Las flores del mal – @Imposibleolvido + @reinaamora + @Mikinoff69

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Esplín e ideal

Lloraba con amargura y rabia bajo el agua tibia de la ducha. Por más que se frotaba con el jabón, no conseguía quitarse la sensación de suciedad, de asco…
Hacía un mes que había comenzado su calvario y sentía que ya no podía más. Jamás imaginó vivir una pesadilla igual. Sólo pensar en la hora de volver a la oficina y verlo otra vez, le descomponía el cuerpo: un sudor frío y una sensación de terror se apoderaba de ella.
Mamen era una mujer muy hermosa a sus cincuenta y cuatro años, siempre había cuidado mucho su aspecto. Llevaba una vida sana y equilibrada, eso se reflejaba en su apariencia, parecía mucho más joven de la edad que tenía. Estuvo casada con un buen hombre, pero enviudó pocos años después sin haber tenido hijos. No volvió a tener pareja estable, aunque tampoco anheló nunca tenerla por el único motivo de no estar sola.
Llamó a su mejor amiga, llorando, y le pidió que fuera a su casa. Cuando esta llegó, le explicó todo y esa noche, por desgracia, ninguna de las dos durmió.
Mamen trabajaba de secretaria de dirección en una empresa de transporte internacional. Encontró ese trabajo cuatro años atrás, con los cincuenta recién cumplidos, y creyó que tal como estaban las cosas, había tenido mucha suerte. El trabajo era tranquilo y no tuvo problema alguno en esos años, hasta que un par de meses atrás cambiaron las cosas, sustituyeron de puesto a su jefe. El nuevo director era un hombre mayor, rozaba la sesentena, con sobrepeso, prepotencia y muy mal humor. Trataba a todos con desprecio y autoridad, y ya el primer día Mamen notó que la miraba con excesivo descaro. No tardó en empezar a rozarse con ella y sobarle la espalda, a modo de masaje, a la mínima oportunidad, haciéndose el simpático al principio. Hasta que una tarde la hizo quedarse para terminar unas gráficas cuando todos sus compañeros se habían marchado ya. Comenzó uno de esos masajes por la espalda de Mamen mientras ella trabajaba. Se acercó a la puerta y cerró con llave. Mamen se quedó petrificada de terror. “Vamos a pasárnoslo bien, putita, que sé que llevas tiempo deseando probarme”. Mamen se negó, pero el jefe la amenazó con despedirla y la humillaba diciéndole que nadie contrataría a una mujer tan vieja. Al final, llena de miedo y desesperada, le hizo una felación. Cuando terminó, el jefe dijo riéndose: “Mañana ya te daré más, no te me vayas a empachar”.
Así estuvo un mes. Cada vez la humillaba y despreciaba más. La forzó a hacer todas las barbaridades que se le ocurrieron, hasta esa última tarde en la que la violó agresivamente, sin protección ni miramiento alguno, como un salvaje, materializando todo el odio que monstruos como ése sienten hacia las mujeres.
Mamen, con el alma rota, lloró y se dejó abrazar por su amiga. Esta, sin poder contenerse, también rompió a llorar…

Cuadros Parisinos

Aida llevaba sentada más de media hora en el café de la plaza Blanche. Cualquiera que se parase a observarla, podía adivinar el tremendo esfuerzo que realizaba para no romper en llanto. Sus manos estaban ocupadas haciendo dobleces al sobre de azúcar vacío y sus ojos, enrojecidos, fijaban su atención en algún punto lejano tras la vidriera de la entrada.
Sabía que ese día iba a llegar tarde al hospital, pero, por primera vez desde que llegó a París para hacer sus prácticas de cirugía cardiovascular en el Pitié-Salpêtrière Hospital, parecía no importarle.

