Los muros invisibles – @alternoso

Javier Morales @alternoso, krakens y sirenas, Perspectivas

Lo que quedaba del gato era algo de pelaje, unos cuantos huesos, la cola y una pata. Si estaba la cabeza, no se notaba. Ya debía llevar un par de días allí.

—Qué mierda.

—Sí, qué mierda.

Ramiro y yo nos sentamos en el borde del andén de siempre a liar un par de porros y ahí estaba el gato. Lo que quedaba del gato.

—Debió ser bonito en vida.

—Sí, debió ser.

—Pero este pobre hijo de putica no tuvo suerte.

—¿Por qué?

—Mire lo cerca que está del andén.

—¿Y qué pasa?

—Pues que le faltó poco para salvarse.

Pasé la lengua por todo el borde del papel un par de veces. La vida es una puta lotería, pensé. Dos pasos más y ese gato se salvaba, seguí pensando. Aunque también pudo ser que el desgraciado que lo atropelló lo hiciera a propósito. Gente de mierda también hay mucha en la vida, y si la gente de mierda se cruza con los que no tenemos suerte, pues ya la palmamos.

—Así le pasó a Toño.

—¿A Toño?

—Sí.

—¿Qué es de la vida de ese?

—Está muerto.

—Mierda. ¿Y eso?

—Lo mismo que ese gato.

—¿Mala suerte?

—No, lo atropelló un bus.

—Mierda.

Ramiro es lento y simple, pero así lo quiero. Según dicen, somos primos solo que una vecina de mi tía lo adoptó porque ella estaba muy jovencita para estar criando muchachos. Nos hemos caminado este barrio de arriba a abajo estos veinte años y todos los viernes al final de la tarde hacemos el mismo itinerario, pasamos por el colegio público a comprar la yerba y seguimos bajando calles hasta caer a esta que es una de las más solas, nos sentamos a fumar y a hablar. Cuando nos sobra algo de plata vamos a comer empanadas donde doña Ceci y con eso nos damos por bien servidos para volver cada uno a casa.

Ahora que lo pienso, a Toño sí lo mató la mala suerte, la suerte de ser un idiota. Toño vivía a tres casas de la mía, también lo conocí desde que éramos pequeñitos. Jugábamos fútbol en medio de la calle todas las tardes, el desgraciado siempre se tiraba al piso por el balón pero te pateaba las canillas como si el juego se tratara de eso. Para él, derribar a puntapiés a un contrincante, era como hacer un gol. Siempre jugaba sonriendo y babeando el muy hijo de puta.

Cuando crecimos se hizo más callado pero no menos violento. Si alguno en el colegio lo miraba más de la cuenta al rato tenía la marca roja de una mano en la nuca, o un poco de sangre seca en la nariz, o los ojos llorosos, o un chichón en la frente. Toño les daba a todos, menos a mí. No sé qué tipo de afecto me tenía pero, aparte de las patadas criminales jugando fútbol, nunca me tocó ni yo a él.

Se puede decir que yo era su mejor amigo y su violencia respetaba ese límite. Muy seguramente fue lo único que respetó en su vida, porque para todo lo demás él no seguía reglas. Digamos que la trampa era su pasión, librarse de cualquier responsabilidad, de cualquier cosa que no le gustara o que lo incomodara era su gran talento. Una vez en el colegio pateó el balón con furia y rompió la ventana de un salón que, por fortuna, estaba vacío; sin pensarlo, Toño tumbó de un empujón al niño que tenía más cerca, Simón Dávila en este caso, y ya con él en el suelo, le zafó uno de los zapatos y lo lanzó por el hueco de la ventana rota. El profesor de matemáticas se encargó del asunto, pues era quien estaba haciendo la vigilancia durante el recreo, y entendió todo al instante, el niño al que le faltara un zapato era el culpable. No le hizo falta jugar a la cenicienta porque apenas salió al patio Toño gritó diciendo que Simón había roto la ventana, que era tan malo jugando que cuando pateó del balón salió su zapato derecho volando. Parecía incuestionable la culpabilidad de Simón; recuerdo que lo obligaron a hacer varios trabajos de fracciones como castigo. Le fue tan mal con esos ejercicios al pobre Simón que después de eso no volvió a levantar cabeza y perdió el año.

Cuando Toño creció las cosas no cambiaron mucho. Amenazó al director con un cuchillo para que firmara su cartón de bachiller, se robó un computador del salón de sistemas para empeñarlo y no le dieron mayor cosa a cambio porque se olvidó de llevar los cables, la noche previa a la presentación de las pruebas de estado para entrar a la universidad se comió un kilo y medio de ciruelas pasas para tener una diarrea bestial al otro día y tener una excusa para no presentar la prueba. Su hermana me contó que ese día se despertó envuelto en su propia mierda líquida pero que estaba contento al final del día porque se había librado de la prueba, que finalmente nunca hizo.

