Lo mismo para variar – @sor_furcia

Sor Furcia @Sor_furcia, krakens y sirenas, Perspectivas

Estar soltera pasada la treintena es un peñazo. Entre el trabajo, la familia y los amigos, mi perro, el gimnasio, leer, viajar… nunca saco tiempo para salir a tomar algo, a conocer a alguien. He intentado una y mil veces darme de alta en alguna aplicación de esas para ligar. Y cuando digo “alguna” me refiero a que las he probado todas. Y en todas encuentro lo mismo, nada, para variar.

El otro día, mientras estaba en el baño haciendo los deberes, me puse a cotillear Facebook y me salió una publicidad de una aplicación nueva. El anuncio era muy visual, de colorines, con su texto divertido y con una foto de una pareja guapísima sonriendo, previsiblemente teniendo una cita, y pasándoselo chachi piruli (todo muy idílico pero poco realista, para qué engañarnos). Total, que como estaba aburrida, me la descargué. Al parecer no es que tropiece dos veces con la misma piedra, es que acabo dándole toques como si fuera un balón de fútbol y me la acabo quedando porque le cojo cariño. Y aquí estoy, otra vez, poniendo mis fotos de rigor que tengo siempre guardadas para la ocasión (en las que salgo favorecida pero no demasiado, para no crear falsas expectativas) y rellenando mis datos (que ya me sé de memoria, chascarrillos incluidos) lo más rápido posible, porque sé que dedicarle más tiempo del necesario será una absoluta pérdida de energía. “Si voy a durar dos días”, me advierto a mí misma. Y una vez creada mi plantilla empiezo a navegar por ese mar de gente ávida de pasar el proceso de selección.

Mi modus operandi es siempre el mismo. Veo las fotos, si no me gustan, ni me leo la biografía; si no me disgustan, me intereso por el texto a ver si suma o resta; y si me gustan, busco en el texto a ver dónde está la tara. Porque, seamos sinceros, en estas aplicaciones todos estamos tarados, es una realidad.

“No, No, Rotúndamente NO, jajajaja por dios qué foto, No, No, No, Mmmmm a ver la bio, uuuufff No, Tampoco, Meh, Bah…”. Ya me estoy aburriendo. Lo que me imaginaba, más de lo mismo. Qué poco originales somos cuando queremos y cómo nos gusta creer que nuestra falta de originalidad nos va a hacer destacar. Qué triste.

Ya me duele el culo de estar sentada en la taza, aunque hace rato que he terminado lo que había venido a hacer, así que decido bloquear el teléfono y comenzar mi día. Entro en la vorágine de rutina en la que estoy encerrada: pasear al perro, coger el coche, ir al trabajo, trabajar, fumarme un piti, trabajar, comer, fumarme otro piti, trabajar, coger el coche, llamar a mi madre, ir al gimnasio, fumarme otro piti, ir a casa, poner una lavadora, pasear al perro, tender la lavadora, preparar la cena… Y, mientras de fondo suenan las noticias y yo degusto mi gazpacho y mi tortilla francesa con brócoli, recuerdo la aplicación y decido volver a entrar para entretenerme.

Continúo con mis Noes, uno detrás del otro, hasta que, de repente, alguien llama mi atención. “Hmmmm, hola guapo”, pienso, y abro su biografía con los dedos cruzados esperando que no sea un forofo del fútbol ultracatólico pepero. ¡Bingo! Le leo y me sigue gustando. Coincidimos en algún grupo musical y en alguna película, tiene un perfil divertido (me he reído en alto, eso es un gran punto a su favor) sin faltas de ortografía, parece un tío sensible, tiene perro también… es diferente, y muy mono. Le miro un rato más mientras doy buena cuenta de mi cena, casi sin saborearla, y finalmente me decido a escribirle:

“Hola, me ha gustado mucho tu perfil, yo también prefiero a los perros antes que a las personas, pero mis conversaciones con ellos acaban siendo un poco monótonas, así que… aquí estoy jajaja ”, y le doy a enviar.

Me repantigo en el sofá, cojo el mando y hago zapping hasta acabar, como casi siempre, dejando vídeos musicales. La tele da asco. Con los canales me pasa como con los perfiles de las aplicaciones de ligar, voy diciendo que no hasta que acabo apagando la tele y preguntándome a mí misma, otra vez, que para qué cojones la habré encendido. Y de repente “Piripipi”, mi móvil suena, y es él. Empezamos a hablar, efectivamente es un tío divertido, no paro de reírme y, cuando miro el reloj, veo que se me ha echado el tiempo encima y que hacía rato ya que debía estar en la cama, que mañana es día de labor… Se lo digo así, tal cual, como si fuera una viejuna, y nos estamos riendo un rato más hasta que finalmente nos despedimos. Me acuesto con esa sonrisa tonta de quien acaba de conocer a alguien interesante y se siente ilusionada. Pienso en hacerme una paja mirando sus fotos e imaginándome como sería follar con él, pero al final me quedo dormida con la mano tanteándome la entrepierna.

Al día siguiente pasamos la mayor parte de la mañana contándonos nuestras vidas y riéndonos de ellas. Acabamos dándonos los teléfonos para hablar más tranquilamente por Whatssap y, nada más agregarle, me manda un audio. Lo abro con miedo “Que no tenga voz de pito, por favor, que no tenga voz de pito”. ¡Y, no! No la tiene, su voz también me gusta. Me armo de valor y le digo que esta noche hacen una cata de cervezas artesanas en un bar de Lavapiés, que si le apetece que vayamos, y él accede sin titubear. Y yo me cago de nervios.

