Madrid – @LaBernhardt

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Madrid es una canción, un folio en blanco en el que puedes reescribir la vida que llevas gastada. Así la veía yo cuando la mía era apenas unas líneas llenas de borrones.
Hoy, volviendo a casa en el tren, me he acordado de aquel Madrid de promesas.
Delante de mí se han sentado dos chicas de unos 18 años, vendrían de hacer matrículas y demás. Hablan sin dejarse terminar, atropelladas por tanta novedad, y llevan en las suelas la huella de su pueblo, todavía -he pensado al verlas entrar en el vagón-
He cerrado los ojos -hasta que llegue el amarillo de los campos de La Mancha- y he vuelto a un septiembre lejano, en Madrid, cuando comienza mi otra vida y del pasado me sólo llevo el primer año de uni becado y una familia llena de grietas y parches.
Creo que he borrado calles y nombres, líneas de metro y horas punta porque sólo recuerdo el olor a tortilla de patata de mi piso. Siempre huele así porque no nos sobra la pasta. También recuerdo mi cuarto, que da al patio interior del edificio, que se llena de olores de comida en familia y de calamares a la romana congelados y de gritos cuando llega fin de mes.
En mi cama, en mi nueva cama, pienso en que todos los finales de mes son iguales; también en Madrid el dinero, la falta de él, separa y desgasta el amor.
Me llegan las risas desde el comedor, el frío del sofá de skay en invierno y el calorazo que da en junio.
Recuerdo lo grande que me siento cuando dejo de perderme en el metro y lo pequeña cuando no llego a tiempo porque, mierda, me he vuelto a equivocar de línea.
Cuando llego a mi pueblo todo me viene estrecho, menos la ropa, porque comer sólo se come bien en casa de mamá.
Cuento los días que me quedan y no sé si quiero seguir hasta el final de las vacaciones porque he decidido hace mucho, allí en mi piso de Tetuán, que no quiero seguir recordando la miseria de esta vida. Mi madre me mira contenta, tú no vuelvas aquí, cariño, que de donde no hay no se saca, tú vuela. Mi padre no me mira, nunca lo hace. No sé si sabe que llevo tiempo intentado olvidar estas paredes, tal vez intuya que ese olvido también se lo quiere tragar.
Pasan los años volados, también pasan las mudanzas, pierdo en una de ellas lo único que me queda de mi gran amor, «Cuatro amigos», de Trueba, y pierdo a otros cuantos más de la vida real porque vuelven a sus casas, a sus vidas que no borraron. Termino la uni, colecciono curros de mierda pero no importa, ya vendrá el mío, ya. Muere mi padre, se casa mi hermano -y ¿qué hacemos con la mamá, nena?
-que se quede con vosotros, en el pueblo,¿no?
Sí, sí se queda y yo vuelvo de vez en cuando y qué cosas porque entre esas dos palabras puedes llegar a meter meses y meses hasta conseguir que de vez se aleje tanto de cuando que ya no recuerdas si volviste al pueblo en enero o en julio.
A veces, en mi Madrid de vida inventada, me preguntan de dónde soy y a veces, también, me escucho decir «de aquí», vaya mentirosa, pero es que Madrid es una canción, un folio en blanco en el que reescribir la vida que llevas gastada.
Abro los ojos, las dos chicas están preparándose para bajar en Los Llanos. Hace sol de San Juan en el amarillo de Albacete y yo, que ya no tengo pasado a no ser que lo recuerde cuando sueño, quiero decirles que no borren las huellas de sus zapatos, que no borren sus vidas en Madrid pero no les digo nada.
Pasan por mi lado, sonríen.
Y yo sigo un rato más porque hasta casa todavía queda una hora y media.

 

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