Madrid – @CarlosAymi

Carlos Aymí @CarlosAymi, krakens y sirenas, Perspectivas

Reduzcamos esta historia a su mínima expresión:

‒¿Eres ambicioso? ‒Pregunta ella.

‒Quiero ser buena persona ‒contesta él.

 

Ampliemos el foco:

Madrid, ciudad que ella conoce bien, aunque haya nacido lejos. Ciudad en la que él no vive, aunque haya estado siempre a un suspiro de distancia.

Ella es rubia, terriblemente inteligente, ridículamente atractiva, llega a definirse. Él tiene de terrible su inseguridad. A pesar de eso y aunque no sepa muy bien cómo, ha logrado una segunda cita. Tampoco tiene muy claro cómo es posible que acabaran en ese bar, cerca de la Plaza de Sol, pidiendo una tapa de callos madrileños. Hablan de literatura, en ese océano debería sentirse seguro, pero tampoco, ella también navega mejor entre libros. Nervioso, solo quiere estar a la altura, solo quiere besarla.

Los callos se retrasan y es entonces cuando ella, tras un sorbo a su coca cola light sin hielos, lanza la pregunta sobre la ambición, como si cambiara de tema literario. Él recurre a beber un trago de cerveza para concederse unos segundos. Piensa en el modo feroz que tiene ella de preguntar, de huir de los lugares comunes, de poner el dedo en la llaga, propia y ajena. También piensa que no quiere cagarla con su respuesta, que quiere encontrar una que sea sincera, pero interesante. Finalmente dice lo que ya sabemos ¿Se siente satisfecho de su respuesta? A medias ¿Y ella, cómo le mira y qué piensa? En eso no me meto, no me pertenece, es tierra sagrada.

 

Toca acelerar la historia:

Los callos vienen al poco. Ríen. Las citas se suceden, a trompicones, pero suceden. Se besarán. Se follarán. Se leerán. Se recomendarán libros y películas. Viajarán juntos. Él amará como pensaba que no se podía amar. Ella será moderadamente feliz. Sin embargo, al final sus caminos se dirán adiós en una triste estación de tren.

 

El tiempo (con y sin tópico) vuela:

Han pasado varios años. Él por fin ha conseguido vivir en Madrid. Ella hace mucho que decidió abandonar la ciudad. A los dos les va bien y se recuerdan con cariño. ¿Qué más se puede pedir?, se pregunta él en los días buenos. En los malos, recurre a tablas de salvación menos volátiles que una pregunta tan abierta. En los peores, siempre le queda la literatura. Será que supura optimismo.

 

Ejemplo:

Desde hace un mes entra y sale de casa con la novela 2666 de Roberto Bolaño. La lee en el autobús, en el metro, en el trabajo, a veces incluso mientras camina, y por supuesto en su silla, en su sofá, en su cama. Así está más cerca de leer mientras sueña.

 

¿De qué está hecho el tiempo?

Si el tiempo medido por los relojes es relativo y puede ser curvado junto al espacio por un poco de gravedad, imaginémonos cómo no será el tiempo surgido del corazón. No puede tener medida en ningún caso, se desbordará o se secará a su gusto. Latirá o decidirá morir al antojo de su tiranía.

Por eso, cuando él comienza a temblar con el libro de Bolaño en el regazo, permite que el temblor actúe, que le dicte lo que crea conveniente. Y es en esa total falta de censura y de nube temporal, cuando él vuelve a la conversación y a la pregunta que ella le hizo años atrás sobre la ambición, mientras esperaban unos callos madrileños. Pero esta vez él contesta que sí, que es ambicioso, que mataría por llegar a escribir un libro como 2666. Y en ese universo paralelo que se despliega, él se plantea si no desaparecerá la triste estación de tren que les separó, para sospechar de inmediato que por ese nuevo camino, tal vez llegarían a la encrucijada antes.

Bañado en la duda regresa a su Madrid, al tiempo que vivimos fuera del corazón. Y mientras piensa en ella y en la literatura se dice, mitad triste, mitad sonriente: ¿cómo no voy a supurar optimismo?

 

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