El móvil hizo vibrar insistentemente el bolsillo del lado derecho de su abrigo. Ella lo ignoró. Parecía que estuviese a cientos de kilómetros de allí. Su mente no podía salir del bucle en el que llevaba metida desde el día anterior. Se debatía entre llamar a su padre y explicarle lo sucedido para dejarse aconsejar, ir a la policía y denunciar o volver al pequeño estudio que tenía alquilado y desaparecer. Lo último en lo que pensó en ese momento fue en volver al hospital.

La decisión de estudiar medicina, de hacer los dos años de residencia en cardiología, en el hospital de Bellvitge de Barcelona, y el haber viajado hasta París para el posgrado de cirugía cardiovascular fue consecuencia de la pérdida de su madre cuando tan sólo tenía doce años. Su padre había camuflado su tristeza y la había alentado siempre para que persiguiera sus sueños. Aida sabía los muchos sacrificios que él había pasado para poder proporcionarle sus estudios. Camionero y viudo, trabajó duramente hasta convertirse en dueño de una pequeña flota de transporte internacional.
Ante la crisis que azotó el sector en los últimos años, inteligentemente, cedió la propiedad de su pequeño negocio a una multinacional bastante importante, de la que hoy era director regional.
Aida tenía la certeza de que nunca se había vuelto a casar con otra mujer por ella, y en cierto modo se sentía culpable. Su padre era cariñoso, protector y muy bueno como para acabar sus días solo.

De pronto, un portazo en la cafetería le hizo salir de su ensimismamiento. Pagó la cuenta del café y salió a la calle. Levantó la mano y un taxista paró junto a ella.

—S’il vous plaît, emmenez-moi à l’Pitié-Salpêtrière hôpital.

Se vio caminando por el pasillo de la tercera planta de cardiología. Sus pasos decididos y el retumbar del pulso en sus oídos le hacían ignorar las miradas de quienes se iba cruzando. Entró sin mediar palabra y, con la ropa de calle en la sala de preoperatorio, miró por los cristales de las puertas dobles, buscando al jefe de sección de cardiología, el Dr. Damon.
Una enfermera se acercó recriminándole algo sobre su ropa. Aida dejó caer el bolso al suelo y abrió las puertas con decisión. Sabía que a esa hora Damon estaría en quirófano. Entró, cogió algo de la bandeja de la mesa auxiliar y justo cuando todo el equipo levantó la mirada en su dirección, ella clavó el bisturí que llevaba en la mano derecha en el cuello del sorprendido cirujano. A partir de ahí, una furia incontrolable; clavó una y otra vez su afilada cuchilla, sin que ninguno de sus asustados compañeros pudiera separarla de su víctima.

Recordaba la forma en que la encerró en el despacho de diagnóstico, cómo la empujó contra la pared, cómo chupó su boca llenándola de su asquerosa saliva sin que ella pudiese separarlo. Recordaba cómo le metió la mano dentro del pantalón del uniforme azul y cómo la palpaba, cómo la manoseaba sin ningún reparo. Recordaba también cómo la empujó contra la mesa y le bajó los pantalones, los ruegos, las lágrimas, el asco que le subía por la garganta amenazando con ahogarla. Recordó cómo la poseyó una y otra vez, cómo la rompió por detrás, haciéndole aullar de dolor, de miedo, de terror al escuchar su voz susurrándole al oído: “Si dices algo de esto, me encargaré de que nunca puedas ejercer en ningún hospital”, y, después la vergüenza y la soledad.

La apartaron de su víctima mientras ella seguía chillando enloquecida. Todo el mundo intentaba reaccionar. El jefe de sección se desangraba en el suelo. Un paciente sobre la mesa de operaciones con el pecho abierto y ella allí, en un rincón, pendiente de la escena, llena de sangre, rompiendo en llanto al ver lo que había hecho… Su mente sólo podía pensar en una persona… Papá…

