Laberinto con salida – @Macon_inMotion

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Las luces de las farolas y de los edificios adyacentes iluminaban la plaza, que bullía con la alegría y despreocupación característica del sábado noche. Una enorme pantalla situada encima de la fachada de unos cines pasaba comerciales y por todas partes se veía gente paseando y riendo. Al otro lado de la plaza, en un modesto teatro, una cola de gente esperaba su turno para entrar. En una pequeña entrada lateral, un tramoyista fumaba un cigarro.
El joven, vestido con camiseta y pantalón negro miraba a través de la gente arreglada que hacía cola para ver el último montaje del dramaturgo noruego de moda. No le interesaba esa gente, eran invisibles para él. En frente, una chica se movía gracilmente entre las mesas de la terraza de una de esas odiosas cafeterías modernas con pretensiones. Llevaba un mandil negro, un polo verde y el pelo recogido en una coleta bailarina que se balanceaba de un lado a otro. El chico apuró el cigarro y tiró al suelo la colilla para posteriormente pisarla. Suspiró, abrió la puerta metálica y volvió al interior del teatro, dandole la espalda a aquella estampa.

Un perro callejero salió corriendo, asustado por el ruido metálico de la puerta al abrirse, hacia la oscuridad del callejón. El joven volvió a aparecer, con aspecto cansado, y se llevó la mano a la oreja para coger el cigarrillo arrugado que se había colocado allí antes. Le dio unos golpecitos contra el dorso de la otra mano y se lo llevó a la boca. Un reloj digital de una oficina de banco marcaba las 01:21 de la madrugada y a pesar de que la primavera había entrado con ganas, la temperatura era fresca. El chico miró a través del bullicio que aún supuraba la plaza con la esperanza de ver a la camarera. Después de un primer vistazo infructuoso, consiguió localizarla y el corazón le dio un pequeño vuelco cuando vio que ella se aproximaba con dos cafés humeantes en vasos de cartón. Alargó el brazo para ofrecerle uno de ellos mientras se le acercaba. El musitó un tímido gracias y dio un sorbo. Aquel café no estaba tan malo como él pensaba, después de todo. El chico se metió la mano en el bolso y sacó una cajetilla de tabaco para ofrecerle uno a la camarera. Ella aceptó y se lo llevó a la boca. Él, mientras, suspiró profundamente al tiempo que se sentaba en el escalón previo a la puerta lateral del teatro con un crujido de rodillas. Ella le imitó y se sentó a su lado sin decir nada, dejando el café en el suelo. Las piernas de ambos estarían agradecidas eternamente.
Dos bultos semiocultos por la poca luz que llegaba al callejón tomaban café y fumaban en silencio. Tenían ojeras y olían a sudor. De frente a ellos la gente se divertía y reía, disfrutando del sábado, compartiendo vida, ruido y luz en mitad de la noche.

 

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