Lo que ves de mí – @CosasDeGabri + @_soloB

CosasDeGabri @_soloB, krakens y sirenas, Perspectivas

Son las siete de la mañana. Me he levantado sin hacer ruido, como siempre, haciendo un ritual de cada nuevo despertar. Es Navidad. Daniel duerme y no quiero molestar, aunque me muero de ganas de besarle. Me deslizo sigilosamente a la cocina a preparar café con la puerta cerrada para que ningún ruido le incomode.

 

Que yo duerma mal y él sea un jodido oso nos impide desayunar juntos los fines de semana o festivos. No me atrevo a despertarle ni siquiera para llevarle el desayuno a la cama. Respeto sus ocho horas de sueño y tiro de maruja fregando la pila de platos de la cena de anoche.

 

Clara se ha levantado cuidadosamente, como hace siempre. Dice que le cuesta mucho conciliar el sueño por las noches, pero lo cierto es que enseguida se queda dormida entre mis brazos. Da igual qué hora sea: se duerme. Supongo que es más fácil descansar cuando te sientes protegida. Suele despertarse de madrugada y por eso pasa siempre de puntillas por los sueños, como una bailarina.

 

Cuando se duerme en el sofá la llevo en brazos a la cama mientras le susurro al oído, para que no se asuste, que vamos al dormitorio. Se abraza a mi cuello con los ojos cerrados y apoya su cabeza en mi pecho. Es tan delgada que no me supone demasiado esfuerzo transportarla, aunque no sea un hombre fornido. Creo que a ella le gustan esos gestos románticos por la forma en que busca mis labios en la oscuridad cuando le digo buenas noches.

 

Cree que necesito dormir ocho horas y lo cierto es que no, porque apenas me deja descansar por las noches con sus ronquidos, sus incursiones al baño y sus incesantes vueltas en la cama. No sabe que cada mañana me despierto a las siete en cuanto siento que ella se mueve despacio para levantarse, intentando que no cruja la cama. Sonrío cuando lo hace porque resulta cómico observar de reojo cómo se mueve y siempre me hago el dormido cuando se gira para comprobar si me ha despertado.

 

Ella piensa que no, pero la estructura de la cama siempre suena y la tarima de madera cruje al caminar descalza. La puerta del dormitorio hace un leve chirrido de bisagras cuando la entorna. También la escucho orinar en el baño con las rodillas juntas, las bragas a medio bajar y la punta de los dedos de los pies apoyados en la cerámica porque hace frío. También oigo cómo acciona la cisterna y el interruptor de la luz, cómo cierra la puerta de la cocina, el ruido de la cafetera de cápsulas y el grifo de la cocina mientras friega los platos y los amontona.

 

Me habría gustado que me despertara con un beso en los labios o con una suave mamada. No me habría importado que me sorprendiera trayéndome el desayuno a la cama o acurrucándose de nuevo a mi lado para entrar en calor después de desayunar. Pero no, ella no es así. Estar en la cama tumbada le genera ansiedad y a mí me gusta remolonear, sobre todo los fines de semana.

 

Hoy empieza la cuenta atrás. Quedan seis días para que yo me marche, pero Daniel no sabe nada. Me voy a ir yo esta vez. Ya no cuento las veces que discutimos, las mentiras que le he dicho sin mirarle a la cara, la de veces que le he echado de menos y me lo he callado. Ya nada sirve. Ya no bailamos la misma canción. Ya no estamos en el mismo tren. Mi corazón sigue latiendo por él y, a la vez, me lo ha hecho añicos.

 

¿Quién me mandaría leer su correo electrónico? ¿Quién? Me odio por haberlo hecho. Me odio por las veces que falté a la honestidad. Pero tú no sabes, cariño, lo poco que creí en nosotros cuando te vi en las fotos con aquella mujer. La rabia me llevó al sexo, el sexo a una espiral de autodestrucción, la destrucción a que te alejaras y la lejanía a la situación en la que desgraciadamente estamos hoy.

 

Tú no sabes que cada noche mientras me hago la dormida, el corazón me late desbocado al sentir tus manos y tus brazos sobre mi pequeño cuerpo. Deseo tu boca, quiero hacerte el amor cada mañana antes de irte a trabajar. Te perdonaría todo. Me perdonaría todo. Pero no puedo luchar por mantenerte a mi lado cuando hace tiempo que te fuiste.

 

Me lío un cigarro. Tarareo «No estarás sola» de Ismael Serrano, trago saliva, me ahogo, quiero volver atrás, las agujas del reloj corren hacia delante. Ocho, nueve, nueve y cuarto, nueve y veintitrés. Escucho tus pies arrastrándose hacia la cocina. Miro por la ventana, revuelvo mi melena y dibujo una sonrisa de mirada perdida en la comisura de mis labios.

 

Todo va a salir bien, todo va a salir bien, inspiro, sonrío, todo va a salir bien.

 

Camino hasta la cocina sólo para ver a Clara. Es preciosa en todas las circunstancias, pero sobre todo recién levantada. Me gusta esa belleza suya, tan natural. No necesita maquillarse para estar bonita. Hoy tiene la melena revuelta y una media sonrisa. Mira por la ventana con gesto distraído mientras apura un cigarrillo de liar. Se gira y me observa con sus grandes ojos verdes, traspasándome en corazón.

 

Quiero volver atrás en el tiempo y para ello acelero mis pasos para besarla como la primera vez. Cierra los ojos. Cierro los míos. Me siento a su lado y le acaricio el pelo, mientras nos miramos en silencio.

 

–Clara…

–¿Qué? –su voz mimosa es apenas un susurro.

–Te amo

 

Apoya la cabeza en mi pecho y me abraza sollozando. Le acaricio el pelo y le digo la verdad:

 

–Sé que has visto mi email, porque yo he leído tu whatsapp mientras te duchabas. No deberías hablar de nuestras cosas con nadie, pero eso ahora da igual. Me arrepiento cada día de lo que hice.

–Dani…

–No, déjame terminar –le digo limpiando una lágrima de su mejilla–. Siento lo que hice, jamás debió ocurrir. Tú y yo estábamos muy mal por aquel entonces. No es excusa, pero nos habíamos distanciado mucho y yo me sentí querido, deseado de nuevo. Perdí la cabeza, pero nunca he dejado de amarte. Mi vida sin ti no tiene sentido. Necesito escuchar tus ruidos por la mañana y sonreir con ternura cuando te abrazo por la noche para que dejes de dar vueltas en la cama. Porque te sonrío, idiota. Yo te he perdonado lo que hiciste. ¿Serás capaz tú de perdonarme?

–Dani

–Dime

–Yo te he perdonado desde hace mucho, es a mí a quien no perdono.

–Sé que quieres irte en unos días, no lo hagas por favor.

 

Se pone de pie y yo sé que necesita el abrazo casi tanto como yo. Me mira a los ojos con tanto amor que me tiemblan las piernas y sé que ella ve lo mismo en los míos. Vamos a solucionarlo todo y, entre otras cosas, volveremos a desayunar juntos por las mañanas.

 

–Por cierto, Clara

–¿Qué, Dani?

–Feliz Navidad

 

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