Los futuros que no quieres – @Ordinarylives

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Una bala.

Una bala que reposa sobre la mesa y brilla como una estrella en una noche despejada.

No quiere despertarse solo cada noche y no tener quien le de un beso de buenos días cuando abra los ojos. Ya no se escucha la risa de los niños por el pasillo del piso y ella no camina intentando no hacer ruido cuando llega de trabajar de madrugada.

La existencia solitaria y dolorosa le está quebrando los huesos y el ánimo desde hace meses, desde que se quedó completamente solo en un mundo que siempre le ha mirado raro. Se levanta un instante de la mesa y aparta ligeramente la cortina para mirar afuera, se topa con un edificio gris y más alto que apenas deja ver la luz, él y su mujer se arrepintieron de haber caído en las garras de una constructora con pocos escrúpulos nada más tener la hipoteca tocando a la puerta cada mes.

― Tendríamos que habernos ido a vivir al pueblo. ―repetía siempre Sonia, y él sabía que sus ojos tristes decían la verdad.

Ella siempre tenía razón, era como una especie de don, pasara lo que pasara al final los acontecimientos giraban hasta ponerse de su lado de la balanza. Por eso hacía mucho que no discutía con ella, porque no quería perder siempre. Tenía razón pero no suerte, que como todo el mundo sabe son dos cosas distintas y bien diferentes. Por eso Sonia está muerta.

Cierra la cortina y da un par de pasos por el silencioso salón que comienza a quedarse en penumbra. Se debate entre la cobardía y la valentía, se interpela a sí mismo, se da argumentos en contra y a favor.

El futuro estaba lleno de niebla pero ahora no existe. Ahora no hay pizza fría para desayunar un domingo por la mañana, ni niños queriendo arrastrarlo al parque cualquier tarde. Ahora no hay reuniones con los profesores, ni recogida de notas, ni partidos de fútbol. El futuro es tan gris como las canas que apenas han comenzado a asomar por su rala barba.

Lo alejaron de los niños por su incapacidad para cuidarlos y se pregunta quién decide eso, quién sabe si puede o no cuidar a sus hijos. No sabe bien si es por las botellas de alcohol vacías que reposan sobre la encimera de la cocina o por los paquetes de tabaco dispersos por la casa con apenas uno o dos cigarros. Sus compañeros del Cuerpo de Bomberos no quieren saber nada de él hasta que no se recupere por completo, hasta que no supere eso a lo que no quiere ponerle nombre.

¿Qué haces cuando eres incapaz de detener la espiral en la que estás metido?

¿Qué haces cuando tienes ante ti todos los futuros que no quieres?

La respuesta es una bala.

Una bala que reposa dentro de su cráneo y brilla como un diamante de sangre en medio de la selva.

 

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