Me lo llevo puesto – @_vybra

Vybra @_vybra, krakens y sirenas, Perspectivas

Necesito unos minutos para recordar dónde estoy. Los justos para que mi mente despierte del todo, mientras mis ojos se recrean en todos los detalles de la habitación del hotel. Praga, sin duda alguna.

Llegué ayer y no he deshecho mi pequeña maleta. Nunca lo hago.
Siempre el mismo ritual. La dejo abierta sobre la mesa que coloco cerca de la puerta, lista para ser cerrada y huir en caso de que los planes sufran algún cambio o de ser descubierta. A los pies de la mesa, por su peso, coloco el estuche negro imprescindible para mi trabajo.
Desde la cama parece todo en orden y tengo hambre. Me incorporo y, sobre la mesita, mi pasaporte de hoy me recordará mi nombre para poder pedir comida al servicio de habitaciones.

Marla Domínguez. Menuda imaginación.

Un café, tostadas, fruta y una ducha. Ya estoy lista.
Debería llamar a casa para que no se preocupen y saber cómo le ha ido el examen a Damián y las clases de canto a Lucía, pero no puedo cometer errores y he de hacerlo desde un teléfono público alejado del hotel donde me alojan.

Espero instrucciones.
Detesto no saber nunca cuándo o dónde será. Odio esperar.
Nunca sé quiénes son o qué han hecho, tampoco me importa. No me interesa nada de ellos, no quiero humanizarlos y con ello volverme yo menos efectiva, no ser letal.
Creo que ya son cinco años dedicándome a esto y recuerdo la primera vez, la única ocasión en la que me tembló el pulso y dejé que mis ojos se perdieran en las súplicas de los suyos. Dudé, el tiempo necesario para que me atacase intentando salvar su vida acabando con la mía. Un tiro en la pierna frenó su ataque y cayó al suelo. Mi tiro de gracia, entre los ojos, llegó minutos después. Los que dediqué a memorizar su cara, sus llantos y súplicas… A grabar a fuego en mi mente que no son personas, sino encargos, y que si no caen ellos lo haré yo.

No llama, me toca seguir esperando órdenes en esta habitación.
Nadie sabe a qué me dedico. Todos creen que soy una exitosa mujer de negocios que viaja mucho y adora regresar a casa, extenuada tras las reuniones, para ser la perfecta madre que hace bizcocho y la maravillosa mujer y amante de su marido.
Mi vida perfecta es, sin saberlo, la tapadera de mi auténtica existencia y la clave para no perder el control. Todo siempre ha de ser medido, estudiado. Nada ha de dejarse al azar en ninguna de mis dos vidas.
A veces creo que tengo un botón que conecto y desconecto según qué papel me toca interpretar, un botón inexistente que convierte a la dulce Alicia, que llora leyendo un cuento, en una asesina implacable. Y viceversa.

Bip, bip, bip.

Por fin…

– Plaza de la ciudad Vieja. 13:00. Espera instrucciones.
– Ok.

Siempre contesto lo mismo, «ok». No pretendo parecer dura ni indiferente con mi respuesta. Lo cierto es que ahora lo hago por rutina, pero empecé a usarla como palabra de seguridad para silenciar las preguntas que surgían en mi cabeza.

Recojo todo y repaso varias veces la habitación. No puedo olvidar nada, no volveré a ella.
Me dirijo en taxi a la plaza, sin soltar el estuche negro que me hace compañía desde el asiento de al lado. Cada día pesa menos llevarlo. Antes me parecía una losa que jamás podría soltar y ahora es tan liviana su carga que, sin ella, me siento desnuda.
Es de piel negra y sus costuras en color rojo sangre son un detalle de mi alma coqueta. Parece una funda cualquiera y, a menudo, las miradas curiosas de extraños se delatan preguntándose, sin disimulo, qué guardaré dentro.
Solo una persona, en todos estos años, se atrevió a preguntarme. Era pequeña, de rizos rubios y mirada azul turquesa. Me preguntó si guardaba juguetes o gominolas, y solo supe decirle que era algo que ningún niño debería ver. Me miró extrañada, pero sonrió y yo me sentí aliviada.
Estamos llegando. Le pido al taxista que me espere dos calles más arriba de la plaza y que recibirá una suculenta propina a mi regreso.

