Maldita querencia – @LaBernhardt

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Mi abuela era devota de El Santo Prepucio y tenía una razón de peso infinito para serlo, verán. Casó con mi abuelo, que era boticario, pintor en sus ratos libres e impotente. Lucía en la puerta de la botica un cartel, pintado por él mismo, que rezaba “Ungüentos y aceites sanadores” y parte de los pocos beneficios que le podía dar el negocio a un republicano en un pueblo nacional hasta la médula provenía de ellos.
Además de todo lo dicho, mi abuelo era muy orgulloso y como suele pasar, su necedad iba tres metros por delante de él, la verdad. Mi abuela, 19 añitos recién cumplidos, era lista como una ardilla aunque este símil no lo he entendido yo nunca, porque las ardillas que he conocido han sido bastante tontas. Bah, a lo que voy; que Adelaida se las ingenió para mandarle unas letras a don Belando, madrileño y boticario de renombre que había casado con una italiana, Violetta. Le pedía por favor que le hiciera llegar a la botica de su Mario ese aceite de Nardo, bendecido en Cacalta, en la procesión del Santo Prepucio del primero de enero.
Llegó puntual el frasquito, dos meses después de la carta. Para entonces don Mario había enfermado de celos que es el peor mal del amor y Adelaida, que no me mira nadie, Mario, y si así fuera yo solo tengo ojitos para ti, que no llevo escote, Mario, que voy a la moda… apenas podía salir a la calle sin recibir reproches y malos modos a su regreso.
Como cada sábado, después de la novela radiofónica, Mario se tomaba sus tres deditos de vino y se acostaba. Como cada sábado, Adelaida se ponía el camisón de la noche de bodas, con poquita tela y bordado en Alicante y que era un escándalo.
Ese sábado se la jugó y frontándose las manos con el aceite de nardo, masajeó el idem del boticario.
Mi abuela recordaría esa noche el resto de su vida porque el primer orgasmo y la primera polla bien dura dentro de una, no se olvida nunca.
Durante los siguientes 36 años desaparecieron los celos, llegaron 6 hijos y una noche de martes, porque lo de follar ya se había extendido al resto de días de la semana, se fue don Mario: su corazón no resistió ese orgasmo en día laboral.
Maldita querencia al aceite de nardo del Santo Prepucio, que mi abuela, en el día de la boda de mi madre y antes de que los novios se marcharan le dio a su hija un frasquito del invento milagroso y la novia, que conocía la historia de oídas sin querer escuchar tanto detalle, la miró con ternura, mamá, que Luis no necesita esto. Seis meses después mi padre se desplomó en la fabrica de yesos en la que trabajaba. En el hospital le explicaron que era diabético y que, no lo quiera Dios pero puede pasarle, la impotencia era un drama que venía incluida en la enfermedad.
Mi madre hizo uso del frasquito, ya lo creo. Mi tío Liberto, el relevo generacional de la botica de su padre, fue quien le sumistró el líquido mágico a su hermana hasta que un cáncer se llevó a Luis.
Mucho antes de todo lo feo que vino después de la muerte de mi padre, cuando nadie sabía que la lotería no, pero que un cáncer sí nos iba a tocar y de qué manera, yo acompañaba a mi abuela cada sábado a misa de 6.
—Aba, es que no puedo entender esto, ¿tú por qué vas a misa si no crees en Dios?
—Niña, voy porque soy devota del Santo Prepucio pero eso no se lo cuentas a nadie, ¿entendido?
Yo, que entonces tenía 14 años y era la rarita de la clase porque daba ética y no religión, que me perdía la catequesis con don Paco, el cura y eso significaba no poder estar tres horas, tres sentada al lado de Manuquéguapoeresporfavor, yo me quise reconciliar con Dios y con el cura y un día, en un cambio de clase, me acerqué a él y le dije: “Don Paco, mi abuela es devota del prepucio”
Acabé sentada en el despacho del director, dos horas, aguantando una bronca gigante y dos semanas castigada en mi cuarto.
Mi abuela tuvo que ir sin mí a misa de 6 y como se sentía culpable, vino a casa y me contó el porqué de su devoción; no, no crean que entró en detalles. Tan solo me explicó el cuento de cómo, en tiempos del nacimiento de Jesús, una anciana le realizó una operación
—Qué me estás contando Aba, ¿que le cortó el pito?
—Niña, qué tonta eres. Calla y escucha y luego te vas a la enciclopedia y buscas la palabra circuncisión.
Pues bien, esa mujer guardó el prepucio en una vasija llena de aceite de nardo, se lo entregó a su hijo y le dijo: «Ni se te ocurra venderlo ni por todo el oro del mundo» pero el chico pasó de ella, como todos los hijos de sus madres desde el principio de los tiempos, y le vendió la vasija con el aceite y el prepucio a María Magdalena.
Loca me quedé con ese cuento de prepucios y nardos, tanto que empecé a investigar por mi cuenta y les tengo que decir que los tiempos pasados eran muy duros sin San Google.
—Aba, que hay varios prepucios por el mundo y Jesús solo tuvo un pito, ¿no?
—Niña, que te doy un pescozón, no blasfemes que solo uno es el verdadero y está en Cacalta, en Italia y sin ese aceite ni tu madre ni tú existiríais. Allí me vas a llevar cuando me muera, te subes a un avión con mis cenizas y me dejas en ese pueblo, ¿entendido?
El 11 de enero de 1983 sucedió algo terrible: leímos en España la noticia en el diario El País que Dario Magnoni, párroco de Calcata, había anunciado que ese año la reliquia no sería sacada en procesión porque la habían robado. «Manos sacrílegas la han hecho desaparecer de mi habitación”. Aquello rompió a mi abuela, la pobre, y aunque falleció 22 años después yo siempre he creído que la muerte empezó a comérsela ese 11 de enero del 83.
Murió jugando a las cartas, como los grandes y su casa sigue tal cuál la dejó ese sábado, cuando salió a las 4 de la tarde para la partida de Continentales antes de misa de 6.
Mi madre y mis tíos la mantienen limpia, abren las ventanas… la hacen viva. Cuando me encuentro sola voy a la casa y le cuento mis cuitas.
En una de esas visitas me dio por abrir armarios y en uno de los cajones encontré una caja con 4 frasquitos de aceite aromático de nardo fabricado en Cacalta, Italia. Cada uno de ellos llevaba el nombre de las cuatro nietas.
Cogí el mío y llamé a mi madre, mamá ¿tú me puedes dar un poquito de las cenizas de Aba?, y mi madre que es una santa y sabe cuánto de loca estoy, me dio un Tupper con un poquito de mi abuela.
Hace un par de meses le dije a mi pareja que si el viaje del verano podía ser a Italia, a Cacalta, en concreto.
—A mí no me lleves al pueblo del prepucio que yo no tengo problemas.
—Solo es para llevar a mi abuela, idiota.
Este verano y sin que mi amor se dé cuenta, compraré un par de frasquitos de aceite de nardo en Cacalta.
Para mis hijas.
Por si acaso.
Maldita querencia.

 

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