Macho alfa – @Sor_furcia

Sor Furcia @Sor_furcia, krakens y sirenas, Perspectivas

Un macho alfa es ese líder al que otros siguen. Si le preguntas a cualquier persona qué cualidades definen a los machos alfa te dirán que son todo un ejemplo de masculinidad, poderosos, competitivos, hoscos, autoritarios, y que, gracias a este carácter, saben hacerse respetar.

Pues bien, eso es porque no conocían a mi abuelo.

Mi abu era un hombre al que todo el mundo quería y admiraba. Era el cabeza de familia, el mayor de sus hermanos, ocupaba un buen puesto en su empresa… Tenía el estatus que se le puede pedir a un macho alfa. Y lo era. Pero a su manera. Porque no hace falta tener una personalidad desagradable para hacerte respetar, no hace falta gritar para hacerte oír, ni imponer para conseguir lo que puedes lograr si lo pides de buenas maneras… Y era su buen carácter lo que hacía que todos le tuviéramos en un pedestal.

No fui su primera nieta, pero sabía que era especial, lo sentía cuando me miraba y me lo demostraba cada día. Porque mostrar amor no te hace más débil ni, por supuesto, “menos hombre”. Pasaba los veranos con él y con mi abuela en el pueblo, y le encantaba salir conmigo a pasear por el monte. Me llevaba por unos caminos imposibles, y a veces tenía que bajar cuestas muy empinadas a las que él llamaba “arrastraculos”, porque había que bajarlas arrastrando el culo. Cuando llegaba abajo me decía “¡¡Muy bien!! Pero esto no se lo cuentes a tu abuela ¿vale?”. Aunque ella no era tonta, y había que ver cómo llegaban nuestros pantalones cuando volvíamos del monte… Nos echaba una mirada inquisidora y decía “¡¡¿Dónde os habéis metido?!!” y entonces él sonreía, me guiñaba un ojo y decía “En sitios muy divertidos”.

Mi abuelo era un hombre de los de antes. De bastón y gabardina. Muchos días iba a pasar el día a su casa, me encantaba. Tenía un canario que cantaba muy bien, pero que sólo lo hacía cuando encendías el secador de pelo, por lo que en cuanto terminábamos de comer tocaba sesión de peluquería. Y así, mientras el canario hacía gorgoritos, yo le hacía a mi abuelo unos “quiquis”, le pintaba las uñas y los coloretes… Y, cuando ya había terminado, se miraba al espejo y decía “Estoy guapísimo”, se ponía el abrigo y se iba a la calle. Y mi abuela y yo nos moríamos de la risa.

Nunca se enfadaba, nunca, aunque a veces le gustaba hacer como que sí lo hacía. Aún le recuerdo corriendo detrás de mí y de mis primos con los pantalones por los tobillos. Siempre lo hacía cuando, en las noches de verano, nos juntábamos toda la familia para cenar en la bodega (y nos cocinaba setas, las más ricas que he probado jamás). Cuando los niños terminábamos de comer y nos poníamos a jugar ¿a quién era al que íbamos a chinchar? A él. Porque sabíamos que siempre entraba al trapo. “¡Dejadme en paz, que al final os voy a dar con el cinturón!”, decía. Y nosotros seguíamos chinchando. Y entonces se levantaba, se quitaba el cinto, empezaba a correr detrás de nosotros y se le caían los pantalones… y nos moríamos de risa. Lo hiciera las veces que lo hiciera. Siempre nos desternillábamos.

Recuerdo su manera de hablar, tranquila, pausada… No sabría decir la de veces que me contó el cuento de “El lobo y los 7 cabritillos”. Y siempre le cambiaba el final, para que no me diera miedo el lobo y para hacerme reír. Pasado un tiempo nos lo inventábamos entre los dos y a mí me parecía divertidísimo. Ese siempre será mi cuento favorito. Aunque nunca nadie me lo volverá a contar como él lo hacía.

Y así, entre cuentos y risas, sin darme cuenta, un día mi abuelo enfermó.

Todavía tengo guardada una carta que me mandó desde el hospital en la que me decía que se iba a poner bueno y que iba a volver a casa pronto… y volvió, pero volvió para morirse. La última tarde que pasamos juntos me pidió que me tumbara con él en la cama: “Tienes los ojos amarillos, abuelo”, le decía yo, extrañada, y el me acariciaba el pelo y me decía “No te preocupes, no pasa nada”. Y me miraba con esa cara de quien quiere llevarte grabada en la memoria para siempre… Pero sonriendo, siempre sonriendo. Me mandaron al pueblo con unos tíos, me despedí de él sin saber que no le iba a volver a ver… aunque, por desgracia, así fue. El día que me enteré de que había muerto recuerdo que me pasé la tarde entera tirada en la cama llorando…. ¿Por qué? ¿Por qué mi abuelo? ¿Por qué mi mejor amigo?

Y así te despiertas al mundo, y así descubres que madurar es sufrir, y que las personas a las que quieres, tarde o temprano se van, y que algún día tú también te irás. ¿Pero sabéis qué? Que a día de hoy, cuando ya hace más tiempo que estoy sin él del que pasamos juntos, mi abuelo todavía consigue hacerme sonreír cuando le recuerdo. Así que, para mí, señoras y señores, eso es un macho alfa. Un hombre bueno, sensible, cariñoso, divertido, que sabe ganarse el respeto con respeto, y que crea un recuerdo imborrable en nuestra memoria. Y todo lo demás, sólo son gilipollas.

 

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