Ahora llega lo que menos me gusta de las citas. A ver qué me pongo… A las primeras citas no me gusta ir muy provocativa, no quiero causar esa primera impresión, pero este chico me gusta y creo que igual sí que quiero provocarle un poco. Además, me pongo a hacer memoria y ni me acuerdo de la última vez que follé, y ya no es que quiera, es que lo necesito… Finalmente me decanto por unos vaqueros negros ajustados y una blusa sin mangas semitransparente con calaveras pequeñitas. La ropa interior, como casi siempre, negra. Termino con unas sandalias con cuña de corcho y con un bolso de rafia. Me recojo el pelo en una coleta despeinada y me emborrono los ojos de negro. Me gusta ir pintada así, como si me acabara de levantar y tuviera una resaca del quince. Para rematar, me pinto los labios de rojo y salgo pitando de casa porque, como viene siendo habitual en mí, ya llego tarde.

Es jueves y la plaza de Lavapiés está hasta arriba de gente. Hemos quedado en la boca de metro, pero cuando llego él todavía no está allí. Le mando un mensaje “No tardes mucho, que en cinco minutos se pasa tu hora y me convierto en calabaza”. Y, en ese momento, siento unos toquecitos en el hombro, me giro y allí está. “¡¡Hola!!” exclamo, y me lanzo a darle dos besos con más vergüenza que otra cosa. En persona es todavía más guapo que en las fotos. Y me encanta su sonrisa. No para de sonreír, eso me gusta. Vamos directos al bar de las cervezas artesanas porque suponemos que estará lleno de gente y, efectivamente, así es. Nos hacemos hueco hasta la barra y pedimos dos IPAs, para empezar, y nada más servírnoslas chocamos nuestros vasos “¡Por un mundo dominado por los perros!” y empezamos a beber entre risas.

Después de tres cervezas comienzo a sentirme un poco borracha y también algo emocionada. Joder, este tío es majísimo, me lo estoy pasando pipa, me estoy riendo como nunca antes me había reído en una primera cita, y tengo unas ganas locas de follármelo… pero no sé cómo insinuárselo para ver si él tiene, por lo menos, la mitad de ganas que yo (ahora mismo, a la cerveza y a mí nos vale con esa proporción). Y, de repente, me dice “Oye, que estaba pensando, que ahora que todo tu pintalabios rojo está en el vaso, creo que ya puedo besarte sin que los dos acabemos pareciendo payasos ¿no?…”. Me echo a reír, le agarro por la nuca y ¡¡¡jodeeeeer!!!! ¡¡¡encima besa bien!!!! Pasamos el siguiente rato morreándonos como si necesitásemos hacerlo para sobrevivir, como si dejar de besarnos fuera dejar de respirar, y, cuando vemos que ya son demasiadas personas las que nos echan miradas de desaprobación en el bar, decidimos marcharnos.

En la calle seguimos otro rato dándole al tema, y metiéndonos un poco mano, y llega un momento que estoy tan cachonda que le digo: “Vivo a diez minutos andando de aquí, y creo que no aguanto más de ese tiempo sin follar contigo, ven”. Y sin rechistar, agarra mi mano y me sigue. Llegamos al portal, abro la puerta, entro, y cuando se cierra, noto como me agarra del bolso, me gira y volvemos a entrar en una espiral de besos tras la cual yo ya estoy sin camisa y él con los pantalones desabrochados. Subimos las escaleras a trompicones, enredados el uno con el otro, y por fin entramos a mi piso. “Siento el desord…”, pero no puedo terminar la frase porque su lengua vuelve a estar jugando con la mía mientras me desviste a toda prisa. Me tumba en la cama bocarriba y yo me abandono a sus manos y a su boca. Este tío sabe lo que hace, se nota. Me acaricia las tetas y me succiona los pezones suavemente tras lo que los mordisquea, un poco flojo, un poco fuerte, y los vuelve a lamer; más abajo, su mano juguetea con mi clítoris e introduce un par de dedos en mi vagina para pasar luego a restregar toda mi humedad entre mis labios. Continúa dándome pequeños besos y lametones, recorriendo mi abdomen, hasta llegar a mi pubis y ¡joder! Nunca me habían comido el coño así ¡qué maravilla! Me corro a los diez minutos, en su boca, mientras él responde a mis gemidos y a mis espasmos sin parar de lamerme. Cuando por fin me relajo un poco, noto que él ha ido bajando el ritmo, así que me incorporo, jadeando, sudorosa, y le beso mientras noto que su boca sabe a los dos. Me voy poniendo encima suyo y ahora soy yo la que toma las riendas. Le empujo levemente para que se tumbe y le quito toda la ropa, la poca que le queda puesta. Al bajar la ropa interior veo que tiene un coño precioso, como si se hubiera pintado los labios con carmín rosa, y un clítoris imponente que me pide a gritos que me lo introduzca en la boca, y así lo hago. Pasamos horas follando, restregándonos, corriéndonos, besándonos… hasta que el agotamiento puede con nosotros y caemos rendidos.

A la mañana siguiente me despierto con la claridad que entra por la ventana, me giro y allí está él, desnudo, con cara de dormido, mirándome y sonriendo. “Creo que me he roto el frenillo”, me dice mientras abre la boca y me enseña la lengua; me río, le beso, y pienso que a veces, si no quieres encontrar más de lo mismo, eres tú la que tienes que variar.

 

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