Los últimos días de Rebeca – @asier_triguero

Asier Triguero @asier_triguero, krakens y sirenas, Perspectivas

Vive en un pueblecito pesquero en el que nunca pasa nada. Puede que lo hayas visto dibujado sobre lienzo y colgado en la pared de alguna marisquería de otro pueblo parecido al suyo. En otoño, con las mareas vivas, el puerto se seca dejando al aire sus fondos arenosos. Le encanta contemplar los reflejos púrpura que el aceite de los barcos deja en la superficie del agua. Le recuerdan a las camisetas que llevaba su madre cuando ella era pequeña. Se pone triste cuando el puerto se seca; como si por ello también lo hiciese el recuerdo que guarda de mamá. Más allá del muelle la carretera se extiende unas decenas de metros y se acaba como en el decorado de los belenes navideños, en un túnel sin talento. Nunca ha visto lo que hay detrás de esa curva que gira a la izquierda y que sume en la negrura a todos los coches transportándolos al más allá.

Cuando tenía siete años se sentaba con su amigo en el murito de la carretera y pasaban las horas fantaseando sobre el paradero de los osados viajeros que se atrevían a desaparecer tras esa puerta al otro mundo. Planetas verdes con anillos rosas, montes hechos de chucherías o pueblos gobernados por niños en los que siempre era domingo por la mañana; se inventaban miles de universos paralelos y al mismo tiempo, sin que ellos cayesen en la cuenta, se enamoraban perdidamente a cada utopía construida más allá del túnel. Por entonces él tenía diez años, y fue imposible que no creciese antes que ella. Tampoco pudo luchar por no desaparecer tras el túnel en un coche que ignoraba con la fuerza de un padre en paro lo mucho que él deseaba quedarse junto a ella.

Esa maldita garganta se tragó todo lo que quería y desde entonces, la odia a muerte. Lleva consigo una pequeña libreta en la que apunta los nombres de las personas que no le gustan y las manda hacia el túnel. La primera página está lacerada por furiosos trazos negros formando círculos concéntricos. Todos los días dibuja unos cuantos más, aumentando así la potencia devoradora de la garganta oscura del túnel. No sabe lo que va a hacer cuando se agote el espacio de la libreta. Utilizar otra no tendría sentido. Sólo esa contiene el poder de mandar a los indeseables al otro lado del túnel. Comenzó a utilizarla con ocho años, cuando su amigo se esfumó tras trazar esa ligera curva hacia el olvido. Siete años después, sus humedecidas y repletas páginas no dan abasto.

Su madre se fue un día por la noche, abandonándola a merced de la duda. ¿Se la  tragó el túnel? Una nota bajo su almohada decía: “El mundo es muy grande, no permitas que este pueblo te lo oculte”. Su padre hizo como si no pasara nada. Ni un gesto, ni una charla. Aún continúa así; demasiado ocupado en cosas sin importancia. El nombre de su padre fue el primero en figurar en la libreta; el segundo, el de su amigo. Fue un día duro al que le siguió una semana gris en la que se olvidó de comer; además, le entró una tos horrible que hacía retumbar las paredes de las casas mientras vagaba por las estrechas y empedradas calles de lo que por momentos, se convertía en una cárcel llena de gritos de gaviota. Ni siquiera el sonido del agua acariciando el casco de madera de los barcos pesqueros o el tintineo de los cabos golpeando del mástil de los veleros amarrados en puerto conseguía serenarla.

Ahora, ella exhibe su sombría y solitaria adolescencia sentada en el mismo muro, unos metros antes del túnel. A sus espaldas, el puerto seco revuelve sus entrañas. Con unos injustos quince años y la libreta mágica en su regazo a tan sólo un nombre de estar repleta, deja que el frío viento noroeste penetre en sus oídos mientras observa cómo los coches agravan su ronquido al adentrarse en el túnel. Los va contando mentalmente. El número sesenta y cuatro siempre ha tenido una especial significación para ella. En el treinta y dos le ha surgido una duda que ha decidido solventar de la siguiente forma: dos motos son un coche, los camiones y autobuses no cuentan.

El coche número sesenta y tres es una furgoneta blanca ocupada por una pareja joven que, tras observarla, hacen una cómica referencia a la leyenda urbana de la chica de la curva.

El número sesenta y cuatro es una insulsa berlina gris con matrícula holandesa.

Ha llegado el momento.

Abre la libreta y, en el único hueco que queda libre, en la última página, en la esquina inferior derecha, escribe el último nombre, el suyo: Rebeca.

Tira la libreta al mar y camina lentamente hacia el túnel.

 

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