Límite de velocidad – @Mous_Tache

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Éramos jóvenes, y escuchábamos, aún con la adrenalina de lo acaecido hacía unos momentos, las extrañas teorías de Ángel sobre la velocidad máxima a la que podía trazarse una curva.

– Si pone 30, se puede entrar a 60, si pone 60, a 120, y así, siempre es el doble.

Lo decía con una seguridad pasmosa. Tendría unos cuarenta años y nosotros veinte y le rodeaba un halo de divinidad. Había sido de todo y sabía de todo. Había saltado mil cien veces en paracaídas – así lo atestiguaba el parche que lucía en el hombro derecho de la chaqueta y que podía comprarse en cualquier tienducha especializada de Madrid – y no podía discutírsele sobre fusión nuclear. Era el perfecto ejemplo del ten amigos hasta en el infierno, o primos, que siempre terminaban contándole estas cosas y él sabía muy bien de lo que hablaba.

Momentos antes, unos chavales adictos al riesgo y con menos luces que un galeón pirata, expresión que viene a definir perfectamente nuestra escasa falta de juicio en aquella época, habíamos estado intentando poner en práctica la ley de Ángel encima de nuestras motos. Pasadas por dentro, derrapes, meternos rueda… Ninguno se había ido al suelo, un buen día por lo tanto, cuestión que no siempre solía ser lo habitual.

Ángel era un diablo encima de su máquina, imposible de seguir. Todo parecía encajar en su teoría. Todo, excepto las múltiples operaciones que había sufrido y que su cuerpo no se sostendría sin el armazón de chapas y tornillos metálicos que concienzudos cirujanos le habían ido añadiendo a su anatomía a lo largo de los años.

Ángel terminó reuniéndose con sus primos en el averno, para adquirir nueva sabiduría de primera mano y luego convencer al mismísimo Belcebú de cómo se tenían que hacer las cosas, no tengo la menor duda.

Se dejó la vida en una curva. Esa la debieron señalizar bien, quizá por error, pero donde ponía 90 esta vez no se pudo trazar doblando la velocidad.

A día de hoy me tomo la vida y las curvas con más calma. Disfruto del viaje, entro despacio en ellas – quién me ha visto y quién me ve -, espero vivir otro día, no vaya a ser que por un casual a algún funcionario del Ministerio de Obras Públicas le haya dado por volver a hacer bien su trabajo.

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