Las heridas que me matarán – @Macon_inMotion

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Sentado sobre un taburete volcado, un hombre de melena rubia se aplicaba hielo envuelto en un sucio trapo en su ojo derecho. El gordo barman barría el suelo, repleto de cristales y sangre. A traves de los ventanales, las luces azules y rojas de la policía iluminaban alternativamente el interior del bar que pocos minutos antes era el caos. Una camarera reconvertida en eventual enfermera trataba de levantar a un hombre a cuya sonrisa ensangrentada le faltaban tres dientes. Levantaba una botella mediada de cerveza en gesto triunfante pareciendo que iba a desplomarse de un momento a otro. Sin embargo era capaz de conservar milagrosamente, en el último momento y con la ayuda de la camarera un equilibrio precario. Un agente, con el uniforme impoluto, miraba a su alrededor contemplando el panorama absolutamente anonadado. En una pequeña libreta que tenía en sus manos apuntaba con lápiz las respuestas a las preguntas que le hacía al encargado del negocio. Este a su vez rellenaba un pequeño vaso de tequila con indiferencia.

 

Un hombre con barba cerrada y unas enormes botas con el tacón de madera, que eran enmudecidas por el volumen de la música y el ajetreo normal de cualquier noche, se encaminaba al fondo del bar. Su determinación asustaba y recibió una mirada hostil, que él ignoró, cuando empujó a una de las personas que jugaban al billar envueltas en un denso humo. Finalmente llegó a donde quería, de espaldas a un hombre con melena rubia, que retiraba unos dardos clavados en la diana. Cuando este se giró, se encontró a pocos centímetros de la cara de pocos amigos del recién llegado. —Te tengo —dijo entre dientes. Sin añadir nada más, propinó un cabezazo al hombre rubio, a quién nada de aquello parecía pillarle por sorpresa. En su caída, arrastró consigo a dos hombres que conversaban a gritos, jarra de cerveza en mano. Al levantarse culparon de aquello al rubio, al cual empezaron a golpear descoordinadamente. El agresor quiso aprovechar el momento para rematar a su víctima y estaba sacando una navaja del bolsillo cuando escuchó el familiar sonido de la madera rompiendose y acto seguido sintió un enorme dolor en el oído derecho. Se palpó la cabeza, que le sangraba profusamente, al tiempo que se giraba y veía a un hombre con un taco de billar roto por la mitad plantado frente a él. Decidió que el rubio podía esperar y se abalanzó directo a por aquel hombre y sus tres compañeros. Para entonces la música había cesado y todo era una enorme maraña de carne ensangrentada bañada en alcohol y testosterona. El rubio, que aún tenía los dardos en la mano, se los hundió en el estómago a uno de sus agresores. Este, sin embargo, presa de los efectos del alcohol y la euforia no pareció darse cuenta de ello y acertó a lanzar un gancho que hizo que la mandíbula de su oponente sonase sospechosamente a hueso roto. Una jarra voló por el aire abriendo una cabeza al azar entre el gentío. La histeria colectiva solo pareció disiparse cuando se empezaron a escuchar las sirenas de la policía.

 

Dos enfermeros elevaban la camilla en la que iba postrado y con un collarín el hombre de la barba que había iniciado todo aquello. El rubio, al verlo, se levantó con dificultad y fue hacia él.

—Estas no son. Dijo el hombre postrado en la camilla, tosiendo sangre. —Estas no son.— repitió.

—¿Pero cuales? ¿Estas no son cuales?—preguntó el rubio, perplejo y dolorido.

Desde la puerta de la ambulancia el hombre gritó.—¡Estas no son! ¡Estas no son las heridas que me matarán!»

El rubio, se dirigió cojeando a la barra, donde el agente seguía interrogando al encargado. Antes de que el rubio dijese nada, el primero ya le estaba sirviendo un tequila.

—¿Le conocias, rubio? —preguntó.

—No le había visto en mi vida. —contestó el rubio, vaciando el vaso de tequila sin quitar el gesto de dolor. Mentía.

—Pues, amigo. Eso significa que volverá.

 

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