Lo ancho para ti – @LaBernhardt

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La chica flaca que está en la entrada del restaurante es valiente. Lo sé porque los cobardes acaban gordos, siempre: el lado bueno de la vida, los besos, los abrazos y que todo les salga redondo sin saber -no saben o no querrán saberlo- cómo, los engorda.
Pero ella no es cobarde, no. Lleva perdiendo las ilusiones en alguien que no deja de engordar, y eso la deja flaca.
Esta noche, en la puerta del restaurante, mira la pantalla del móvil con pena. Otra hostia en palabras, otra desilusión y su «no pasa nada, cena con tus amigos, ya te veré cuando tengas un rato para mí». Lo estrecho para ella, que seguirá sin ponerse en su sitio, porque a ese cinturón de tristezas ya no le quedan agujeros que apretar.
Si fumara, podría pedirle un cigarro al hombre que tiene al lado.
Podría mirarlo y sonreír, acabar tomándose una cerveza con él. Podría darse cuenta de que lo encuentra atractivo y sin darse cuenta, empezar a ser feliz al lado de alguien que no tiene miedo a querer.
El hombre que fuma no la mira porque está muy lejos de aquí. Acaba de pedir un micro crédito on line. Su chica quiere ir a París en el puente y él la va a llevar. No tiene dinero pero lo consigue a cualquier precio porque sabe que ella no lo quiere, ni lo querrá, porque intenta llegar a esa chica inalcanzable, que sospecha que es mal momento para pedir ese viaje, pero que lo pide.
«No tienes que preocuparte por nada, yo me encargo de todo. Tú sólo ven», y suena seguro. Luego,cuando cuelga, pide el préstamo y suspira. No sabe cómo coño lo pagará el mes que viene. Sabe que lo ancho para ella, y lo estrecho, para sus 30 días, sin un euro.
La chica flaca se aparta de la entrada, entra en el restaurante una pareja. Hace tanto que no van de cena que se sienten inseguros cuando los saluda el camarero y les indica su mesa. Si el jefe de sala se fija en los zapatos de la mujer, descubrirá que están reparados, muy reparados, varias veces. Pero sólo se fija en la cara de mala leche del hombre.
Llegan a su mesa, otra pareja los saluda, se abrazan y se adulan…en breve serán consuegros y no se llevarán demasiado bien.
-«Juan, qué callado estás, hijo, y vaya cara llevas»- le dirá la futura consuegra. Él sonreirá y quitará hierro; la semana ha sido dura, el cansancio de los viernes…No dirá que tiene una muela que lo está matando de dolor. No dirá que dinero que recoge, dinero que guarda porque su hija, el día 3, se casará por todo lo alto con un chico que no la hará feliz. Lo estrecho, se queda en casa y esa muela tendrá que esperar hasta que se aflojen este cinturón.
En las cocinas, una pinche corta aguacates y alguien le mete prisas, «venga, que hoy igual salimos antes, que ya lo tenemos todo organizado», le dicen. Si sus compañeros se fijaran, se darían cuenta que ella no tiene prisa por llegar a su casa. Allí ya no están sus hijos porque ella le ha pedido a su ex que los tenga; ha renunciado a su custodia porque lleva años peleando con una depresión que la consume. A los niños les ha dicho que están mejor con su padre porque ella trabaja mil horas, que los verá todos los miércoles, que en vacaciones irán a Port Aventura…Que todo lo ancho será para ellos. Lo estrecho, en silencio, siempre para ella, y no puede pensar, ni ahora ni luego. No hay espacio para ideas. Rápido, hay que sacar el plato. Hace una trampa, qué bueno está el aguacate.
La chica flaca de la entrada apaga el móvil, que ya está bien de aguantar gilipolleces.
Y yo, que estoy harto de ver tantas estrecheces, a veces hago algo más que mover las hojas de los árboles. Entonces, soplo suave, le desordeno el pelo y le susurro: «Despierta, preciosa».
Sonríe y se arregla el pelo.
Puede que cambie.
Puede que esta noche sueñe que el viento le dio un consejo.

 

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