Madurito interesante – @Netbookk

Ricardo García @Netbookk, krakens y sirenas, Perspectivas

«Los del ático están de fiesta…» Pienso mientras levanto la cabeza hacia arriba, donde un sol, recién amanecido, pinta de colores el cielo de un nuevo día.

Una pequeña sonrisa intenta reflejarse en mi cara, pero el corte del labio y el ojo hinchado molestan lo suficiente para transformar la intentona en una burda mueca. A pesar del dolor, me entra una risa floja que se ve interrumpida por un espasmo de tos. Mientras se aquieta la respiración miro alrededor, ubicándome. A mi lado un gato callejero se entretiene jugando con una rata a la que tiene sujeta por el rabo con una pata, mientras la asusta con las uñas de la otra.

El fondo del callejón es, como todos los de esta ciudad, sucio y pestilente. Estoy sentado en un escalón, cerca de la salida de emergencia del antro de donde me han echado después de la pelea. «Nunca aprenderás» – pienso para mis adentros mientras otro ataque de tos agita mis doloridas costillas. Las toco a través de camisa, rota por la manga, para comprobar que están enteras. Esta vez ha habido suerte, pero el hombro y los nudillos me molestan… Parece que alguien va a tener que encargar una nariz nueva y ese pensamiento consigue sacarme otra leve sonrisa, antes de que mi cara vuelva a protestar.

Nunca aprenderás, chaval, a dejar pasar los problemas, sobre todo cuando tienen esa melena y una mirada peligrosa No aprenderás a quitarte de en medio cuando una pareja discute y uno de ellos mide casi dos metros. Nunca das tu brazo a torcer y en esta vida te has llevado más de un disgusto por defender tus ideales. Por seguir el camino que la vida ha ido poniendo delante de tus pies, pero a tu estilo. Nunca has dejado una causa perdida por defender ni una mirada triste sin consolar. Jamás te han tirado para detrás las dificultades, y esta vez, con esa figura, no iba a ser menos.

Todo fue muy rápido desde el primer día. La forma de conocernos, su voz, su posición social veinte mil pisos por encima de la mía. A su lado la vida era más intensa, tan brillante que se nos hizo muy difícil renunciar a la tentación.

– ¿Que hace una rata de callejón como tú, rondando a una gata de altura como ella? – me preguntó Rita, un martes que me vio preocupado.

– Supongo que volar demasiado alto. Acercarme demasiado a una estrella brillante – le contesté antes de pagar mi café, darle dos besos y las gracias bajito, al oído. Mientras escuchaba como, en la mesa de detrás, varias mamás del cole chismorreaban sobre mí.

-¿Has visto el culo del tipo ese? – oí como preguntaba una, mientras yo besaba a Rita y veía su cara congestionada por la risa.

– Tiene pinta de ser un Madurito Interesante… – dijo la otra.

Y si no hubiera sido por Rita, que me cogió del brazo y me retuvo un segundo más de lo necesario, mirándome muy seria a los ojos y moviendo los labios sin hablar para decirme:

– «no les hagas caso, necesitan un buen polvo cada una… O varios», esa mañana hubiera tenido otro problema.

Madurito Interesante… las palabras rondaron varios días por mi cabeza hasta que las escuché de su boca, en otro tono completamente distinto el día que, por fin, nos conocimos. La expresión me hizo reír, sobre todo viniendo de ella que se creía tan a salvo de todo. Que había renunciado a tantas cosas, cerrando su corazón a cal y canto; jurando que jamás, nadie, nunca, volvería a abrirlo y que ahora, a cinco centímetros de mi cara, veía en su mirada como estaba dispuesta a comerse sus firmes convicciones una a una, como guarnición con tal de probar mis labios. Y ese instante fue donde todo empezó de nuevo.

Ella me hizo volver a reír. Y, a pesar del dolor en el hombro, de mi aspecto lamentable, del corte en la cara… De que está amaneciendo y no he dormido nada, porque me he pasado la noche escapando de sus guardaespaldas, hasta que me han arrinconado en este callejón… A pesar de todos los golpes y las amenazas, de las diferencias y de las dificultades, este «Madurito Interesante» no piensa rendirse todavía, no piensa renuciar a ella que es su mejor sueño.

Así que sacando fuerzas de donde no quedan, me levanto apoyándome en el contenedor. Arranco la manga de la camisa y me pongo la arrugada chaqueta encima ocultando el desaguisado. Le doy una patada al gato que se ve obligado a liberar a su juguete. Limpio el rastro de sangre de mi cara y me voy sonriendo hacia el Bar de Rita, que estará a punto de abrir, a por un café. Le diré que llame al trabajo y diga que hoy no voy, que estoy malo. Subiré hasta mi cueva, me ducharé y me meteré en la cama, justo cuando todo el mundo se levanta, para poder soñar tranquilo y fijar en la memoria las horas maravillosas que, a pesar de todo y de todos sus miedos, he podido compartir con ella…

Al doblar la esquina me entra la risa floja, pensando en el que dirían el grupito de MILF’s del Bar de Rita, si vieran ahora al «Madurito Interesante»…

 

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