– ¿Deja el equipaje señora ?
– Sí, la maleta pequeña. El maletín me lo llevo puesto.
Y le guiñó el ojo, restándole importancia a mi gesto de alejar su mano de mi estuche.

Me dirijo con paso decidido a la plaza. La gente me sonríe. Es bonito ver gestos amables en aquellos que no saben nada de mí.

Bip, bip, bip.

– Iglesia de Nuestra Señora de Týn.
– Ok.

No me gustan las iglesias. Para mí representan ese bocado de realidad que siempre me hace sentir que debería pedir perdón por mis actos. Pero yo nunca me confieso.
He llegado, y tomo asiento en la última fila del templo.
Detesto el olor de las iglesias.
En la fila tres una mujer llora mientras reza y en la cuarta un chico la observa con atención. A su bolso en concreto. Sonrío, sé que se levantará tras ella y lo robará usando algún tipo de arma intimidatoria.
Qué ironía, virtud y pecado separados por un estrecho pasillo.

En mi bolsillo derecho vibra el teléfono y me oculto tras una columna para responder la llamada. Nunca llaman de nuevo.

– Sube a la torre izquierda. La puerta de acceso está a tu derecha.
– Ok.

Nunca sé quiénes son, pero siempre observan.
Subo a la torre y, tras recuperar el aliento, abro mi maletín de cuero negro. Con mimo, acaricio el rifle antes de sacarlo y proceder a montar la mira telescópica.
El aire es frío, la gente camina por la plaza absorta en sus quehaceres y les observo, preguntándome cuál de ellos será. Junto a un agente de policía hay un señor grueso y bien vestido; sentada en un banco una mujer que mira a los lados como buscando algo que no encuentra. Unos metros más allá, un chico joven sujeta, con miedo, un ramo de rosas, mientras dirige sus pasos hacia una chica que camina junto a una amiga; y varios sacerdotes charlan de algo que, a juzgar por sus rostros, merece su total atención.
Vuelvo a tener hambre y rebusco en mis bolsillos hasta dar con un caramelo de fresa que aliviará mi estomago.

Bip, bip, bip.

– Cafetería a su derecha, toldo verde, mesa tres, libro sobre la mesa, moreno, jersey gris. ¿Localizado?

No puede ser, reconocería esa sonrisa en cualquier parte.

– ¿Localizado?

Jamás olvidaré esa manera de pasar los dedos delicadamente por encima de los libros.

– ¿Localizado?

No consigo hablar. Mi voz ha enmudecido y mis ojos no pueden apartarse del señor que acerca sus labios a la taza de té. Sigue teniendo la misma manía, la cuchara siempre dentro de la taza, aun a riesgo de dañarse un ojo con ella.

– Responda. ¿Localizado?

Su cabello ahora es gris, pero sigue manteniendo su peso y aspecto juvenil, pese a que ya debe rondar los 60 años. La última vez que lo vi apenas levantaba un metro del suelo y corría por casa haciendo maletas, mientras le decía a mi madre que debía huir de allí; que, si daban con él, lo matarían. Mamá lloraba, y yo me aferraba a su pierna sin entender nada. Sin atreverme a preguntar nada.

– ¿Localizado?

Ni siquiera el violento tono con el que el interlocutor me lanza la pregunta consigue desviar mi atención sobre la imagen de mi padre.
Jamás volvimos a saber nada suyo y mi madre me hizo prometer que nunca hablaríamos de él. Nos mudamos a una ciudad distinta, abandonando todo, haciéndonos merecedoras de un castigo que ninguna de las dos habíamos merecido.

– ¿Localizado?
– Ok.

Cuelgan y mi pulso tiembla, como aquella primera vez.
Sigo observando su rostro arrugado y los recuerdos de mi infancia hacen que, mi frialdad, hierva. Sus manos eran dulces al pasar por mi rostro y adoraba el modo en que sus dedos jugueteaban con mi pelo. No había noche en la que su voz no meciera mi sueño ni pesadilla o monstruo que venciera el tono firme y cariñoso de su voz.
Recuerdo las tardes en las que hacíamos magdalenas y mi madre enfurecía por cómo dejábamos la cocina y cómo conseguíamos hacerle olvidar su enfado colmándola de caricias.
Lo recuerdo, todo, tan nítidamente como el dolor de su ausencia tras su partida.

