Las hijas de papá – @DeNegraTinta

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Buenas las tengan, me presento. Mi nombre es Isabella y soy la mayor de doce hermanas, hijas “legítimas” de un gran señor, Don Roberto de la O. También de la “A” a la “Z”.

Así es, una docena de mujeres, ¿escandaloso verdad? Casi puedo escuchar la frase “seguramente tus padres no tenían televisor” pero la tenía grande… y a colores.

Mi padre era — pues ha pasado a mejor vida dicen los que saben de muerte— un hombre no solamente guapo, adinerado, encantador, también mujeriego, MUY. Atención a las mayúsculas. También era príncipe, caballero, ladrón, piloto, aventurero y el cuenta cuentos más embustero que haya conocido. Tenía más palabras que cualquier libro y decía más mentiras piadosas que las mujeres de una vecindad podrían contar.

Tenía 83 años cuando falleció y créanme que nunca estuve en un sepelio tan concurrido. Estaba lleno de familias de renombre conocido, curiosamente había una coincidencia. Todas esas mujeres y niñas llevaban el mismo apellido que el mío, bueno ni tan mío.

Quién iba a decir que ese hombre maravilloso, que por cierto nunca faltó a su casa una noche; era el cariñoso padre de semejante ramillete de florecitas y floresotas.

Pensé, no sé cuantas veces más hubiera muerto mi madre después de semejante sorpresa. Me cuesta trabajo imaginar que nunca lo supo, de entenderlo ya ni hablamos. Lo único que debo agradecer a los dos, fue la divina mentira en la que crecí durante tantos años. Una hermosa familia. Nos recuerdo haciendo cualquier tipo de actividad juntos, incluso esas raras y poco convencionales como acampar, escalar montañas, pescar, y otras tantas. En nuestro “hogar” la cena se servía a la usanza americana y con puntualidad inglesa 6:00 p.m. y así sucedía con la rutina diaria. Él siempre me llevaba al colegio y a la misma hora pasaba por mí, hasta que tuve edad suficiente para conducir un automóvil.

Al cumplir la mayoría de edad, decidí emprender mi vida; me urgía independizarme. Podrán imaginarse lo aprehensivos que mis padres eran siendo yo hija unica. Así que trabajando resolví ese tema, eso sí lo hacia de sol a sol. La recompensa lo valió, primero con un modesto departamento — para mi solita — ropa, viajes y como cereza en el pastel un hombre maravilloso; casi tan perfecto como mi padre. A los 28 vino el matrimonio y dos años después nuestro primer hijo de dos.

Acostumbrábamos visitarlos cada quince días —siempre en domingo— era el día familiar por excelencia. Por supuesto a diario hablaba con ambos, a pesar de tantos años era imposible cortar el cordón umbilical de tajo.

Siendo ya una mujer adulta nunca pasó por mi cabeza la posibilidad de contemplar a mi padre como un hombre infiel, ojo alegre tal vez si. La coquetería la traía escrita en la sonrisa, y tan linda era que los reclamos quedaban totalmente olvidados.

Sin embargo me queda claro que siempre tuvo tiempo para todo y todas. Mis hermanas crecieron con el mismo cariño y devoción hacia él que yo atesoro, también con el mismo apellido pero no con el mismo color de cabello, ojos o piel. Por supuesto lo llamaban “papá”, eso lo explicaban de manera detallada sus papeles de adopción.

Así es, mis once hermanas no eran de sangre, pero siempre fueron fruto del amor de un hombre y una mujer llenos de principios y deseos de ayudarlas a pesar del poco tiempo que disfrutaron a su lado.

Las hijas de papá éramos un abanico de colores que llenaban su vida y la de mi madre de inagotables posibilidades de amar.

Nunca entenderé porque ambos se llevaron a la tumba semejante alegría. Finalmente yo crecí siendo su hija, afortunadamente no la única. Tampoco dimensionaron la enorme felicidad que me darían al saberme acompañada hoy por once generosas mujeres. Ellas, ejemplo y espejo de una pareja que lo único que hizo fue querer no solo una familia numerosa, sino un legado de buenas acciones para hacer un mundo mejor.

 

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