Mal, tarde y nunca – @_vybra

Vybra @_vybra, krakens y sirenas, Perspectivas

Hoy era un día como otro cualquiera. Me levanté siguiendo los mismos rituales de siempre. Suena el despertador y, de un salto, salgo de la cama. Música mientras me ducho, el café solo y a correr de camino a la oficina. Llego y voy directa a la cafetería a por mi segundo café, esta vez con leche y acompañado de un croissant. Papeles, fax y contestar mails. Reuniones, más café, plazos, prisas y estrés. Rutina.

Me agota mi vida de lunes a viernes. Tanto, que el fin de semana me cuesta un mundo hacer planes.
Necesito escapar de esta rutina un momento o mataré a alguien. Me voy a mi refugio, el hueco de la escalera de emergencia. Aquí disfruto de la poca libertad laboral que puedo permitirme, de unos minutos de silencio camuflada entre los ruidos y vida que existen fuera de la oficina.

Me siento y apoyo la espalda en la pared, con la vista fija en el edifico de enfrente. Siempre me quedo hechizada pensando si allí se respira la misma asfixia que a mí me mata diariamente.
Suena mi teléfono y pienso que será mi jefe reclamando un informe que, seguro, hace rato tiene sobre su mesa.
Me quedo helada mirando la pantalla. No es él y todo mi pasado empieza a gritarme muy fuerte dentro de mi cabeza. No sé si contestar, pero, antes de poder decidir, el teléfono deja de sonar y yo respiro aliviada por unos instantes, los que preceden a la nueva llamada que clava de nuevo mis pupilas en el nombre que veo en la pantalla. Víctor.

Han pasado más de diez meses desde la última vez que hablamos. Tras la ruptura y los daños, se hizo imposible una amistad y perdimos totalmente el contacto. Me sorprende su llamada. No la esperaba. Ni la deseaba.

El silencio de la llamada no contestada vuelve a oscurecer la pantalla, pero no me da tiempo a plantearme siquiera si debo devolverla, cuando de nuevo Víctor llama. Lo cojo, sin pensarlo, y un tímido “hola” se abre paso por mi garganta.
Su voz, tan segura y áspera como recordaba, me responde con un “Hola Bea. ¿Podemos hablar?”

– Sí, claro. Dime.
– No, ahora no. He reservado mesa en tu restaurante favorito. Te espero allí a las 3.

Y cuelga, sin darme tiempo a rechazar o aceptar su invitación, haciendo alarde de esa seguridad que tanto detesto cuando se trata de mí.

Vuelvo a mi rutina, ordenándome no pensar en Víctor ni en nuestra cita. Tampoco en cuáles serán sus intenciones, qué ha impulsado su llamada o qué pretende conseguir durante la comida.
El tiempo en la oficina pasa volando. Es curioso, nunca ocurre. Pero, sin darme cuenta, ya estoy andando hacia el restaurante donde me ha citado.
Sigo sin pensar, me niego a hacerlo.

Ya he llegado y le observo desde la puerta. Tiemblo, no sé si entrar o girarme y que mis pasos me alejen de él y de este momento.
Soy imbécil. Sin pensar he abierto la puerta y ya estoy dentro. Me sonríe, ya no tengo escapatoria posible.
Voy hacia la mesa y me siento tras saludarle con dos rápidos besos que apenas dejan huella en sus mejillas. Me mira, sorprendido, toma asiento, y empieza a hablar mientras me sirve agua en mi vaso y me acerca el menú.
No puedo articular palabra y Víctor, sin dejar de hablar, pide comida para los dos y a mí me importa un bledo cuál ha sido su elección.
No tengo hambre y tampoco le escucho. Veo sus labios moverse, pero a mis oídos no llega sonido alguno. El camarero me pregunta si quiero pan normal o integral, a él sí le escucho.

Miro a Víctor mientras habla y, como no escucho sus palabras, puedo permitirme el lujo de analizar sus gestos. Sigue teniendo la mirada preciosa y expresiva, pero ahora no me gusta verme reflejada en el iris de su pupila. Su boca sigue torciendo el gesto cuando miente. Mira, justo así. Una mueca que delata que balbucea otra de sus falsas promesas. Sus manos nunca permanecen quietas cuando el miedo deja a la vista la parte de inseguridad que siempre oculta.

¿Qué estará haciendo Leo? Debería estar con él y no aquí, viendo una película muda que para mí carece de interés y argumento.
Y, sin embargo, aquí estoy. Delante de un pasado que creí no superado del todo y descubriendo que, pese a tenerle miedo al encuentro, está siendo todo un acierto.
Sigo mirando a Víctor sin escuchar nada, y en mi cabeza se reproducen las preguntas que durante estos meses me hice. ¿Por qué? ¿Qué hice mal? ¿Fallé tanto como él consiguió hacerme creer?

Una canción irrumpe mis pensamientos y no puedo reprimir la sonrisa que provoca recrearme en ese recuerdo. Leo y yo, juntos, bailando descalzos en la habitación de hotel del único viaje que hemos hecho. Su mirada clavada en la mía y sus brazos rodeando mi cuerpo, mientras giramos sin reprimir las risas.

La mano fría de Víctor se posa sobre la mía, buscando entrelazar sus dedos con los míos, e interrumpiendo mis pensamientos, y cortando de raíz mi sincera sonrisa.
No quiero que siga hablando. Pese a no escucharle, no quiero que siga. Suelto mi mano de la cárcel que para mí supone el contacto con la suya y acerco mi dedo índice a su boca imponiéndole con la dulzura de mi gesto un silencio real.

– Víctor, déjame hablar. Seré breve.

Su boca intenta abrirse para articular palabras que sigo sin querer escuchar. Ahora puedo, pero no quiero. Aprieto ligeramente la presión de mi dedo sobre sus labios, pretendiendo que entienda el gesto.

Asiente. Perfecto.

– Han sido meses de hacerme preguntas sin que ninguna respuesta me aliviara la frustración de no entender nada. Meses analizando en qué fallé, en qué fallaste, en qué pude ser mejor o en qué debí implicarme más. Meses buscando en cada detalle el camino a la verdad. Meses perdida en matices que nada aclaraban y todo revolvían.
Meses necesitando un cara a cara para explicarnos todo y míranos… Aquí estamos, frente a frente, y no he escuchado nada de lo que has dicho. No me interesan ya tus respuestas a preguntas que no recuerdo. Me dan lo mismo los porqués, los cuándo y los cómo.
Es tarde para analizar quién lo hizo mal. Es innecesario para saber que, entre tú y yo, solo tiene cabida el nunca.

Me levanto tras recoger mis cosas y me dirijo hacia la puerta con paso firme. Quiero salir de aquí. Agarro con fuerza el tirador de la puerta y, antes de empujarla, me giro para echar una última mirada a la mesa, para percatarme que los ojos de Víctor son preciosos cuando reflejan derrota.

 

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