El otro lado de la cama – @dtrejoz

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Alguna vez lo había soñado.

A decir verdad, lo había soñado toda una vida, cuarenta y un años para ser exacto. Es un misterio lo que un hombre puede guardar en su corazón, aunque se oye decir por ahí que somos seres fríos e insensibles, fácilmente descifrables, tan predecibles… el asunto es que hay emociones que se guardan, anhelos que uno decide mantener en secreto.

– Hay cosas que jamás se dicen y mueren en los corazones.

Y ahí estaba él. Un día de domingo como cualquiera, a media tarde, a media vida, a media voz, movido por esa emoción que le hervía en lo profundo del alma, ese deseo inquebrantable que llevaba por la vida sin poder exteriorizarlo, manteniendo al margen sus sueños porque la realidad no lo permitía, sabiendo que expresar su deseo de ser padre a una mujer que ya no puede concebir podía ser equitativo a la explosión de una bomba nuclear en el corazón, y nadie estaba para soportar tanto dolor.

En fin, a sabiendas de que no podía decirlo, escribió una canción. Pero como no podía decirlo abiertamente, con todas las señas y detalles, pues tuvo que buscar en su interior la forma de escribir una canción para un hijo que quizás jamás tendría, tenía que ser absolutamente su secreto, no podía usar frases evidentes, así que escribió de forma que cuando alguien la oyera creyera que se la cantaba a una mujer…

“si yo pudiera hablarte, de lo que siente el horizonte cuando mis ojos lo recorren, imaginando que un día estarás caminando de mi mano hacia él”

Y luego imaginó que se hacía de noche. Buscó la sensación de estar con su hijo en brazos, de pie frente a la inmensidad de la noche, ante la magnitud del cielo, de la belleza de esa oscuridad cuando la rompen las estrellas…

“si yo pudiera hablarte de los paisajes de las noches, de un palpitar de corazones, del firmamento, la estrella fugaz y de la luna incrustada en el mar… Si yo pudiera hablarte de cuando duermen los girasoles, si yo pudiera hablarte de lo que sueñan los colores…”

Con cada verso lo podía sentir. Era como una fuerza indomable que surgía desde lo profundo de su ser, la certeza de saber que tarde o temprano esa podía ser su realidad, aunque desde todo punto de vista no había forma de afirmar semejante hazaña, eran tantas las cosas que tendrían que suceder, pero los misterios de Dios son así de grandes y no está en nuestras manos ni en nuestras bocas andar dando una explicación a todos sus milagros.

Luego buscó palabras para explicar lo que sería la espera durante el embarazo, es un poco difícil para un hombre que ya ha criado a tres niñas como suyas, que les ha dado su calor y atención de padre, pero que no pudo estar presente en ninguno de esos embarazos por razones que son obvias, ninguna de las tres niñas las engendró, pero padre no es el que engendra sino el que cría…y con todo lo que eso implica, que a nadie se le ocurra decir que no son sus hijas, y que nadie les diga a ellas que ese no es su padre. Bien, el asunto es que había que imaginar la emoción de vivir un embarazo, y estas fueron sus palabras:

“Si yo pudiera hablarte, de eternidades que se esconden, entre silencios que se oyen, cuando se escucha latir un amor, que no hay más voz que la de un corazón…Si yo pudiera hablarte de que hay distancias que nos unen, si yo pudiera hablarte de amaneceres que tendrán tu nombre…”

Estamos frente a un hombre que anhela a un hijo, más que a nada en el mundo. Estamos frente a un corazón que guarda ese secreto, porque aun cuando se lo preguntan, lo niega, por no herir a otra persona, por lo improbable del suceso, no imposible para Dios, pero inexplicable por el momento.

¡Y ustedes creyendo que solo el corazón de una mujer puede guardar tantos misterios!

Había que escribir un final para la canción, aunque el sueño estuviera lejos de terminar, a años luz, de hecho, y fue el mejor final que pudiera imaginar, aun luego de cantarlo una treintena de veces no lograba terminarlo, porque la emoción lo azotaba y lo hacía llorar, y sentía ahogarse, y lo hacía callar…y empezar de nuevo la canción…

“Si yo pudiera hablarte, del universo que espera por ti, de las sonrisas que te sueñan venir, de los instantes que aguardan con bolsillos vacíos pa’ llenarse de ti, si yo pudiera hablarte de cuando la flor se viste de colibrí, de cuanto mi pecho se prepara por ti, está ensayando latidos, escucharás al oído todo lo que dice un corazón al latir… mientras pronuncia tu nombre (Sea cual sea tu nombre)”

Uno no termina de creer en los milagros, pero existen. Tampoco es sencillo explicar la forma en la que un corazón puede aferrarse de un anhelo sin rendirse, sin reparar en la realidad que lo consume. El caso es que la vida dio todas las vueltas que tenía que dar, porque así son los negocios del destino, lo que Dios ya tiene dispuesto para cada uno, así que luego de tres años de estar solo, de llegar a pensar que ya el amor no sería parte de su vida, luego de disponerse a continuar con los estudios que dejó inconclusos tantos años, un día, así como así, se topó de frente con la sonrisa más bonita que alguna vez hubiera soñado en un salón de clases, y resultó que esa mujer entraría en su vida con la fuerza de los siete mares, pateando puertas y abriendo ventanas en todos los rincones de su oscuridad, llenando sus abismos de primavera, sembrando esperanza y recogiendo sonrisas.

Y ahí está.

Me basta con estirar mi brazo mientras la acurruco para sentir su piel en cada noche fría, cuando busca que mi calor la arrope por la espalda, me basta decirle que la amo con la mirada para alcanzar a oír su corazón cuando responde a mi latido, me basta con abrir mis ojos al alba para encontrarla ahí, con su barriguita de seis meses y cuatro días de embarazo donde está creciendo mi primer hijo, mientras me ve con su carita de niña dulce y enamorada, con su sonrisa de dueña del universo, ofreciéndome una eternidad en cada caricia de sus manos, desde el otoño que desparrama en cada gesto de su cara, en cada poema de su cabello revuelto de amanecer, disfrazada de milagro, promesa cumplida en un regalo del cielo, piel morena y cachetero blanco, justo al otro lado de la cama.

– Y solo tuve que esperarla 41 años. Imagínate.

 

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