Las malas van a todas partes – @Moab__

Moab @Moab__, krakens y sirenas, Perspectivas

Samara se arregla delante del espejo. Labios frambuesa madura a punto de ser mordida, ojos color mar sombreados de tormenta, piel de porcelana con mejillas post orgásmicas, imbuida de la música que suena en el iPod, vestida con el ritmo de Sweet Child O’mine, seda negra, medias de rejilla estrecha y tacones de aguja que la hacen rozar las estrellas.
Ainara, sin embargo, enterraba la nariz entre libretas y apuntes, tomos y tinta, entre prosas y versos que a veces no riman. Su fuerza eran libros y su alma, poesía. Tenía un gran amor y éste eran las letras. Romántica empedernida, se alimentaba de los grandes romances de la literatura mientras esperaba que llegara a su vida ese príncipe azul con el que soñaba y que la arrancaría de la soledad de ser una Isolda sin Tristán, una Julieta de Romeo ausente, la Guinevere de la soledad forzada o una Roxana sin los versos de Cyrano al pie de su ventana. Y así transcurría su vida de princesa que está triste, “que tendrá la princesa, los suspiros se escapan de su boca de fresa”, mientras leía arrobada a Darío, estudiaba con ahínco y escribía poesía.
Ahora Samara se arregla el pelo color medianoche plagada de estrellas y lanza una mirada al espejo que provocaría temblor de piernas y orgasmos instantáneos al más pintado. Es una diosa y lo sabe. Y lo aprovecha. Y lo disfruta.
Ardan llegó a la vida de Ainara un día cualquiera de una semana cualquiera un mes cualquiera de 2013. Ella tomaba un café a solas con Bécquer. Tan abstraída estaba con las rimas que había leído mil veces, que no vio al hombre que la observaba desde la calle. Tampoco lo vio cuando entró en la cafetería, ni cuando se sentó en la mesa de al lado, ni tan siquiera se dio cuenta cuando, por detrás, se inclinó hasta su oído y recitó en susurros:
<<Como en un libro abierto leo de tus pupilas en el fondo.
¿A qué fingir el labio risas que se desmienten con los ojos?
¡Llora! No te avergüences de confesar que me quisiste un poco.
¡Llora! Nadie nos mira. Ya ves; yo soy un hombre… y también lloro>>.
Samara pinta de negro su alma al ritmo de los Rolling, acariciando su muslo con la hoja de un cuchillo que coloca en el liguero.
El frío dedo de un escalofrío recorrió su espalda e hizo latir más rápido su corazón. El ejército del rubor invadió su cara en un asalto imparable tirando abajo todas sus defensas. Se dio lentamente la vuelta y lo miró. Su encantadora sonrisa iluminaba la habitación como una almenara y esos soñadores ojos color chocolate fundido envolvían a Ainara en una nube de dulzura de la que ya no se sentía capaz de escapar. Él le preguntó si podía sentarse con ella y ella lo permitió. Estuvieron hablando durante horas sobre literatura, teatro, poesía… Para la hora de la comida, la romántica Ainara ya estaba convencida de haber encontrado al amor de su vida. Salieron de la cafetería y fueron a comer algo. La sobremesa se alargó hasta bien entrada la tarde y decidieron sobre la marcha ir al cine, cenar, tomarse unas copas…
Al salir del bar, entre beso y beso, él le dijo que era tarde, que la acompañaría a casa. Se abrazaron bajo el negro cielo de la fría noche mientras andaban tranquilamente. Al atravesar el parque, a pocos metros de su hogar, él se detuvo… la miró… la besó apasionadamente… Ella, derritiéndose de amor entre sus brazos, se dejó llevar por el calor de sus labios.
—¿Te vas a quedar para ti solo a esta muñequita Ardan?
Ainara se volvió bruscamente apretándose instintivamente contra el cuerpo de Ardan. Él, con una carcajada, la sujetó con fuerza y le susurró cruelmente al oído.
—Los príncipes azules no existen, princesa.
Nunca pudo recordar cuántos eran ni cuánto tiempo estuvo sufriendo la violencia de la depravación en su cuerpo vejado, humillado, destrozado por dentro y por fuera, violándole hasta los sueños. Para cuando acabaron con ella, era una muñeca de trapo sin apenas voluntad que se arrastró sangrando hasta su casa, se metió en su cuarto sin decirle ni hola a su compañera de piso que la miraba horrorizada, se encerró en el cuarto de baño, dejó correr el agua en la bañera hasta que empezó a abrasarle la piel y se cortó las venas.
Samara se mira pensativa las muñecas mientras aplica una gruesa capa de maquillaje, una de sus últimas rutinas al arreglarse para salir de caza. Oh… la caza… esos delincuentes sexuales reincidentes, esos animales, esas bestias que caen a sus pies en la oscuridad de los callejones, que se repintan con el color de la sangre caliente… Cubre con esmero esas finas marcas rosadas, cicatrices de una vida que ya no es la suya, el recuerdo indeleble de una debilidad que la hizo más fuerte, el único recuerdo que le queda de cuando era Ainara. A las niñas buenas, hay hijos de puta que intentan mandarlas al cielo; las malas van a todas partes, el mundo les pertenece, están siempre preparadas y pueden enviar a esos cabrones al infierno.

 

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