Me hiela la sangre – @Relojbarro

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Coge una caja grande, llénala de arena. Pide a 300 personas que hagan lo mismo. Id a una plaza muy grande, y tirad la arena haciendo una espiral gigante con toda la arena. Coge un solo grano de arena, toda la arena representa el universo en el que vivimos, el grano de arena, el Sol. Así construye Cristophe Galfard su libro «El universo en tu mano». Considerando que, añado, se conocen a fecha 2016 al menos 2 billones (sí, dos millones de millones) de galaxias observables, la simple idea de intentar entender nuestro tamaño e importancia real, es tan inconmensurable, tan abrumador, que me hiela la sangre.

Hay días en los que me levanto, normalmente para ir a trabajar, y pienso realmente por qué lo hago, para qué lo hago. No tengo digamos un aliciente real que me impulse a hacerlo. ¿Tengo que ir a trabajar? Sí, claro, tengo que pagar mis impuestos, mis facturas, mi hipoteca, comida, el coche de turno, combustible, ropa, teléfono, y muchas cosas que en realidad no necesito para nada, o no debería necesitarlas, pero reconozco que me cuesta, cada vez más, entender porqué tengo que levantarme, porque a veces me parece que no lo hago ni por mí.

Veo amigos, padres recientes por ejemplo, con sus carritos de paseo, felices, con su tan deseado retoño, esa «extensión» de ellos mismos, e imagino que ellos (según proclaman también a la mínima oportunidad) ya tienen un sentido en su vida, su leitmotiv, su lucha diaria para y por sus hijos, pero yo no tengo que levantarme para alimentar un bebé, ni preocuparme por si les faltará algo, o si tengo que hacer horas extras para comprarle un teléfono que no necesita. No, no tengo esa motivación, y nunca creo haberla tenido.

Me dicen los que me quieren y conocen que yo vivo de puta madre, entro y salgo cuando quiero, doy explicaciones si quiero, que los pocos caprichos que tengo suelo comprármelos, que tengo muchos amigos y que a veces no paro en casa más que para dormir. Pues sí, a grandes rasgos, es así, pero eso no da para mí, a ellos parece servirles para justificar que me tenga que levantar cada día, pero me parece a mí que no da como impronta para dejar a la posteridad. Pero me sigo levantando cada día.

Llenar la casa de gatos, comprarme una tele gigante, un coche más potente con un emblema premium en el capó, machacarme en un gimnasio para ligarme a una superficial, no me parece que valgan el esfuerzo que requieren.

Llego a la conclusión cada vez que tengo estas reflexiones, que los motivos que me impulsan a vivir cada día, van más allá que el camelo que los hilos de los titiriteros que nos manejan, que nos tienen como marionetas, como hormiguitas trabajadoras para su riqueza, como hamsters en la rueda corriendo porque si paras de correr, caes y no recuperas al resto. No, las motivaciones que subyacen en mí que impulsan a vivir deben ser superiores a terceras personas, y están en mí. El espíritu de superviviencia es innato, y las motivaciones personales de cada uno, no son sino compañeros de viaje, que a mí me ayudan a levantarme, a hacer más agradable el camino, o más fácil. Los días en los que me levanté pude ver el arte que otros han construido para que fuera contemplado, pude enamorarme, pude escuchar Caruso, pude leer un libro, hacer reír a alguien, pude viajar y perderme en lugares nuevos, pude probar un vino nuevo, ver una película que me hizo reflexionar y debatir con alguien, o pude compartir un menú con un amigo…

Dentro de nuestro universo, pese a no ser ni una ínfima parte de una mota de un grano de arena, pese a eso, la fuerza interior que tenemos en inmensa, y veo pese a la lucha diaria, la suerte que tengo de poder vivir este sueño que es la vida que tengo, los que tengo alrededor, las cosas que puedo ver, oír, sentir, saborear, son un regalo que, el día que no me levante, me perderé para siempre.

 

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