando los ojos, lo ve muriendo.

 

5:28:15 p.m.

Un hombre con botas y gabardina sale del bunker, esconde algo en la parte trasera del pantalón y aborda el taxi que espera afuera con la puerta abierta.

-Lléveme a la esquina de Torres y Mendieta, avenida Figueres, edificio Myers. El taxista por alguna razón, no quiso negarse a ese pedido, sólo dio ignición al auto y puso primera.

La tarde termina de caerse sobre los techitos rojos, la sombra de los tapicheles se alarga por el camino de cal de la ciudad blanca, los ancianos vuelven a su rutina, a charlar con el té, a llenar de recuerdos las mecedoras, la aparente calma vuelve a apoderarse de sus conciencias. El taxi gira a la izquierda con el semáforo en rojo, y don Mateo, con un aire de señorón filósofo, con la solemnidad de quien va a dar un discurso sobre moral, respira profundo y aclara su garganta mientras limpia sus lentes y dice: – lo ves Marta, lo que siempre digo, esos taxistas siempre se saltan la luz roja, pero aquí no hay ley para esas cosas.

-¿Y la mujer que me trajo aquí? Preguntó el taxista, con un aire de cautela y de desdén, justo al girar a la izquierda con el semáforo en rojo, en la esquina de la antigua bomba.

– Ella va a quedarse un rato más con el hijo, señor, pero usted tranquilo, le prometo que  también le pago ese servicio.

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