Vino

Han pasado varios años ya desde que decidí seguir los caminos del señor y, al igual que cuando era pequeña, sigo rezando mis oraciones antes de dormir, sin fallar ni una sola noche. No puedo fallar a Dios, ¿qué sería de mí entonces? Soy muy afortunada por haber tenido como guía al padre Antonio, que me ha llevado por el buen camino y nunca me ha fallado. Siento piedad y lástima cuando veo a esas mal llamadas defensoras de la mujer en la televisión, o a esos subversivos que atacan injustamente a la Iglesia con falsas acusaciones. ¡Qué fácil es hablar contra alguien piadoso que sólo se preocupa del bienestar de los demás! Antes era algo que me llenaba de indignación, ahora les incluyo en mis rezos para que dejen de asesinar a inocentes niños no nacidos, o que dejen en manos del Señor la hora en que debemos reunirnos a su lado, en vez de pedir que un médico asesine a bebés o acabe con ancianos. Sólo somos instrumentos en sus manos…
No siempre pensé así. A pesar de que mi familia es muy religiosa, jamás me decidí a dar el paso definitivo. Soy mujer y, por ello, débil. Estaba descarriada entregando mi vida a banalidades que no iban a llevarme a ningún lado. ¿De qué sirve cualquier título universitario si no se le encomienda al Señor? Todo debería estar dedicado a él, que es amor puro. Todo lo que él hace a través de sus obras es amor. Tardé más de veinte años en aceptarlo.
Cierto es que iba a misa con mis padres todos los domingos. Mi madre siempre ha sido muy devota y mi padre luchó con ahínco para trasladar las enseñanzas católicas a sus reclutas. “Todo el mundo debería defender la iglesia, aunque sea de una manera militar”, solía decirme cuando empecé la catequesis. En la época en que conocí al padre Antonio, que fue quien me dio la primera comunión y la confirmación, siempre fue un amigo muy cercano de mis padres, por lo que acostumbrábamos a quedar con él fuera de los oficios. Debido a mi naturaleza disparatada, comencé a sentir algo por él, algo que no podía explicar, pero no era exactamente admiración, y más de una noche soñé que paseábamos de la mano. Traté de alejar esos pensamientos de mi corazón y de mi mente, aunque al ser yo un ser débil, no siempre lo conseguía.
Durante unas vacaciones de primavera, poco antes de volver a la universidad, tuve una revelación: estoy convencida de que Dios me habló. No supe ponerle palabras a lo que sentía y aún estuve casi un año más en la facultad. Cierta tarde, después de una reunión entre don Antonio y mi padre, conseguí hablar con él y que me oyese en confesión, como siempre hacía. Le expliqué la veneración que sentía por él, por la forma en que trataba a sus feligreses. Él me reveló la verdadera naturaleza del hombre: honrar al Señor. Eso terminó por convencerme, dejé la universidad y abandoné todas esas necesidades terrenales llenas de vanidad.
Aunque a mis padres les sorprendió mi decisión de ordenarme como monja, no se opusieron. De los siete hermanos que tengo, dos son sacerdotes, así que finalmente lo aceptaron de buen grado ya que Don Antonio estaría allí para guiarme. Con sus bendiciones, abandoné la casa donde había vivido para poder llegar a ser lo que tenía que ser.
Visité en varias ocasiones al padre Antonio durante el largo período de ordenación, siempre estaba allí cuando lo necesitaba en momentos de duda, de flaqueza o simplemente para hablar. Debido a su carácter bondadoso, abría sus puertas a todo el mundo. Más de una vez me encontré que tenía de monaguillos a hijos de madres solteras, drogadictos o incluso de familias ateas. Traté de evitarlos siempre que pude por la imagen pecaminosa que proyectaban.
Una tarde que fui a verle, noté que no estaban esos descarriados de ojos tristes y desarrapados. En su lugar, vi a un chico joven que conocía de vista. Era hijo de unos amigos de mis padres. Sus rizos rubios y ojos azules le daban el aspecto de un querubín muy tierno. Me tranquilizó su visión en vez de la de aquellos pobres desgraciados, así que fui a hablar con él para preguntarle por Don Antonio. Su sonrisa podría haber iluminado una habitación. Me comentó que aún no había llegado y confesó que estaba haciendo esos servicios porque sus padres se habían enterado de que estuvo en una fiesta donde había drogas, aunque él juraba que no había consumido nada. A mí me parecía imposible que alguien así pudiera hacer nada malo.
Después de charlar un rato amigablemente, fuimos al despacho de Don Antonio a esperar a que llegara. El viejo reloj de pared parecía haberse parado, tendría que darle cuerda para volver a oír ese tic tac que tanto me tranquilizaba. Ensimismada como estaba por ver ese antiguo péndulo, no noté que un par de manos me agarraban por los hombros y me empujaban detrás del escritorio. Perdí la noción de dónde estaba, en shock como me encontraba. El encantador querubín trataba de introducir su lengua dentro de mi boca. No podía gritar ni decir nada, ni siquiera cuando empezó a jadear mientras se desabrochaba los pantalones. Jamás había visto a un hombre desnudo y no imaginaba que eso pudiera ocurrir, era imposible. Su sonrisa seguía siendo cálida, pero, sin embargo, sus ojos… sus ojos me traspasaban. No tardó en traspasarme de otra forma; mientras lo hacía me susurraba lo mucho que me gustaba. ¡Ni yo sabía si me gustaba o no! Tardé en asumir lo que estaba ocurriendo, traté de gritar, pero su mano sobre mi boca me lo impidió. Así siguió hasta que noté algo caliente y húmedo dentro de mí. Pareció relajarse, pero aún tenía ganas de seguir. En ese momento la puerta se abrió y entró Don Antonio, cogió al querubín por los hombros y lo sacó del despacho.

