Las promesas de quien poco puede cumplir – @IAlterego84

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Aquí es donde el hombre valiente se quedó sin voz

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La puerta de la habitación se abre y entra un tipo con el gesto serio. Camina despacio. La mano en el bolsillo de la chaqueta y las mandíbulas apretadas. Uno de los fluorescentes del techo parpadea, arrancando sombras siniestras a sus pómulos. Da un paso, después otro. Planta primero el talón en el suelo, evitando hacer ruido. Al llegar a la altura de la cama, mira al hombre que duerme. Su respiración es pausada y monótona. Fuera, llueve y el agua golpea los cristales de la ventana con fuerza. Alza la vista y ve su propio reflejo. Cierra los ojos unos segundos. Necesita concentrarse. Ha ido allí a lo que ha ido. Es su deber. Traga saliva y vuelve a fijarse en la cama. Murmura algo que no deja de ser más que un leve temblor en los labios mientras saca la mano del bolsillo. Algo metálico relampaguea unos segundos antes de continuar su recorrido hacia la cabeza del hombre que duerme. El pulso no le tiembla. Ha logrado dominar este tipo de emociones después de demasiadas horas mentalizándose. Pero claro, una cosa es ensayarlo delante del espejo y otra verse allí. En soledad, sintiendo un frío que le cala hasta los huesos y la boca seca ante lo que está por pasar.

El hombre de la cama habla en sueños. Le escucha sin poder contener las lágrimas. Los ojos le escuecen cuando oye su nombre. Suspira y mira la hora. Quedan cinco minutos escasos para hacer lo que ha ido a hacer allí. Aprieta los dientes y mira a su alrededor. Paredes pintadas en un blanco deslucido. Mobiliario escaso que se reduce a una cama, un armario metálico y una mesilla. Donde debería haber un cabecero, hay una hoja de registro y una pegatina avisando de las alergias del paciente. Un poco a la derecha, un tubo azul cruza la pared como un navajazo en la cara. Sin ser consciente de ello, lo sigue con la mirada hasta verlo desembocar en una mascarilla de oxígeno. La misma que mantiene los pulmones de su abuelo en funcionamiento.

‒ Abuelo, despierta. Hoy hay partido‒ susurra, dejando el viejo transistor de radio junto a la almohada.

No hay respuesta. El anciano sigue durmiendo. Vuelve a repetir lo que acaba de decir, empujándole levemente del hombro. Ahora sí hay suerte. Su acompañante abre unos ojos sin brillo y las pupilas dilatadas que le miran sin reconocerle. El nudo que siente en la garganta se aprieta dos vueltas más. Por momentos siente que todo a su alrededor gira y le falta el aire.

‒ Abuelo, que hay partido. Hoy hay clásico. Mi Barça y tu Madrid, ¿te creías que te ibas a librar de oírlo?‒ su voz suena alegre, aunque lo que pasa por su cabeza es otra cosa: sonreírte aunque por dentro querría cortarme las venas.

Poco a poco, el anciano parece volver al mundo real. Una mueca de dolor crispa su cara apergaminada y sin afeitar. Trata de sobreponerse llevándose una mano al pecho mientras suelta el aire despacio.

‒ ¿Quieres que llame a alguna enfermera?‒ pregunta, asustado.

Un movimiento de cabeza le dice que no y una mano temblorosa, levantada pocos centímetros de las sábanas, parece dar fuerza a la negativa. Sin ser consciente de ello, no puede evitar mirar esas manos que años atrás eran ásperas y estaban curtidas por la intemperie y el trabajo. Los callos que se hacen en la obra ya no están. Se han diluido con el paso del tiempo, a la vez que los años fueron borrando del hombre que tiene delante los mañanas que cada noche se convertían en los ayeres de una vida que había vivido demasiadas cosas.

‒ Venga, pon la radio. Hoy os vamos a dar un repaso en condiciones‒ dice, apretando los dientes como si le doliera cada palabra.

El viejo transistor escupe la voz de los locutores con ecos metálicos y distorsionados. Pero los dos hombres que comparten silencio en la habitación de cuidados paliativos no le prestan atención. Cada uno está sumido en sus propios pensamientos. El anciano, afrontando con entereza lo que sabe que está por venir. El joven, en cambio, siente que la misma mano que tiene agarrada sobre la barra de seguridad de la cama, vuelve a ser la que fue. Esa mano protectora a la hora de cruzar un paso de cebra o la misma que le acariciaba la cabeza cuando se hacía el dormido, antes de que su abuelo cerrara la puerta y poder volver a leer con la cabeza tapada por las mantas y una linterna para darse luz.

Al parecer, en el terreno de juego hay tangana. El que habla lo describe como una entrada demasiado dura y a destiempo que ha encendido los ánimos de los jugadores. El abuelo empieza a hablar. Su voz suena cálida y llena de vida por momentos. Más aún cuando mira a su nieto con un gesto de esperanza y le promete que cuando salga de allí, juntos van a ir al campo al año que viene. Que ya han sido demasiados partidos viéndolos por televisión o escuchándolos por la radio y la cosa va a cambiar. Eso, y tantas cosas que el paso del tiempo ha ido dejando en la cuneta del calendario. Un viaje a la playa en verano… Ese abrazo que no se dio en su momento por culpa de un enfado absurdo… Ese chato de vino que nunca se tomaron por culpa del qué dirán mis amigos si me ven en un bar de viejos de la adolescencia y que ahora se echa en falta para quitar el mal sabor de boca…

El ruido de pasos en el pasillo les hace ver que la reunión está llegando a su fin. La puerta se abre y entra una enfermera. Los dos la miran, centrándose en su calzado. Lleva unos zuecos de goma rojos y en las mangas del uniforme se intuye el arranque de un tatuaje. Ella les sonríe y, pidiendo disculpas al más joven, le dice que tiene que salir de la habitación un momento. Los dos hombres se miran antes de despedirse en silencio. Sólo el deslizamiento de una mano sobre la otra se encarga de darle forma al adiós que no se dicen.

Camina hacia la salida cabizbajo, abatido. Al llegar a la altura de la puerta, la voz de su abuelo le dice que no haga muchos planes, que cuando salga de ahí no va a tener tiempo con todo lo que tienen pendiente. Gira la cabeza hacia la cama, esforzándose por sonreír, antes de salir de la habitación y encontrarse en un pasillo oscuro con olor a desinfectante, los ojos llorosos y las promesas de quien poco puede cumplir ya, su abuelo, golpeándole en las sienes mientras camina sin rumbo fijo, preguntándose demasiadas cosas que le conducen a la misma respuesta: el tiempo no espera a nadie y tú malgastaste mucho del que tenías para haber estado con él en demasiadas gilipolleces.

 

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