¿Qué habrá hecho? ¿Por qué ordenan que sea ejecutado?

Me encantaría bajar y hacerle miles de preguntas, pero no puedo. Ellos observan y sé que, en cuanto me acerque a él, me dispararán. Quizá a ambos.
Mi padre… Por él adoro las mandarinas, el chocolate blanco y el cine mudo. Y por él detesto los canelones, la carne muy hecha, la gente que no cuida los libros y el humo del tabaco.
Mi madre nunca pudo olvidarle y jamás rehizo su vida con nadie. No hablaba de él, pero sé que ella esperaba su regreso y, por ello, aún compraba su marca favorita de café y sus zapatillas de estar por casa seguían ocupando el lugar derecho del suelo junto a la cama.

El vuelo repentino de las palomas me saca de mis recuerdos y, desconcertada, vuelvo a mirar por la mira telescópica. Hay mucho revuelo de gente en la cafetería y no consigo ver a mi padre. Los sacerdotes que antes conversaban ahora se santiguan y el agente de policía parece hablar por la radio. No vocaliza bien y no logro leer sus labios. La mirada del señor grueso es de desconcierto, y el chico joven abraza con fuerza a la chica que, ahora, sujeta el ramo de rosas y roza, ligeramente, el hombro de su amiga.

¿Dónde está mi padre?… Sigo sin poder verlo entre tanta gente.

Llega una ambulancia y se bajan de ella dos personas que corren hacia la cafetería. La gente les cede el paso y allí está el, sentado en la misma silla que antes, con su mano derecha sobre el libro y un hilo de sangre mancha su rostro saliendo del disparo que tiene en su frente.

Papá…
Temblando de miedo y llorando acerco mi mano a mi rifle, suplicando entre dientes que no proceda de mi mano el disparo. Está caliente. Lo he matado.

¿Qué he hecho?
Recojo el rifle de manera autómata, siguiendo los pasos tan aprendidos y repetidos que no precisan de mi atención para llevarlos a cabo. Observo de lado a lado la torre, asegurándome de no dejar nada que me incrimine, mientras las lágrimas siguen brotando de mis ojos.
Bajo las escaleras que me llevan de nuevo a la iglesia, aferrada a esa maleta que ahora vuelve a ser losa y a duras penas consigo llegar, sin caerme, de nuevo a la última fila de los asientos del templo.

Bip, bip, bip.

– Buen trabajo. Pronto recibirá noticias nuestras.
– Ok.

Me levanto sin soltar el maletín y me dirijo a la puerta, pero antes de salir de la iglesia mis ojos se encuentran con los de una chica rubia de cabello dorado y largos rizos que me sonríe. La observo y, sin apenas pensar, me doy la vuelta y me dirijo a la parte izquierda de la iglesia.
No pienso, me arrodillo y, sin recordar cómo funciona esto, digo:

– Perdóneme, padre, porque he pecado.

Y sin darle tiempo a hablar al sacerdote confieso, uno a uno, cada uno de mis pecados.
Quiero salir de allí, quiero volver a casa y recuperar el control de nuevo. Salgo de la iglesia y no soy capaz de evitar pasar por delante de la cafetería donde reencontré a mi padre. No intentan salvarle, es tarde, y una tela blanca cubre su cuerpo aún sobre la silla. Me dirijo fingiendo serenidad al taxi que me espera dos calles más arriba. Nadie debe sospechar de mí, y allí encuentro la sonrisa del taxista que, esta vez, no intenta coger mi maletín.

– ¿Adónde la llevo?
– Al aeropuerto.

Y nos alejamos de allí, sin mirar atrás, para embarcar en el vuelo que me devolverá a casa. De camino a recuperar a la Alicia dulce que ama a su familia. Rumbo a recuperar el control, a volver a ser letal.

 

Visita el perfil de @_vybra