Las flores del mal

A primera hora de la mañana, la amiga de Mamen la acompañó a la comisaría. Mamen denunció la violación y después la asistieron en el hospital. La psicóloga que la atendió dijo que en el hospital le darían la baja laboral y la dirección de un grupo de apoyo a víctimas de violación y abuso sexual. Le explicó, con mucho cariño, que se tomara la recuperación con calma, que no la quería engañar e iba a ser un proceso largo y duro. El jefe de Mamen fue automáticamente detenido por la policía y puesto a disposición judicial.
Mamen quería pasar por el trabajo para recoger cosas personales que tenía en la oficina, pero fue su amiga quien entró a buscarlas porque Mamen se sentía incapaz de acercarse. Una compañera de la misma oficina ya las había preparado, después de una llamada de Mamen poco rato antes. Mamen se quedó a dos manzanas, el solo hecho de imaginar volver a pisar aquella oficina le hacía sudar fríamente y que le temblaran las manos. Se quedó esperando sentada en un banco, pensando en por qué le había tocado aquella desgracia a ella. Entonces fue cuando se fijó en los niños que salían de catequesis. Sus madres los esperaban en la puerta de la pequeña iglesia y alguna de ellas hablaba con el padre Antonio, tan servicial y simpático siempre con todos sus feligreses.
Recordó que muchos años antes, de niña, iba habitualmente a la iglesia de la localidad en la que vivía con sus padres. Recordaba también que le gustaba el silencio y la paz que reinaba allí dentro cuando no había misa. No era una persona muy religiosa, pero sí creía en Dios.
Se levantó del banco y se acercó a la iglesia. La puerta estaba abierta y vio entrar a dos ancianas beatas que iban a rezar. Sin saber muy bien cómo, se encontró sentada en uno de los últimos bancos del santuario, rezando.
El padre Antonio se había fijado en ella desde el mismo momento en el que entró en el templo, y cuando se levantó para marcharse, fue a su encuentro. Estuvieron hablando y enseguida el cura se ganó su confianza. Mamen le explicó que hacía muchos años que no iba a la iglesia, pero que el rato que había estado rezando, le había hecho mucho bien. Quedaron en que Mamen pasaría algún otro día a charlar con Don Antonio para que éste le diera consejo espiritual. Al salir Mamen de la casa del Señor, el viejo párroco sonrió como una hiena…

