Mal, tarde y nunca – @AllOfMe39

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Mal.

La vida siempre ha sido dura. Siempre ha tenido momentos fáciles, por supuesto, pero también muchos otros difíciles. Acostumbrarse a quererse uno mismo en soledad no es algo sencillo cuando te sientes despreciado y maltratado por el resto. Tu propia imaginación se vuelve tu mejor aliado, pero también un cruel verdugo. Te acongoja la soledad y, a veces, te falta el aire para exhalar un suspiro que te dé una tregua. Un poco de aliento. Pintas los momentos grises con el color de tus propias sonrisas, sacas fuerza de algún rincón de tus entrañas y sigues adelante con paso firme. Algo que parece simple, pero que ni siquiera tú mismo comprendes porque no sabes de dónde provienen esas ganas de vivir. Sacias tu sed de curiosidad con cualquier mínimo detalle que te entretenga, con cualquier fuente de aprendizaje, y te fascinas con la magia de las cosas que vas descubriendo. Vas creciendo y madurando. Te haces más fuerte con cada uno de esos golpes de vida, que son dignos del mejor boxeador de la historia. La muerte de un familiar, el maltrato psicológico, el rechazo amoroso, las peleas, la soledad… Sentirse mal es inevitable. Forma parte de los trozos de lo que somos.
Y, por desgracia, para pasarlo mal, nunca es tarde.

Tarde.

Es, como casi cualquier cosa, un arma de doble filo. Supongo que cuando se llega tarde, uno se piensa que es algo malo o algo reprochable. A veces, tarde no es sino otro momento más. Puede ser a causa de procrastinar, puede ser por despiste. Puede también ser el no tener ganas de hacer algo e intentar retardarlo; o puede ser, simplemente, algo ajeno a uno mismo. Pero que sea tarde no significa que no merezca la pena. Como el conocernos. Creo que eso ha llegado tarde. Aun sin creer en el destino, creo que una parte de mi alma esperaba que aparecieras. Puedo calificar como tarde el momento en el cual llegaste a mi vida, pues ahora mismo todo mi pasado protesta. Se muere de envidia frente al presente y el futuro, que ya te conocen, y ansía que también formes parte de él. Quiere que le muestres, como me has mostrado a mí, que ha merecido la pena sufrir todo el mal con tal de que aparecieras, aunque hayas llegado más tarde de lo deseado. Quizá lo verdaderamente tarde sea un nunca. O no.

Nunca.

«Más vale tarde, que nunca». O eso dicen. Supongo que, como todo, es relativo. Que no es lo mismo enfrentarse a un nunca como la percepción de aquello que no vamos a obtener, como hacerlo transformando ese nunca en algo positivo. En un nunca te vayas. En un nunca me dejes. En un ojalá esta melodía no acabe nunca. En un ojalá nunca dejemos de enamorarnos el uno del otro. Está claro que no es lo mismo un nunca en positivo que en negativo. Que podemos enfrentar las palabras por cualquiera de sus filos, y aceptar y aprender de sus cortes y de las cicatrices que nos dejan. Yo me quedo con los nuncas positivos y elijo el que habla de ti. El de no me dejes nunca.

Que puedo sobrevivir a muchos males, llegar tarde a muchos sitios y enfrentarme a un montón de nuncas. Pero necesito la certeza de afrontar esos males contigo. Necesito la certeza de saber que, si llego alguna vez tarde, tú estarás esperándome como yo te estaría esperando a ti. Y necesito la certeza de saber que nunca vas a faltarme.

Que puede ser mal, tarde y nunca; sí.
Pero todo se transforma en un bien, a tiempo y siempre; con el matiz adecuado.

Y mi matiz se llama contigo.

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