Marionetas – @LaBernhardt

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Hay gente que no está hecha para tener familia pero los padres de Bea no eran así porque ellos siempre quisieron tener hijos para llevarlos al festival de títeres de la Plaza Quijano, pasear por el paseo marítimo, hacer vida de padres con hijos. Vivían en un edificio de la plaza, en pleno casco antiguo. La abuela de Bea se horrorizó cuando firmaron la compra, estáis locos, no sé cómo vais a descansar con tanto borracho en la calle, pero eran jóvenes y a la madre de Bea le gustaba esa plaza viva.
Llegarían las noches en las que, a veces en silencio y otras, cagándose en la puta del ayuntamiento y su política de ciudad turística, habría de recordar a la abuela. Pues sí, vivir en un sitio molón no les dejaba dormir apenas, y cuando conseguían que la nena cogiera el sueño, va se les venía el día siguiente encima.
De aquella época, Bea recuerda la tele y las noches de verano; el Titirimundi Fest y los ronquidos de su padre porque ,al final, ni todos los guiris borrachos del planeta consiguieron robarles el sueño; ya se sabe que cuando encontramos un paraíso, acabamos acostumbrándonos al infierno de cada día en tal de no abandonarlo.
Llegaron muchos julios y muchos inviernos. Y también llegó Bruno, el nene de la casa, el bebé grandote y tranquilo que se dormía en cualquier sitio.
Pero se fue muy pronto, sin apenas disfrutar de la plaza ni de su familia porque se ahogó en la piscina de unos amigos, un día que Bea no puede recordar, en febrero.
La madre de Bea dejó de vivir, como mueren las madres que pierden un hijo y prohibió sin decir palabra que se viera la tele, que entrara vida en esa casa.
Nadie pudo convencerla de seguir viviendo en la plaza Quijano y Bea se volvió invisible porque sus padres no la veían entre tanta lágrima.
Se mudaron a un pueblo, a 60kms del pasado, en pleno monte. Tan alejado de todo que ni los 40 Principales se pillaban.
Bea se dedicó a estudiar y a comer, en ese orden y nunca pudo hablar de Marco ni de lo jodidamente mala que era Dayana en «V», tampoco de lo bien que bailaba Leroy, en Fame, ni de lo mal que acabó, años después.
Bea no veía la tele ni jugaba porque, aunque nadie la veía, era un acuerdo tácito, un «ayuda a esa sombra que es tu madre a que no le duela el mundo». Un día su padre llegó con Amstrad CPC y, por fin, algo comenzó a cambiar: la vida era una pantalla de color verde, pero era vida y tenía, de nuevo, color.
Parece que los años pesan más cuando estás gordo, o eso pensaba Bea, y por supuesto, se equivocaba: los años que tenemos por vivir llegan uno detrás de otro, y cada vez ve nos van más rápido, con más o menos kilos encima.
Cuando cumplió los 18, y puesto que el piso en Quijano nunca se llegó a vender, volvió a la ciudad y a la casa de las calles universitarias y ruidosas.
-No esperarás que la mamá vaya a verte al piso, ¿lo entiendes, hija?
-Mientras vengas tú, me vale, papá.
Y así fue como empezó de nuevo la vida de Bea, justo en el lugar en donde, apenas unos años antes, se le había terminado.
No hubo grandes avances en el tema de las relaciones personales, que eso sólo pasa en las pelis con mensaje de superación personal y aquí estamos en un cuento muy serio, amigos. Hubo notazas, que en Informática era una máquina, claro. Y alguna cena, alguna cerveza con compañeros. Nada importante porque, la verdad, nada importaba.
Cada julio, cuando llegaba él Titirimundi Fest a su plaza, se le arrugaba el alma y tenía que hacer un esfuerzo por recordar la carita de Bruno, porque, al igual que sucedió con ella, su hermano se hizo invisible y con el tiempo, apenas recordaba cómo reía con las marionetas de la plaza.
A veces, cuando a las 7 de la mañana se acaba la noche para los que habían salido, Bea creía escuchar pasitos, en el pasillo, ay, mi Brunete, no dejes de correr hasta que me duerma, y Bruno obecedía, porque siempre llegaba el sueño antes de que él volviera a ser recuerdo invisible.
Cada vez que pasaba por la plaza miraba en pasado al público, a los titiriteros, a las marionetas.
Algún día, en el escenario de las marionetas novatas, actuaría mirando al balcón de su casa y se lo dedicaría a Bruno.
Eso pensaba.
Eso no hacía.
Pasó que aquel julio, además de calor y marionetas, le trajo trabajo y Bea debutó como recién licenciada en Ingeniería Informática.
Era un buen curro: mesas separadas por cajones para evitar cualquier contacto humano y una pantalla llena de datos: el paraíso.
Sufrió mucho la semana del festival, como siempre, porque veía que se le iba otro año, otro precipicio sin saltar, otra oportunidad de coger la vida en un trocito de trapo y lana: se acababa el festival de marionetas y no actuaría para su hermano.
La tarde del viernes, de vuelta a casa y bolsas de Mercadona en ristre, hizo lo impensable; esperó a que el escenario de las marionetas novatas quedara libre y en cuanto le dieron paso, se colocó tras el escenario. Temblaba y su marioneta, con ella.
-Perdona, chica, pero debes tener pareja para actuar.
-No me jodas, y su voz le pareció extraña porque estaba llena de autoridad, de seguridad. Manda huevos, pensaría más tarde.
-Espera, que llega otro y se pone contigo.

-Niños y niñas pequeños, niños y niñas con hipoteca…con todos nosotros: ¡Dos marionetas desconocidas!

Sonaron aplausos y Bea miró a su partener:

-Estoy cagada pero tengo que hacer esto porque se lo debo a mi hermano muerto que está en ese balcón. No lo veo, no te creas que estoy zumbada. Es sólo una promesa que me hice para que dejar de ser invisible. Bueno, para que los dos dejemos de serlo.
– Hostias, pues yo estoy aquí porque me estoy escondiendo de esa rubia, la que está ahí, a la derecha. Anoche me lié con ella y paso de volver a verla. Le dije que hoy no saldría.
-¿Y qué contamos?
-No sé… joder, acaban de robarme las dos bolsas de Mercadona.
-Venga, pues de eso irá este cuento: de una chica que le compra la cena a su hermano y resulta que las bolsas y, ¿cómo se llamaba él?
-Bruno
-Vale, pues eso, que las bolsas y Bruno se vuelven invisibles.
-¿Preparada?
-Nunca

La voz del chico que se escondía de la rubia llenó la plaza y no me preguntéis cómo ni por qué pero Bea y Bruno volvieron, mientras duró el teatro de marionetas, del mundo invisible.
Las bolsas de Mercadona, no.

 

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