Después de que el padre Antonio se llevara al querubín, no sabía cómo sentirme ni si pasaron unos segundos o unas horas. Don Antonio volvió y me dijo que me llevaría a su casa, yo empecé a llorar en su hombro. Cuando anocheció, salimos de la iglesia y, ya en su apartamento, me acostó y me preparó una taza de cacao caliente. Entonces comenzó a hablarme con calma, son ese timbre suyo tan relajado.
—¿Estás mejor? —preguntó.
—Sí, gracias, Don Antonio.
—No las des, y no me llames Don Antonio, ¿cuántas veces te lo tengo que decir? —replicó con una dulce sonrisa.
—Lo siento, es una cuestión de respeto.
—Está bien. ¿Eres consciente de lo que acaba de ocurrir?
—Creo… creo que sí —respondí sin estar muy segura del todo.
Suspiró y miró hacia el vacío un instante, antes de volver su cara hacia mí. Me acarició con suavidad.
—Aprenderás, querida niña, que hay mucha gente descarriada por el mundo y, aun así, Dios tiene un plan para todos ellos.
—Para todos nosotros —añadí.
—Así es —su sonrisa le llenó el rostro—. Dios hace que las cosas sucedan por una razón. Aunque ocurra algo que no entendamos, siempre tiene un sentido.
Asentí compungida.
—Los padres de este chico hacen grandes donaciones a nuestra comunidad. ¿Imaginas lo que ocurriría si se supiera lo que ha pasado? Tendríamos menos fuerza para luchar contra las drogas, contra el aborto y contra el laicismo que impregna las instituciones y la calle. Todos perderíamos.
—Lo entiendo —dije sin estar segura. Sin embargo, si Don Antonio lo decía es porque tenía que ser cierto.
—Me alegro de que lo entiendas. Sí, Dios tiene un plan, un orden para todo lo que ocurre —añadió.
Su mano llevaba un rato apoyada en mi rodilla.
—Debemos confiar en que nos guiará a través de nuestra vida como instrumentos que somos de su obra.
Retiró la manta que me cubría y sus labios rozaron los míos.
—Todo tiene un propósito, mi niña. Todo.
Acto seguido, se desabrochó la camisa y se abalanzó sobre mí. El cacao se derramó en la alfombra y me sentí mal porque debería limpiarlo por la mañana, o cuando acabara. Aquella noche, me penetró varias veces y terminó dentro de mí. Justo antes de la última vez que lo hizo, me miró a los ojos.
—Estaba en la puerta cuando ese imbécil te ha atacado y lo he visto todo desde el umbral. La verdad es que me ha venido bien, en el peor de los casos le echamos la culpa a él. ¿Te parece bien?
Después de eso también tendría que limpiar los cojines y la sábana. Me sentí culpable por manchar, a pesar de que Don Antonio me dijo que no pasaba nada. ¡Cuánta bondad tiene este hombre dentro de su ser!
Unos meses más tarde, y tras visitar varias veces a Don Antonio en privado, supe que mis padres tuvieron una discusión muy fuerte con los padres del querubín. Me llevaron a nuestra casa, donde estuve unos días. Don Antonio venía a visitarnos, pero no tenía ese gesto de felicidad que exhibía cuando estaba a solas conmigo, más bien parecía preocupado y trataba de consolar a mis padres. No nos merecemos la bondadosa preocupación de este hombre; si no fuera demasiado soberbio por mi parte, deberían proponerlo para que fuera canonizado.
Una semana después, me llevaron a Londres para someterme a una operación. Ni siquiera sabía que estuviera enferma, aunque a veces me notaba extraña, con muchas náuseas por la mañana. Después de volver de Inglaterra, regresé a la congregación de Don Antonio para seguir con mi ordenación.

