Las penas con pan son menos – @DonCorleoneLaws

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Si contra un acusado, tal y como narran los Evangelios, tuviera que tirar la primera piedra sólo quien esté libre de pecado, me temo que no veríamos volar ninguna. Y lo mismo sucedería si tuvieran que tomar la iniciativa quienes estén exentos de sufrir alguna pena. En mayor o menor medida, penas tenemos todos.

La pena es intrínseca a la condición humana e incluso animal, y está íntimamente relacionada con su antagónica archienemiga la alegría, que es la que nos produce  bienestar hacia todo lo cotidiano. Me atrevería a decir que es –precisamente- la existencia de la alegría lo que hace que perviva la pena, pues sin haber probado las mieles de la felicidad quizás no añoraríamos tanto su ausencia.

Es por ello que, cada día cuando amanecemos, insistimos en nuestro empeño de buscar y mantener la alegría de forma perdurable, y para ello, intentamos esquivar penas propias y ajenas en la medida de nuestras posibilidades. Cada vez hay menos gente dispuesta a aguantar penas de otros argumentando que “bastante tiene uno ya con las suyas”, y hacemos lo que está en nuestra mano por alejar de nosotros todo aquello que pueda abstraernos del deseable estado anímico al que aspiramos. Tema distinto es que realmente lo consigamos.

Tanto es así que damos la espalda a todas a aquellas realidades que puedan hacernos padecer, y preferimos cerrar los ojos o mirar hacia otro lado cuando se producen injusticias a nuestro alrededor que puedan complicarnos la existencia, o decidimos desviar nuestro camino hacia lo menos conflictivo -aunque no sea lo mejor- con tal de sufrir lo menos posible.

Nos pasa en casi todas las facetas de la vida: incluso en el amor. Cuántas veces anteponemos la propia comodidad con alguien equivocado a la posibilidad de vivir una verdadera felicidad con una persona más adecuada procurando esquivar la pena o el sufrimiento. Cuántas veces mantenemos lo “malo conocido” renunciando a lo “bueno por conocer” por el miedo a perder lo que ya tenemos.

El miedo es un sentimiento tan humano como el de la propiedad o el de la aversión a la pérdida, y en ocasiones, ponderando opciones para nuestra vida, preferimos soportar a descubrir, porque hemos bajado tanto el listón en la búsqueda de nuestra alegría que casi la confundimos con la ausencia de grandes penas, cuando en realidad no tienen nada que ver una cosa y la otra.

Así se soporta a parejas con las que quizás no se estaría si no aportaran la ansiada estabilidad económica que se necesita, pero eso no es alegría. Así se trabaja en actividades en las que no se realiza ni crece la persona, pero eso no es alegría. Así se tolera a insoportables familiares que nadie querría tener cerca, pero eso no es alegría. Así se desarrolla el hipócrita pasotismo sobre conocidos cuyas actitudes nos repelen, pero eso no es alegría. Todo eso es costumbre, pero no es alegría: es un intento de supervivencia intentando evitar males mayores que nos produzcan penas superiores a las del propio conformismo.

Y todo eso, individual y colectivamente, sí que es una pena. Es una pena porque nos aleja de lo que querríamos ser, vivir o sentir. Es una pena porque nos impide desarrollarnos como seres libres, independientes o autosuficientes. Es una pena porque nos aborrega para que aceptemos una realidad de la que parece no haber salida, cuando la realidad es otra: es la que nosotros podemos construir. Y no es que yo quiera vender humo diciendo que todo es posible si se intenta, porque ni lo creo ni es así, pero tampoco renuncio a pensar que cada uno tenemos en nuestra mano la posibilidad de revertir situaciones poco a poco, de ir sumando granos de arena a una duna desde la que podamos otear el horizonte para ver que hay vida mucho más allá del nivel donde nos solemos encontrar.

Todos los grandes cambios han de venir precedidos de otros más pequeños y de un sinfín de decisiones que nadie podrá -ni deberá- tomar por nosotros, pero si deseamos realmente buscar la felicidad a través de la alegría diaria lo que no podemos hacer es conformarnos aceptando lo que hay: especialmente si lo que hay no es bueno.

A mí también me costó abrir los ojos con respecto a muchas cosas pero con el tiempo y la madurez los acabé abriendo, por eso no me trago el cuento de que “las penas con pan son menos”. No, queridos: las penas con pan siguen siendo penas… y yo no las quiero ya a mi lado.

 

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