Lo que quieras si lo puedes pagar – @LaBernhardt

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CARA A.

1. Lo que quieras si lo puedes pagar.

No hay nadie peor que un rico haciéndole creer a un pobre que no es tan pobre. Y eso mismo era lo que hacía Jaime, cada tarde, conmigo.
El destino nos hizo amigos: bueno, que mi madre limpiaba en su casa por horas. Cada día, a las 5:30 de la tarde, yo llegaba al número 25 de María Zambrano, un portalón gigante en negro y cobre que se abría cuando la voz de mi madre decía “sube”. No era nuestra casa, que nosotros vivíamos en Sánchez Mazas, 13, en el barrio de San Miguel, y allí cuando alguien quería que le abrieran la puerta gritaba “¡mama —así, sin acento— abre! Y la mama abría. A pelo, sin telefonillo ni pollas.
Yo llegaba del colegio, uno de paga, no te creas, Ginesa, sí, carete, sí pero dando gracias que nos han metido allí porque yo trabajo en la zona, que si no de qué, y tenía que esperar en casa de Jaime a que mi madre terminara su jornada.
Hasta las 8 estaba en su habitación, que era lo más brutal que alguien como yo podría imaginar a los 10 años.
—Jaime, juega con Marco a las maquinitas.
—Vale, mamá.
Y Jaime me ponía delante de su Spectrum y me enseñaba a jugar sin tocar, que me lo puedes romper, Marco y mi tío Paco me mata, ¿eh?
Nos pasábamos las tardes con el Head over Heels; yo de espectador y Jaime de jugón pringado porque era más malo…
—Jaime, ¡dale, dale ahora a Head!
Jopetas, ¿ves? es que así no salta a tiempo… ¿me dejas que te ayude?
—Marco, ¿tú has pagado esto?, ¿a que no?, pues entonces no puedes tocarlo.
—Ya.
—Pero tú no te enfades que tener un ordenador tampoco es superguay porque tienes que cuidarlo como si fuera un hijo —qué sabría Jaime de cómo has de cuidar a un hijo, pienso ahora— y eso asusta mucho y yo lo paso regulinchi si alguien lo toca. Por eso es mejor ser pobre como tú y no tener nada de esto. Además, tú tienes más suerte que nadie porque puedes verme jugar y eso mola un montón, ¿a que sí?
—Sí, bueno…supongo. Pero dale antes a Head para que salte a tiempo, Jaime.
—Vale.
Con el tiempo aprendí algo vital: puedes conseguir cosas mediante la técnica del reventamiento de sesos y sin gastarte un duro, perdón, un euro.
Si nos mandaban al quiosco de la plaza, Jaime se compraba 10 sobres de La Liga Panini y yo: Jaime, deja que yo te los elija, por fi, déjame que te encuentre a Gordillo, venga, va. Jaime, Jaime, Jaime, tío… déjame y te juro que si te lo elijo y sale, el próximo que te encuentro es a Clemente.
Y me dejaba elegir, que era una responsabilidad muy grande porque me jugaba la fama de tener poderes adivinatorios. Y también me jugaba que Jaime se enfadara porque jope, Marco, otra vez Sergio, a ver si eliges mejor que ya lo tengo repe tres veces.
Yo le pedía al del quiosco 10 sobres y Jaime, que era un antisocial de cojones y moría de vergüenza cuando debía hablar con extraños, pagaba. Erámos un buen equipo, como Head y Heels: a donde no llegaba uno, el otro podía y viceversa.
Los veranos eran aburridos porque Jaime se iba a Barbate con su familia el mes de agosto y aunque mi madre tenía que seguir yendo a María Zambrano, 25, ya no era lo mismo sin Jaime porque usar su ordenador y bajar al quiosco sin él no molaba nada.
El verano del 89 sucedió algo increíble: mi madre tuvo que ir a Barbate a limpiar la casa nueva de Jaime y me llevó con ella.
—Deja de mirar así la playa, Marco, que me avergüenzas.
—Pero tío, ¿tú has visto qué grande es?
—Clarísimamente que sí, me la sé de memoria, Marco, pero tú quita esa cara de paleto de secano que mis amigos se van a reír ti.
—Vale pero, ¿y si me ahogo?
—Ni se te ocurra hacerlo, joder, Marco, que si te ahogas me vas a dejar fatal.
Para mí fueron dos días alucinantes por dos razones:

  1. La vida sin playa no tiene sentido y no dejé de pensar en eso el domingo, de vuelta a casa en el bus. Cómo era posible que hubiera vivido 12 años sin oler el mar. Cómo.
  2. Beatriz Alonso llegó para quedarse en nuestras vidas y de qué manera. Tenía un año más que nosotros y era una tiaca. Le habían salido tetas porque ese invierno “le había bajado, tía” y eso lo escuchamos Jaime y yo el sábado por la tarde.

—¿Qué crees que le ha bajado, Marco?
—El Espíritu Santo, no te jode: Jaime, qué mongólico eres: pues el periodo, la regla, la roja, la dolorosa, la prima…¿sigo?
—No, ya me hago una idea.
Volviendo a Beatriz Alonso y a su anatomía: nos dejó K.O porque estaba muy buena y ella lo sabía.
Bea vivía en Véjer pero pasaba agosto en casa de sus abuelos.
El viernes por la noche, en la playa, me dijo: puedes besarme todo lo que quieras si puedes pagarlo.
—Es que solo tengo 25 pesetas para comprarme un Frigo Pie pero mi amigo Jaime tiene 100.
—Vale, pues dile que venga.
Me cago en mi vida de pobre que fue Jaime quien se lió con Beatriz, no te creas, Marco, que tampoco ha sido para tanto: ha sido como besar una sardina, claro que como hemos cenado espetos… No es para tanto, de verdad: tú tienes más suerte que yo, que el Frigo Pie está más bueno.
El sábado por la mañana, Bea ni miró a Jaime y por la noche desapareció 10 minutos con un pelirrojo de Murcia.
—¿En Murcia hay pelirrojos, Marco?
—No sé, Jaime, eso parece.
Aquella noche apenas pude dormir. La pena de volver a Toledo al día siguiente no me dejaba tragar saliva y una sombra mezquina se sentó a los pies de mi cama. No sabía entonces que Beatriz y sus exigencias habrían de acompañarnos a Jaime y a mí durante mucho, mucho tiempo…

 

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