Los errores que persisten – @IstarCollado

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Una vez. Otra. Otra, otra, otra.
Ayer, en el trabajo, me volvió a pasar. Mi compañera, la más antigua, la más vieja, la más resabida, la más amargada, me intentó dejar mal delante de mi jefe. O me dejó, a saber. Me tiene harta, siempre con sus “pullitas”, tratando de quedar por encima de mí, cuando en realidad lo que tiene es miedo de perder su posición a mi favor. Como si me importara.
Lo que realmente me importa es estar bien, y no me siento bien cuando me menosprecian, cuando no soy capaz de contestar con una respuesta cortante y ocurrente, de esas que dejan en ridículo a la persona que ha intentado dejarte mal a ti. Cuando mi única respuesta es bajar la cabeza y avergonzarme porque no se me ocurre nada mejor.
Llevo meses soportando sus comentarios. Al principio no le daba importancia, pero llegó un momento en el que se la tuve que dar, porque es injusto que me trate así cuando yo nunca me he portado mal con ella. En realidad no es muy agradable con nadie, pero yo me llevo la palma. Y ¿Por qué? ¿Porque yo le caigo peor? No. Bueno, sí le caigo peor, pero no por nada que haya hecho. Le caigo peor porque hacemos el mismo trabajo y me ve como su competencia directa. “La nueva, con 30 años menos, que viene a quitarme lo que es mío”.
Me encanta mi trabajo, me llevo bien con mis compañeros, soporto a mi jefe, tengo un buen sueldo y sin embargo no me siento feliz, porque sé que en cualquier momento me va a soltar alguno de sus comentarios hirientes. Me despierto muchas noches de madrugada y no me puedo volver a dormir pensando en ella, en cómo me trata.
Lo he pensado, muchas veces, le he dado muchas vueltas, me ha costado mucho dar el paso, pero esta mañana, nada más llegar, he entrado en el despacho de mi jefe, he cerrado la puerta, y le he comunicado que quería poner en marcha el protocolo de acoso que se aprobó hace unos años en la empresa y que nunca se ha tenido que usar. Le he contado todo, he balbuceado, he llorado y me he sentido fatal por tener que hablar mal a un jefe de una compañera, pero creo que no tenía otra opción.
Cuando he conseguido calmarme y he salido, no me he atrevido ni a mirarla cuando he pasado al lado de su silla para ocupar mi puesto. No he hablado con nadie ni he levantado la cabeza del ordenador. Tampoco lo he hecho cuando a los cinco minutos he visto de reojo al de personal dirigiéndose al despacho del jefe, ni cuando a la media hora le han pedido a ella que entre en su despacho. La hora que ha pasado allí ha sido una de las más largas de mi vida. Cuando ha salido, el corazón parecía que me iba a estallar, igual que cuando se ha acercado a mi mesa antes de dirigirse a la suya a recoger sus cosas para trasladarse a algún otro lugar de las oficinas, y ha dicho en voz muy baja: “Mira la mosquita muerta qué hija de puta. Pero no vayas a creer que esto va a quedar así”.
Y no. Ya no le voy a pasar ni una más. Me he levantado y he vuelto a entrar en el despacho de mi jefe porque no va a haber ni un insulto, ni un desprecio, ni un comentario más, que vaya a quedar en el olvido. Y me ha dicho que no me preocupe, que la han trasladado a otro espacio preventivamente mientras se busca una solución permanente. Y cuando le he preguntado qué les había dicho ella, su respuesta fue: “Vaya, ¡Cuánta sensibilidad hay hoy en día! Tendrán muchos estudios y lo que tú quieras, pero estas niñatas de ahora no aguantan nada. Eso mismo me hicieron a mí cuando empecé a trabajar y aquí estoy.”

 

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