Lo perfecto en el lugar equivocado – @Contradiction_ + @Relojbarro

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Todo era perfecto. Éramos perfectos, el uno para el otro. Habíamos creado la perfección entre los dos. Nuestro mundo, mucho más que nuestro mundo.

Lo perfecto se convirtió en equivocación, el amor se convirtió en el lugar equivocado. Y ahora estamos solos, tú y yo.

No nos quiere. Ni a ti ni a mí.

Lo siento vida mía, no te mereces tanto dolor.

Lo siento, lo siento tanto.

Era perfecto, te lo aseguro. Te hubiera encantado. Sé que hubiéramos sido muy felices.

Esto lo hago por él, es lo que quiere.

Tiene razón, no era el momento ni el lugar.

No merecemos tanto esfuerzo, tanto sacrificio.

No merezco la vida que he quitado.

No aguanto el vacío, el dolor que has dejado.

No puedo vivir así. No quiero vivir así.

Me ahogo.

Te veré pronto, mi amor.

“Dos caminos se bifurcaban en un bosque amarillo,

y apenado por no poder tomar los dos,

siendo un viajero solo, largo tiempo estuve de pie…”

En las manos tenía un sobre cerrado al que le daba vueltas una y otra vez. En cada vuelta veía el nombre de la destinataria, en su horrible letra de hacía ocho años. Leer el nombre le producía un vacío inabarcable, le recordaba el miedo, la cobardía de sus palabras no enviadas. Dejó el sobre a su lado, miró hacia arriba, vio las ramas del árbol bailar al ritmo de la suave brisa, tomó aire, y sacó de su bolsa de viaje la pistola y la bala.

Diez años atrás frecuentaban ese parque, ese árbol, al que iban a tener conversaciones absurdas, donde ella le contaba los problemas con su madre, donde él le contaba los problemas con su madre, donde descubrían los puntos en común de sus respectivos dramas familiares, donde descubrieron que varios puntos en común eran casualidad y donde supieron que lo suyo, no fue casualidad.

Cogió la pistola, irónicamente quizá la única cosa que le regaló su padre en vida, y colocó la bala en el tambor. Giró con energía el tambor con una mano y lo cerró de golpe, tal y como había hecho cuatro veces antes allí mismo, en esa misma fecha.

Nueve años antes, descubrió que no todos los besos saben igual, que no todas las miradas son un espejo, que no todas las caricias estremecen con solo imaginarlas, y que las palabras que mueres por oír, a veces, llegan. Creció pensando que cada conversación, cada anhelo, cada relación, cada acto sexual sería como los de aquella época, incluso mejores, pensaba; nadie le preparó para descubrir que nada es igual que con la persona con la que te descubre tu alma, que te desnuda hasta partes que ni tú conocías o creías poder tener.

Cogió la carta de nuevo, volvió a leer su nombre, y un nudo oprimió su garganta. Fue un cobarde, y la rabia que sentía, el asco que sentía de sí mismo le hizo romper a llorar. Recordó a cámara lenta aquella semana, cómo le contó ella bajo ese árbol lo que había pasado, cómo él le echó la culpa a ella, cómo él se fue de allí asustado, diciéndole que tenía que pensarlo, cómo la esquivó varios días, cómo escribió esa carta que nunca le enseñó y cómo le entregó finalmente otra carta que leyó allí mismo, llorando delante suyo. Recordaba todo esto como cuando se mira un video de un accidente a cámara lenta, cuando sabes que el impacto será demoledor y sangriento, pero no puedes desviar la mirada hasta el final, hasta repugnarte.

En la carta le explicaba los motivos por los cuales ella debía abortar, le explicaba lo jóvenes que eran, la brillante carrera que quería acabar, la vergüenza que pasarían sus padres, el dinero que costaría todo, lo que se reirían sus amigos, las cosas que contarían de ellos o, el broche final, las de personas que aún debían conocer cada uno.

Recordó cuando lo llamó un amigo dos meses después para decirle que la habían encontrado en un lago, ahogada. Cómo se descubrió que había abortado unas semanas antes.

Y recordó el poema de Frost, sobre los caminos que se bifurcan, sobre las elecciones que se toman, sobre las excusas para escoger el camino fácil, sobre inseguridades y miedos, sobre no poder volver a ese bosque y tomar la decisión correcta. Y recordó las palabras que habían escritas dentro de ese sobre cerrado, donde le escribía que nunca encontraría a nadie mejor con quien compartir su vida, donde le decía que podría trabajar por las noches hasta acabar de estudiar, e irse a vivir juntos mientras a un apartamento vacío de un amigo. Le explicaba cuánto la quería, lo feliz que le hacía pese al miedo que sentía. Le contaba que ya había soñado con formar una familia en el futuro con ella, bromeó con varios nombres si era un chico, le decía lo mucho que quería educar un hijo juntos, al que poder dar el cariño que no les habían dado a ellos de pequeños. Y le contaba que esos días sin verla fueron los más tristes que era capaz de recordar, que un mundo sin poder verla no era un mundo al que querría pertenecer, que no tener ese hijo juntos, sería el mayor error de sus vidas.

Cogió el sobre y cerró el puño arrugándolo, se apuntó con la pistola, en su mente vislumbró dos caminos, escogió el más sombrío, y disparó. Una bandada de pájaros voló del árbol tras el estruendo, y allí acabaron todos sus caminos posibles.

“Dos caminos se bifurcaban en un bosque y yo,

yo tomé el menos transitado,

y eso hizo toda la diferencia.”

El camino no escogido, Robert Frost.
Y mientras se hundía en el lago, veía su vida escapar de sus pulmones a través de las burbujas de aire, y su pensamiento gritaba que ambos habían elegido el peor de los caminos, habían convertido lo perfecto, en lo equivocado.

 

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