Así pasaba la vida Toño, de inconciencia en inconciencia, de muro en muro, de treta en treta para salirse con la suya, tropezando con sus propias ganas de salir del hoyo.

Mientras veo los restos del gato y echo un par de caladas al porro, me acuerdo del día del accidente. Todo empezó por un trabajo que consiguió en una franquicia de comida rápida. Le tocaba hacer de todo, limpiar, cocinar, registrar órdenes, todo. Toño odiaba ese trabajo. Alguna vez, en una de esas reuniones corporativas, se enteró de que en la franquicia otorgaban incapacidades o incluso pensiones anticipadas por invalidez del trabajador, Toño nunca había escuchado nada parecido, en parte porque el desgraciado jamás había trabajado de manera seria en toda su vida, así que enterarse de esto era como si hubiera encontrado su propio paraíso en la Tierra, y lo mejor es que ese paraíso contaba con folletos en donde explicaban los diferentes riesgos laborales, las incapacidades, sus derechos como trabajador, en fin. Así Toño supo que cualquier malestar, lesión o condición de discapacidad física, tendría retribuciones de diferente tipo, según la condición del empleado.

Sin pensarlo mucho, dio con la brillante idea de autolesionarse la mano izquierda. Pensó que la mejor manera de asegurarse de que la mano sufriera un daño accidental que justificara una larga incapacidad médica, era que un perro lo mordiera, el problema es que perro no tenía. Se sentó toda una tarde en el parque buscando qué perro podría morderlo pero todos eran pequeñitos e iban atados a sus dueños con sus correas de colores. Al otro día, camino al trabajo, desesperado, cuentan que iba pasando el puente peatonal de la salida del barrio en plena hora pico y a lo lejos vio a una señora muy gorda que llevaba a un perro gigantesco, un mastín que llaman. Pues Toño ni lo pensó, apenas le pasaron por el lado a la señora con el perro, Toño lanzó la mano al lomo y le jaló el pelaje con mucha fuerza. El perro chilló muy fuerte y giró como una bestia buscando al agresor con tan mala suerte que encontró el brazo de su dueña. Quienes vieron la escena cuentan que tiró a la pobre gorda al suelo, que la mordió con tal fuerza que le produjo una fractura de radio y cúbito. Toño lo único que pudo hacer fue seguir su camino cabizbajo hacia su trabajo de mierda.

Cuentan que el día que Toño se mató estaba lloviendo. Como se le había metido en la cabeza que tenía que lesionarse alguna parte útil del cuerpo para poder quedarse en la casa viendo el MTV, dándole órdenes a su mamá a gritos y asomándose cada hora a la ventana para recordarle a la vecina lo rico que tenía el culo, decidió que se iba a lanzar debajo de un bus en movimiento. En su mente todo debía parecer muy sencillo: te le atraviesas a un bus de esos viejos que tiene que subir muy despacio la cuesta de la parte trasera del barrio, calculas que una de sus ruedas te pase apenas por encima de una pierna y ya, con una fractura se daba por satisfecho. Quienes lo vieron cuentan que se paró en la esquina de la calle Román durante diez minutos, luego se cambió de acera cuando vio venir el bus en subida. Cuando el bus estaba cerca, Toño dio dos pasos cortos hacia el bus y se lanzó al piso. El resto del relato es bastante macabro, a decir verdad, pero qué más da si es lo que sucedió y de algo servirá recordarlo. Una de las ruedas delanteras del bus pasó por encima de la pierna derecha de Toño, justo por debajo de la rodilla, pero con lo que no contaba es que el conductor se asustara con el grito de toda la gente dentro y fuera del bus, que perdiera el control y que dejara retroceder las doce toneladas de su vehículo por culpa de la calle empinada y que la misma rueda que había aplastado la pierna del Toño ahora le aplastara el torso y la cabeza.

Quienes vieron todo dicen que fue horrible, que no faltó quien vomitara el desayuno al ver semejante espectáculo. Pobre Toño, pienso. Se murió por idiota. Y por ir siempre detrás de muros invisibles.

—¿Por qué tan callado? —me preguntó Ramiro después de tirarme una bocanada de humo a la cara.

—Pensando estupideces. Pensando en muros invisibles.

—¿En muros invisibles?

No le respondí. Ambos miramos al mismo tiempo los restos del pobre gato, dimos la primera carcajada de la tarde y pasamos a hablar de cualquier otra cosa.

 

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