El ladrón de risas – @GraceKlimt

GraceKlimt @GraceKlimt, krakens y sirenas, Perspectivas

“Así que uno planta su propio jardín
y decora su propia alma, en lugar
de esperar a que alguien le traiga flores”

—…Y uno aprende— Jorge Luis Borges

Está creciendo un tiesto en mi balcón, aún hay esperanza.

En realidad, y si soy fiel a la verdad, eso casi es mentira, aunque yo prefiero pensar que la mentira no es más que la forma que tenemos las personas de pintar de muchos colores las historias tristes.

La cosa es que la semillita, ya estamos otra vez usando las pinturas para pintar las cosas—, el garbanzo, vale, el garbanzo que metí el otro día en el tiesto, de acuerdo, no es un tiesto, aunque sí que hace las veces, quieras o no—, en el bote de yogurt natural desnatado azucarado, parece que está echando raíces.

¿Así mejor?, maldita necesidad la mía de explicar cada detalle insignificante, y tener que decir que está echando raíces el garbanzo que metí en algodón húmedo dentro de un bote de yogurt en mi balcón.

No importa, sea como sea, aún hay esperanza.

Lo sé porque huelo a madreselva. Cierro los ojos y me invaden ramas entretejiéndose alrededor de mis piernas. Me enganchan a la tierra. Suben por mi vientre y mi pecho. Me abrazan. Se extienden por mis brazos y continúan por las puntas de mis dedos. Me acercan al sol. Siguen su ascenso sin fin e invaden mi mente. Me dan vida.

No sé cuánto tiempo llevo aquí, sentada en el suelo del salón, mirando a través de los cristales como cae la lluvia en la calle. Estoy enrollada en mi manta favorita, una muy deshilachada ya, que sabe a recuerdos y confidencias y muchas tardes de domingo llenos de risas y secretos y suspiros y gemidos. Quien más quien menos tiene una almohada para contarle sus miserias, y yo tengo una manta. El caso es que le he preguntado a ella cuánto tiempo llevamos ahí, juntas, eso es, juntas las dos, porque con ella no estoy sola, y no miento si digo que me ha respondido enroscándose más a mi alrededor, como queriendo decir, qué importa, calla y acurrúcate, mira el tiesto del balcón—.

El día que metí el garbanzo dentro del algodón, era un día como otro cualquiera, uno más de esos que no traen nada y que se marchan sin más. Yo me había levantado como cada día, y había hecho las cosas que todos hacemos. En fin. Que había sobrevivido. ¿Vivido?, ahí ya dudo. A veces creo que nos pasamos la vida corriendo y haciendo cosas que creemos indispensables y muy necesarias, y nos olvidamos de lo importante. De vivir. De reírnos y gritar y bailar si nos apetece y colarnos otra vez en ese rincón que todos tenemos reservado dentro de nosotros mismos desde el que podemos volver a verlo todo como en nuestra infancia, de quedarnos ensimismados durante horas mirando cómo crece el tiesto en el balcón. Así que decidí que quería empezar a vivir, y no se me ocurrió mejor manera que dejar constancia con una planta. Si el garbanzo podía, yo podía.

[…la manta me dice al oído como un secreto que el ladrón de risas, ese que a veces cuando estoy con la guardia baja se me cuela dentro y me saquea entera el alma y la ilusión y la esperanza y los suspiros, se marcha corriendo avergonzado calle abajo, yo ni siquiera me he molestado en girar el cuello para verle huir, que se joda, ya no me va a robar la vida más…]

Así que sí. No miento si digo que está creciendo un tiesto en mi balcón. Y a mí, en el pecho me nacen flores. Me hago primavera. Aún hay esperanza.

 

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