Lagrimas en la lluvia – @Contradiction_

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Aquella manera tan extraña de moverse de un lado para otro llamaba mucho la atención.

Para algunos parecía muerta, para otros, alguien desesperado por revivir. A fin de cuentas, no hace falta morir para estar muerta.

Esas ojeras contaban más que un mal sueño, contaban algo mucho más profundo y mucho más doloroso. Era mejor no mirarlas, quizá así no habría que preguntar por la verdad.

¿Qué es la verdad? Su verdad podía ser cualquier cosa y no tenemos tiempo para indagar. ¡Todos tenemos problemas! Eso sí, ella llamaba la atención.

Todos habían oído sobre el accidente. Algunos quisieron saber los detalles escabrosos mientras otros prefirieron no detener el tráfico. Ya se sabe, si desaceleras corres el riesgo de formar un atasco. Nadie quiere ser ése que genera el atasco.

Total, ella no quería que nadie se detuviera. Recogía todos los trozos a prisa, callada y reteniendo las lágrimas. No llores se repetía.

Estás viva, estás viva.

Por mucho que se repitiera la mentira no se convertía en verdad. Había muerto, bien muerta. Sepultada. No quedaban más que trozos y trozos de ella esparcidos por todos lados. Bien muerta.

Si estoy muerta ¿por qué me miran? ¿Por qué siguen esperando que me mueva? ¿No ven que no me queda ni un trozo en su sitio?

Estoy viva, sigo viva.

No fue un accidente, ni siquiera estaba en movimiento. Su corazón, en cambio, iba a tanta velocidad que al frenar no pudo resistir el golpe.

Mira que se lo habían dicho, “Vas demasiado rápido niña, un día te pasará factura”.

Lo gracioso es que nadie de todos aquellos que opinaban estaban dispuestos a frenar para ayudarla. Gracioso no era el término adecuado, pero tampoco importaba. Los términos adecuados y las velocidades adecuadas dejan de parecer importantes cuando uno se muere.

Ahora corre niña, llegas tarde. Nadie ha detenido el tráfico, deja los trozos ahí, ya los limpiaras.

¿Niña? ¡Vamos coño! Nadie tiene tiempo para darte un abrazo. ¡Vamos joder! la vida sigue. ¡Que te muevas te he dicho!

¿Niña? Ya no era ninguna niña. Ya no era quién murió. Esos trozos se quedaron en unas cuantas bolsas que olían a putrefacto. Esas ojeras eran junto a esa danza magistral sobre el dolor y el caos, lo único que quedaban de ella. Esa mirada dura y gélida te invitaba a jugar a un juego peligroso. Ese juego se llamaba muerte y ella ya había ganado.

Cayeron lágrimas de lluvia y ese fue su funeral.

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