Levando anclas – @LaBernhardt

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Levando anclas.

No soy un cabrón, no lo soy. O sí. Soy un Ulises, un Ulises soñador y enamorado de La mar. Mi tío Horacio siempre ha dicho que soy marinero, de tierra adentro, pero marinero, como él. Desde que recuerdo, ha defendido la suerte de su nombre, «Fíjate, hijo, qué maravilla de nombre el mío, como el almirante Horatio Nelson», y eso lo hace sentirse más unido al mar. También lleva la vida explicándome que el tema de levar anchas es vital para los de nuestro gremio. Reíos, si queréis, pero mi tío es un entendido en barcos, sin haber tenido uno jamás y con el mar a 160 kms de su vida. Yo, que desde siempre le he hecho caso, sin cuestionar sus teorías, últimamente, ando repasando las habitaciones en las que he fondeado, la de veces que he pertrechado mi barco, cuántos tenederos he creído eran el lugar perfecto.

He perdido la cuenta de las noches que he mirado al techo sin estrellas de esas habitaciones desconocidas, pensando: «ojalá una mano que baje del techo, que me saque de esta cama». O peor: «ojalá una mano que salga del colchón y lo deje todo perdido de sangre y a mí, por gusano, reventado contra la pared «, así,  rollo Freddy Krueger, pero no, nunca ha pasado nada. Son esos detalles los que han conseguido que no me trague las pelis de Hollywood. Bueno, a lo que iba: he visto de todo, en estos años, y aunque os suene a cuento, me acuerdo de todas las chicas de las que he huido. Bueno, vale, de todas, no; de muchas. Venga, va, tampoco: me acuerdo de algunas chicas que me hicieron aprender a huir rápido. A levar anclas en lo que tardan en volver del baño. Me acuerdo de esos puertos fugaces, de los lugares donde fondeé un rato. Pero de quien más, de una chica con nombre de canción. Me acuerdo de ella, mi puerto, del que, todavía hoy, huyo lento.

La primera vez que me lié con una diosa del mar, en plan machote, con caja de 12 condones Durex, ahí, a lo loco, tenía claro que no podía quedarme a pasar la noche con ella, «Hijo, ni se te ocurra quedarte a dormir, que por la mañana es más complicado salir de allí. Y otra cosa: no te líes a mentiras, ni a palabras cariñosas, que en nada la mar se pica y a ver cómo se capea el temporal», me decía mi tío.

Se llamaba Ana y tenía un Piolín gigante en la cama, «Me lo ganó mi ex novio en la tómbola de la feria de mi pueblo», me dijo, y esa información innecesaria y tremenda me hizo pensar en saltar del barco. No lo hice porque Ana estaba muy buena y porque castigué a Piolín, contra la pared. Después, mientras intentaba recordar en qué lado de la cama habrían caído mis calzoncillos, ella me abrazó muy fuerte y me dijo: «¿te veo mañana, después de la biblioteca?» y yo, «Claro, cielo y ahora, a dormir» y en 30 segundos, me cargué 23 años de preparación exhaustiva con mi tío Horacio: la llamé cielo, con ese tono pastoso de la mentira, quedé con ella en vernos al día siguiente y dormí en su cama. Salir de allí, como predijo Horacio, fue complicado, sí. Hay que ver lo fácil que es mentir en tierra firme y lo difícil que es hacerlo en el mar de una cama. No aparecí por la biblioteca de Derecho, como podréis imaginar. Y, ventajas de ser un viejuno, vivir aquello bastantes años antes de la Era WhatsApp me facilitó mucho las demás travesías. Después de Ana, vinieron otras. Todas diosas, todos puertos efímeros. «Son increíbles, hijo, muchas de ellas te miran fijamente y se quieren creer lo que dices. Aprende de ellas; de sus cambios, de sus vientos, de sus mareas. Aprende porque son diosas, lugares maravillosos en donde fondear. De los que levar anchas con las primeras luces. Refugio donde esperar que amaine la tormenta…Cuando notes que te falta el aire, zarpa. Sigue tu travesía y sé consciente de que cuando el ancla quede libre, sentirás una gran inseguridad, tu barco se moverá con movimientos bruscos.  Tranquilo, durará poco porque, en nada, te estabilizas y la sensación de libertad que llega poco después, la ilusión renovada al poner el barco en rumbo…esa sensación hace que olvides el resto. Y eso, hijo, es amor a La mar. Y nunca olvides que lo difícil de navegar no es saber dónde fondear, sino tener claro cuándo levar anclas. En algún momento, encontrarás a tu diosa, llegarás a tu puerto. Ojalá te llegue el día en el que ya no quieras levar el ancla». Todo eso me decía Horacio, y yo no entendía porqué se empeñaba el mar en esconderme a mi diosa. Aunque, sinceramente, me encantaba eso de no encontrarla porque me fascinaba la idea de fondear, levar anclas y navegar. Incluso en tierra firme.

Comencé a frecuentar la biblioteca de Filosofía y Letras y de las diosas que vivían en esas aguas aprendí que navegaban de maravilla y que, en muchos casos, eran ellas las que levaban anchas antes de que yo me hubiera subido los calzoncillos.

