Los muros invisibles – @candid_albicans + @IAlterego84

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La muerte lo que tiene es eso, que no te enteras de que estás muerto. Permaneces en posición fetal, los ojos abiertos mirando a ninguna parte, los labios en un rictus que ni siquiera en los mejores años de tu vida pudo romper la curva de una sonrisa. El rigor mortis invadiendo cada célula, hasta que te conviertes en una pieza de hormigón. Hasta que todo da igual. Porque no sientes nada.

Ni sientes ni padeces. Te quedas frío, helado. Nada más. El calor que alguna vez sentiste desaparece como si nunca hubiera estado. Como un recuerdo borrado por un alzheimer galopante o, simplemente, como algo que nunca ha existido. Una vieja fotografía en color sepia en la que los años borraron cualquier rasgo reconocible, podríamos decir. Mírate, ahí estás. Es como si estuvieras dormido. Sumido en un sueño profundo del que no vas a despertar jamás, y, en ocasiones, hasta sientes alivio por ello.

Ojalá te hubiese matado un puñal, una bala, un tren, o tan siquiera unas cuantas pastillas de esas de colorines que te comías cada día para poder atravesar tus propios muros sin romperte. Creo que merecías una muerte de verdad, de esas que se propagan como la pólvora y van de boca en boca en la oficina, en los descansillos del vecindario, en los diarios, o incluso se pueden ver en un puto obituario. Qué menos. Pero no. Has muerto dentro de ti mismo. Nadie hablará de ello, ni te darán el pésame, ni a ti ni a tus pobres padres, porque ni siquiera ellos saben que has muerto. ¿Y sabes porqué? Porque no puedes contarlo. Porque no puedes hablar, porque estás paralizado. Porque los muertos no hablan.

En cambio, el silencio sí que te habla a ti. Es como si tuvieras la cabeza metida dentro de una escafandra que te aislara del mundo. De los demás. O, más bien, a ellos de ti. Es como si quisieras gritar en mitad del desierto. Nadie te oiría y para ello, mejor no hacerlo. Siempre has pensado eso. Que para qué perder el tiempo en expresar lo que tienes dentro. Cuando lo has intentado, nadie te ha prestado atención. La sensación de frustración que eso te producía era tremenda. Jodida. Y lo que vino después, simplemente peor. Las autolesiones. Las cuchillas de afeitar que te prometían un futuro más prometedor que tener que salir de casa y caminar entre ese mar de caras anónimas que te rodean. Dos intentos. Las lágrimas. El llanto de tu madre. Tu padre destrozándose los nudillos contra la pared. El internamiento. La medicación y al salir, el mundo que seguía siendo la misma mierda de siempre, pero al menos era medio digerible de la mano de las drogas que te vendían con receta. Hasta que apareció ella.

Su piel blanca como la nieve, su cabello rojo fuego, sus pupilas azul hielo, sus labios rojos como las fresas maduradas por el sol. Toda ella era un juego de caprichosos opuestos en perfecta armonía. Nunca supiste decirle que la querías. Lo intentaste varias veces, pero todos los tequieros que salían urgentemente del corazón, viajaban en vano para morir en tus labios. A ella nunca le importó, no necesitaba escucharlos. Le bastaba con mirarte a los ojos para introducirse en tu fortaleza sin necesidad de derribar ningún muro. Y dolía. Dolía como si te estuviese desgarrando el alma, y a la vez cosiendo todas tus heridas. Nunca te habías sentido tan vivo. Como cuando mirabas disimuladamente vuestro reflejo en el espejo mientras hacíais el amor, y te dabas cuenta de que tus manos nunca habían tocado nada tan bello y tan salvaje. Y temías romperla, o contagiarle tu tristeza apagando el fuego que emanaba de sus labios al besarte y que te mantenía con vida.

Hasta que se fue. Un espíritu libre, como ella decía, que levantó el vuelo sin decir nada. Y tú, te quedaste solo. Abandonado. Encerrado en tu propia prisión, pero esta vez los muros se estrechaban cada vez más. Como si hubieras dejado una droga y volvieras a ella con más ganas. La sensación de derrota y abatimiento. El odio hacia ti mismo al caminar sobre la sonrisa del recuerdo y el cautiverio de tu presente. Y la idea de morir y dejar de sufrir de una puta vez, acudiendo a tu cabeza con demasiada frecuencia. Tentaciones. Noches en vela, escribiendo mentalmente una carta de despedida que no recordabas al despertar. Aislamiento. Silencio. Tu incapacidad de expresar tus emociones transformándose en ansiedad y lágrimas. Frustración. Golpes a la pared. Nudillos sangrando. Heridas en el corazón que nunca antes habías sentido. Miedo. Y más ganas de desaparecer para siempre. De meterte en la cama, darte un atracón de medicamentos y no despertar más. Y eso hiciste anoche. Dos pastillas. En teoría tenía que ser suficiente. Un vaso de agua. Y a la cama. Para no volver a ver el sol, aunque éste te despierta de buena mañana dándote de lleno en la cara. Enseñando al día lo patético de tu posición fetal y el aspecto de un cadáver que aún respira, con la resignación que te supone tener que enfrentarte a un día más entre los cuatro muros invisibles en que vives, sabiendo que nunca podrás escapar de allí.

 

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