Me santiguo antes de entrar en la cama. Don Antonio vendrá enseguida y debo estar preparada y pura para él. Sonríe al verme sobre la cama y me acaricia con cariño. Sí, soy muy afortunada por tener como guía al padre Antonio… Gracias a Dios.

Rebelión

Mamen volvió a su trabajo después del juicio de su agresor y exjefe. Durante el proceso, se enteró de la desgraciada historia de la hija de su propio violador y pensó en la aún mayor desgracia de esa pobre chica. Pero, en el fondo, comprendía muy bien el motivo que la había llevado a la cárcel… si ella hubiera tenido la oportunidad, también habría matado a su padre.

Palais de la Justice. Île de la Cité. París.

Aida entró en la sala número 3 del juzgado escoltada por dos gendarmes. Daba la impresión de ser mucho más joven de lo que era. No levantó la mirada del suelo en ningún momento y, por cómo la sujetaban por las axilas, daba la sensación de que apenas podía mantenerse en pie.

Habían pasado varios meses desde que irrumpiera en el quirófano y acabara con la vida del doctor Damon. Y sólo dos horas desde que se había enterado por su abogado de la situación en la que se encontraba su padre.
Descubrir que tu progenitor, ese que no había dado respuesta a las llamadas telefónicas desesperadas desde prisión, ni a las solicitadas por ella a su abogado, cumplía condena por abusar sexualmente de su secretaria, había sumido a Aida en una especie de estado catatónico desde el mismo instante que lo había escuchado de boca del ayudante del abogado. “Está cumpliendo condena por un delito sexual en la cárcel de Quatre Camins, en la Roca del Vallés.”
De pronto, Aida sintió un vacío interno que la arrastraba hacia un oscuro y profundo abismo de sensaciones. Sabía que era cierto y se sorprendió por la tranquilidad con que lo asumió. Dentro de su cabeza algo le decía que ojalá se pudriera en la cárcel por haber hecho a otra mujer lo mismo que le habían hecho a ella y ahora la tenía en ese callejón sin salida de la vida.

El letrado intentaba desesperadamente que Aida le contestara a algunas cuestiones antes de entrar al juicio, pero parecía que ella había desconectado del mundo. No hablaba ni escuchaba. Así que, preocupado por la noticia recibida por su cliente y dada la gravedad de los hechos, no pudo evitar sentir lástima por ella.

El juicio fue rápido y contundente. Culpable. Al poder probar la violación anterior a los hechos, se admitió estrés post-traumático y enajenación transitoria, traducido en doce años de condena.
Ya se disponían a abandonar la sala cuando la acusada entró en trance, chillando, pataleando. Un temblor terrible la hacía botar, caer al suelo y retorcerse. El juez pedía calma a los presentes y los gendarmes intentaban controlar a una Aida totalmente fuera de sí. En la cabeza de Aida se entremezclaban imágenes: “salir del colegio y agarrar la mano de papá, ir saltando las baldosas de camino a casa, roja, blanca, roja, blanca… Papá sentándola en el filo de la encimera de la cocina mientras preparaban el bocadillo, risas, el juego secreto de papá de darle besitos en las braguitas… ”
Gritaba para borrar la sensación de placer que asociaba a aquellos ahora nítidos recuerdos.
“Papá acostándose a su lado en la oscuridad de la noche, el juego de no hacer ruido, sus manos dentro del pijama de arcoíris, la sensación de picazón que tanto le gustaba a ella…”
Pataleaba como poseída al recordar todos aquellos momentos que había sepultado en algún remoto lugar de su memoria y ahora salían a la superficie, amenazando con matarla de dolor y angustia.

Fue ingresada por un ataque severo de pánico y diagnosticada por los médicos.
Dieciséis días después, un juez dictaminaba una nueva resolución para Aida: fue condenada a cumplir su pena en el hospital psiquiátrico de la cuidad de Lourdes.

Caso cerrado.

 

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