Libertad de expresión – @chuzodepunta

David Araujo @chuzodepunta, krakens y sirenas, Perspectivas

Estimado Señor González:

Permítame robarle unos minutos de su valioso tiempo. En primer lugar, me gustaría expresarle mi agradecimiento por invitarme a dirigirme a usted por escrito.  Soy consciente de que mis continuas ausencias de mi puesto de trabajo acarrean un importante perjuicio a la empresa. Acepte, por favor, mis más sinceras disculpas. Entiendo, como no podía ser de otra manera, que haya empezado a buscarme un sustituto, pero quisiera apelar a su bonhomía, tan demostrada en no pocas ocasiones, para que tenga un poco de paciencia conmigo. Si el nuevo tratamiento funciona, en menos de dos meses recibiré el alta. Es más, si a usted le pareciera bien, podría incorporarme antes, aun sin tener el permiso del médico para trabajar. Está mal que yo lo diga pero, en mi humilde opinión, creo que he sido un activo importante para la compañía. Hasta que se me diagnosticó la enfermedad no falté un solo día en 20 años.

Retomo la redacción de esta carta una hora después de haber recibido la llamada del hospital que provocó su interrupción. Me han comunicado el resultado de mis últimos análisis. Le ahorraré los detalles: me quedan apenas unas semanas de vida. La buena noticia para mí es que ya no tengo que prolongar esta pantomima y puedo, por fin, dejar de lamerle el culo, y prescindir de un respeto y una veneración fingidos de los que usted, equivocadamente, se siente acreedor. Es más, a partir de aquí, sinvergüenza desalmado, te voy a tutear. Voy a ejercer contigo el derecho a la libertad de expresión que la vida nos niega y para el que la cercanía de la muerte nos habilita. No, no pienses que se trata de despecho, desahogo o venganza. Es una cuestión de justicia. Siempre me ha tocado los cojones tener que ir por este mundo mordiéndome la lengua cuando lo que tendría que morder es el cuello de trafalmejas desgraciados como tú. Me he podrido por dentro por tener que apocoparme ante ti, por decirte cosas como “mi agradecimiento por su invitación a que me dirija a usted por escrito” cuando en realidad deberías estar leyendo “cómo puedes tener los huevacos de negarle el cara a cara a una persona en mi estado y pedirle que te escriba un correo”, o por haberme visto impelido a dedicarte términos como “bonhomía” que, tragavirotes cuellierguido, si supieras su significado, te provocarían una erección. Bonhomía en ti, que lo más considerado que hiciste fue regalarnos (“repártalos entre el personal”) unos bombones de Suiza, para restregar a TU personal aquel viaje al Spa de lujo en los Alpes que TU personal financió con horas extras por las que TU personal nunca obtuvo ni una mirada de agradecimiento o, al menos, de conmiseración.

Tiene delito que yo, con la salud y mi existencia pendientes de un hilo, me vea abocado a pedirte paciencia a ti, propietario de una compañía que cada año triplica sus beneficios, una parte de los cuales dedicas a organizar orgías en tu chalet de la playa, orgías en las que, con lo considerados que son los hados contigo, no cogerás la puta  enfermedad venérea que te mereces, garañón priápico, mientras yo me muero y padezco sin apenas haber podido pensar  en unas tetas decentes, bien trabajadas en la imaginación, cuando me masturbo. Porque en esa empresa se quedaron todas las ganas y mi tiempo, y hasta las ganas de tener tiempo y ganas, y ahora empiezo una carta poco menos que flagelándome por robarte unos minutos de tu “valioso tiempo”.

Yo estuve en esas oficinas desde que eran poco más que un proyecto de un niño rico, y fui uno de los que con su esfuerzo hicieron que “esto arrancara” (y no, no está mal que yo lo diga; lo que está mal es que tú en todo este tiempo no lo hayas dicho, cascaciruelas desagradecido). Yo no entraba y salía, yo no venía un día y me ausentaba dos, como tú hacías: yo me tiraba 14 horas diarias, fines de semana incluidos, haciendo llamadas, rellenando informes, ordenando papeles y desordenándome el organismo y el alma. “Ya sabe, Francisco, los principios son jodidos: si queremos que esto vaya para arriba, ahora es cuando hay que darlo todo”. Francisco, me llamabas, subnormal. Ni Iriarte, que el apellido igual te parecía dignificarme demasiado, ni Paco, que es como todo el mundo me conoce, no fueras a excederte en campechanía.

¿Cómo has conseguido, belitre ojizaino, que me pregunte si es apropiado que te recuerde que no he faltado un solo día en 20 años, que me plantee si te puede parecer una impertinencia, una indiscreción, ponerte alguno de mis méritos delante de esas narices, bigardo disoluto, por las que tanta farlopa te has metido? “Iriarte no ha faltado un solo día en 20 años” es el mensaje que tendría que aparecer en los diplomas que muestras en tu despacho, en el lugar de esas mierdas de los másteres de no sé qué universidades de no sé qué reyes que nunca pisaste. Títulos que has pagado, sin sonrojarte, con dinero de la empresa, porque para eso sí que está boyante la empresa, pero sin embargo uno de tus empleados tiene que ausentarse por una enfermedad y se te descuadran todas las cuentas, se pone en riesgo la inversión y con los tiempos que corren, “entiéndame”, te ves obligado a buscar soluciones.

Siempre sostuve que es preferible, por muy gran impacto que pueda causar a los que te rodean, morirse de repente que irse de este mundo poco a poco. El inconveniente de un fallecimiento inesperado es la cantidad de cosas que se te puedan quedar sin comunicar a tus allegados, dicen. Yo aduzco que el discurso a nuestras personas queridas permanece en una sintonía y equilibrio fluidos y naturales;  que lo que les hayas callado, o incluso mentido, no perdonado, o echado en cara, es también parte de un mensaje, un mensaje mucho más honesto que el que puedas enviarles en una etapa tan trascendental como la de la fase terminal de una enfermedad, cuando la urgencia, la vanidad, un exceso de ternura o de consideración o el apasionamiento pueden distorsionar todo lo que hayas transmitido hasta entonces. Ahora, sin embargo, chulángano ruin, me siento afortunado de no haberla palmado súbitamente; me congratulo por poder despedirme de ti, diciéndote por una vez lo que te quiero decir, sin miedo a represalias. Reza, cabrón enalmagrado, para que el cáncer se me lleve pronto,  porque durante los días que me quedan utilizaré la libertad de expresión, y de acción, que me da la muerte para joderte la vida.

Atentamente,

Paco Iriarte.

 

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