Laberíntico – @_soloB + @candid_albicans

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Hay salida. Recuerda. Respira. Calma. Inspira. Expira. Retira las gotas de sudor frío de tu frente. Tú llevas el timón. No decaigas. Tú diriges la mente. Ellos el corazón.

Año 2135. Portland.

Entro en la casa blanca de ventanas minúsculas. Soy el experimento 1021. He estado criogenizada durante algo más de un centenar de años. Recuerdo todo perfectamente.

 

Firma. Aquí y aquí. Haremos llegar una copia a tus familiares tras tu fallecimiento. Gracias por tu colaboración. Esperamos poder ayudarte—.

Firmo mi sentencia de muerte voluntaria. 25 de abril de 2017. El día de mi trigésimo primer cumpleaños. Sonrío con una mueca de cinismo. Me importa una mierda lo que hagan con mi cuerpo cuando la palme. Después de tres intentos de suicidio sin éxito y toda la mierda que arrastro conmigo desde la adolescencia, lo último que deseo es permanecer otro día más en este hoyo del que no encuentro escapatoria. Ansiolíticos, antidepresivos, antipsicóticos, antisuputamadre. A tomar por culo. Les devuelvo los papeles firmados por duplicado y a cambio me ofrecen una cajita azul. Dentro, un blíster con un solo comprimido. El corazón me va a salir por la boca de un momento a otro. No flaquees ahora, niña. Me recuerdan la hora: medianoche. El lugar: mi apartamento. Les doy una copia de la llave. Una ambulancia vendrá a por mi. Lo tienen todo planeado. La muerte quiere hacer negocios conmigo. ¿Qué puede salir mal?

 

Entrar en esta casa me lleva al pasado. Un pasado que gracias a la ciencia ha hecho que no sufra más. Bueno, o no sé. Que no sufra más depresiones, más decepciones, más intentos de suicidio. Joder, me han salvado la vida quitándomela yo, qué locura todo…

Abro la puerta. ¡Mierda! Necesito ir al baño. He tocado el pomo, con la cantidad de manos que pasan por ahí. Me estoy poniendo nerviosa. Tres metros, primera puerta a la derecha. Otro pomo. Jabón, jabón, agua, más jabón. Froto mis manos con ímpetu. Más jabón. Más agua. ¡Mierda! Agua y jabón al grifo. No está lo suficientemente limpio. Joder, mis manos están rojas y la piel levantada.

Miro la hora. Han pasado 45 minutos. Bien. Suficiente.— Contando que la pastilla de jabón se me ha resbalado de las manos y caído al suelo — . He frotado con agua y jabón las baldosas. He pasado otra toalla. He vuelto a lavar mis manos. Y mientras, sin darme cuenta,  mis ojos se han tornado a la puerta abierta del armarito. Cuchillas de afeitar. No pasa nada. Yo controlo. Yo controlo. Respiro hondo. Estoy preparada para salir.

— ¿Laura? ¿Todo bien?

Me llaman. Me toca pasar a la sala roja. “Pacientes con TOC”. Carraspeo. Me miro al espejo. — ¡Voy!

— Siéntate por favor. — la doctora de las gafas azules me señala una silla blanca al otro lado de su escritorio.

Uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis pasos hasta la silla. Seis veces toco el respaldo antes de sentarme. Me dice que el implante que me han integrado en el sistema límbico está funcionando. Que no he vuelto a tener impulsos suicidas ni alteración de las emociones. El experimento funciona. Parece contenta. Le pregunto por mis obsesiones y compulsiones, pero le resta importancia diciendo que con el tratamiento adecuado remitirán. Que no me preocupe. El experimento funciona. Funciona. No te preocupes Laura, el experimento funciona. Uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis.

En algún recoveco de mi mente todavía guardo los recuerdos de hace 118 años. Lo recuerdo todo. El dolor emocional. La euforia. Llorar de felicidad. Odiar. Amar. Todas las emociones se han quedado ahí, estáticas, como pinturas abstractas sobre un lienzo. Las invoco. No acuden. Han muerto conmigo.

 

Son las 23:50. Abro la caja azul y extraigo el comprimido del blíster. Me tiemblan las manos al llenar el vaso de agua. Tengo un sinfín de sentimientos encontrados. Mil emociones hirviendo en mi estómago, mi cabeza y mi corazón. Tristeza, euforia, desesperación. Miedo. Voy a volverme loca. Vamos allá, pequeño cabrón. Trago el comprimido apurando todo el vaso de agua. Me acuesto a esperar.

 

— Miedo

— ¿Cómo dices?

— El experimento no funciona, hija de puta.— la doctora de las gafas azules me mira sin comprender.

Algo me impulsa a salir corriendo de la habitación. Siento como el miedo me muerde el estómago. Las gotas de sudor frío vuelven a perlar mi frente. No pares de correr, niña. No mires atrás. Sal de aquí. Corre, Laura. Corre. Corre. Corre. Ya no pares. Hazte libre. Ahora sí. Te han timado. Todos los pasillos son iguales. Igual de blancos. Igual de vacíos. Igual que mi cerebro, todo es laberíntico. Suenan sirenas. Un hombre armado con una especie de jeringuilla corre tras de mí. Abro una puerta que da a unas escaleras. Subo. Uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis peldaños. Otros seis. Sigo subiendo. Me veo reflejada en la puerta metálica que da acceso al último piso. El mandilón blanco, los pies descalzos, mi cabello suelto. Un amplio ventanal me da la bienvenida a la luz. Eres un ángel, niña.

Uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis.

Salta. Vuela. Sé libre.

 

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