Un día, fondeé en Jimena, diosa de las lanchas motoras; rápida y lista como nadie. Siempre he pensado que el maestro Sabina la inmortalizó en su Rosa de Lima. Tenía un corazón precioso y un día se lo destrocé sin pensármelo dos veces,  aunque no pareció importarle mucho. Como la Penélope más bonita que Homero hubiera imaginado, me esperó mucho tiempo, pero liándose con otros, por supuesto. No tejía. No sabía cocinar un mísero huevo frito. Malvivía como actriz y estudiaba filología inglesa, a ratos y en camerinos oscuros, «viviré del teatro hasta que pueda vivir del estado», me contaba al oído, «claro que sí, vida,  y yo me enamoraré de ti y compraremos un barco y nos iremos a Formentera a morir de amor», le decía yo. Y nos reíamos de verdad de cada mentira que pronuncíabamos porque ella no podía acabar siendo una funcionaria ni yo, un enamorado.

Y vaya desastre porque todo salió al derecho y se cumplieron las mentiras; las suyas y las mías. Pero como decía Horacio, una de las magias de La mar es que por muy grande que sea la mentira que dejas en tierra, el viento y sus olas la pueden engullir hasta hacerla desaparecer. Aunque al tiempo la vomiten. La magia de La mar y sus sirenas, ay. Y yo, como buen marinero mentiroso, me cansé de tener el barco en su puerto, de contar verdades y solté amarras. Y es que son tan guapas las diosas del mar, amigos, tan guapas y…tan aburridas.  Cada poco, cuando me cansaba de navegar y de mentir, volvía a mi puerto, a mi Jimena, porque, os juro, la veía sonreír y me corría. «Siempre que me pierdo, te encuentro en la canción de Sabina, ¿qué te parece si vivimos en ella?», le decía yo.

Ay, mi Jimena, que sonreía y miraba al techo, que me susurraba: «que vivamos en una canción, dices… Mira, amor, yo hace mucho que vivo en el mundo de los alquileres y las mudanzas. Hace tiempo que no quiero escuchar tus cuentos. Deja de ser tan tonto, mi Ulises, o se te acabará el mar un día de estos».

«Que no, que no se me va a acabar el mar nunca, actriz loca», y la besaba y qué buena estaba. Y me quería. Y yo a ella, no. O sí. No sé. Yo, iba y volvía a Jimena; a mi canción, a mi Penélope. Ella siempre me dejaba una luz encendida, como un faro en plena calle Cava Baja. Un día, después de estar navegando por Salamanca, la encontré distinta, sin corazón ni ganas de tenerlo. Entonces, creí enamorarme de ella. Perdí las fuerzas para levar el ancla. Fue una Locura transitoria, Robe Iniesta, aquello sí que lo fue, porque me duró apenas unas horas y empecé a ahogarme sin agua para respirar. Por la noche, le dije: «Me voy, mi Penélope», pero no me moví de la cama. Ella siguió leyendo a Flann O’Brien, luego, cerró despacio el libro, me miró con los ojos más grandes que he visto nunca y contestó: «yo quiero ser tu novia para siempre y tú no sirves para eso, así que vale: vete, si quieres». Se levantó de la cama, fingió un café. Sonreía y fue tan mala actriz que acabó llorando pero no me dejó quedarme ni en la cocina ni en sus lágrimas. Y yo me cagué: ojalá mi tio aquí, en nuestra cama y tumbado entre los dos, en plan La Santísima Trinidad, para aconsejarme. ¿En serio era tan fácil salir de allí? No, en serio: ¿dónde estaba el truco? ¿Dónde las lágrimas? ¿Dónde los mocos y las súplicas? ¿Cuándo entonaría mi famoso: » No te lo vas a creer pero ahora mismo no estoy preparado para…»? Me quedé en silencio y a oscuras porque ella apagó mi luz. La habitación se movía y yo, perdía el equilibrio en mi barco… Esa noche no supe si quería desaparecer porque me di cuenta de algo: el techo de Jimena tenía estrellas. Os lo juro, las tenía. Sin embargo, la voz del marinero que soy me decía: «Leva anclas, que en nada te descuidas y te ha salido una Termomix en la cocina y en menos, te pide hijos y adiós mar y anclas y fondeos y puertos y diosas y sirenas y morir y vivir». Me pilló el martes llorando sin lágrimas,  «¿Por qué lloras, niño?», me preguntó Jimena, sonriendo, y a mí me sonó a Wendy, de Peter Pan y quise gritarle: «No, tú, no. Tú no eres de novios. No puedes ser de niños. Ni de Peter Pan ni de cuentos. Tú vives en una canción de Sabina. Tú eres mi Penélope. Mi diosa. Mi puerto. No me pidas ser tu novio, que soy un Ulises, un marinero». Ya lo imagináis: no le dije nada, claro. Me fui en silencio. Levé el ancla, zarpé sin rumbo. Como los piratas. Como los pringados. Capeé una tormenta tremenda, en alta mar. Solo. Y un día, volvió la calma frenética de los besos y las risas. Y fui feliz. Volví a los techos anónimos y sin estrellas. A las risas aburridas. A los «Cielo, mañana te llamo». A las mentiras. A las huidas. Y así, sin más,  me cansé de navegar. Vendí el barco que nunca tuve. Me instalé en un pueblo con mar, como el de la canción de Los Secretos y encontré el equilibrio en tierra firme. Sí, también así fui feliz. Soy feliz. No la recuerdo y a veces, la recuerdo. Sobre todo, cuando algún amigo me invita a navegar de verdad, a la mar de los marineros de verdad. Sólo entonces, la sigo viendo en cada ola. Es feliz sin mí, lo sé. Y yo soy feliz porque nunca me creyó y porque siempre creyó en mí. Porque nunca le mentí y porque en su «vete, si quieres» me mintió. Sí, soy un cabrón. O no. Soy su Ulises, el marinero idiota que la sigue acariciando en Rosa de Lima. Siempre dispuesto a levar anclas, siempre muriendo por quedarme a su lado; mi puerto, mi diosa, mi niña Penélope.

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