La voz de los muertos – @LaBernhardt

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Qué pena me da esta chica, oye. No hace más que sufrir sin necesidad. Sufre por lo que le toca y por quien no debe, pobre. Yo la conocí recién divorciada y no sé qué decirte, que eso de que antes estaba peor… no sé yo. Enriqueta siempre me dice que sí, que la chica lo pasaba muy mal, que te lo digo yo, que se levantaba llorando y se le juntaban las sopas de la noche con los llantos del recreo. Eso me dice mi amiga y yo no termino de entender ese dicho, qué es lo que no entiendes, Elisa, pues eso; que la chica lloraba de sol a luna, que era una infeliz antes. Antes, dice Enriqueta; antes y ahora que yo no la recuerdo feliz desde que llegó. No es que sea cotilla, me van a entender, es que me aburro mucho y mucho me preocupa esta criatura, cargada con 3 niños y sin parar en todo el día. Dice Enriqueta que es profesora pero de las de oposición y plaza, de las de funcionariado. Lo que yo digo es que no me cuadra alguien tan triste y tan apagado dando clases. Yo siempre he pensado que los maestros o los profesores de instituto, que hija, como se pone alguno si lo llamas maestro, debían tener los huevos, con perdón, bien puestos. No sé, que yo veo a esta chica muy poquita cosa para como está el mundo de los jóvenes ahora. Que sí, que se esfuerza por sonreír, eso no digo que no lo haga. Y tiene una sonrisa preciosa, que cuando habla de sus hijos se le ilumina la cara. Qué penica que no tenga a mano a una abuela que le recuerde lo guapa que es, lo que vale esta chica. Digo una abuela porque Enriqueta me ha dicho que madre tiene, sí. Seria y maestra jubilada, que viene poco por aquí y tan poco debe presentarse que yo no la he visto nunca. Pero lo de la abuela lo comento porque, verán, yo que soy abuela sé que donde no llega la madre, alcanza la abuela y si su madre es de poco decir y de poco cuidar, pues mira qué pena que no tenga la voz de su abuela cerca. Enriqueta pasó mucha pena cuando llegó a este edificio, sí, vino a ayudar a su hija y nada, oye, que no hubo manera. Eso fue antes de que llegara yo. Dice que la chica le recuerda a ella, en sus primeros días, como un alma en pena va, el angelico, me dice siempre, que no hay manera de hacerle entrar en razón, que por mucho que yo le digo que se quiera, que se cuide, que todo pasa, que hasta lo malo se nos olvida porque las personas somos más fuertes que las penas, ay, por más que le digo, nunca me hace caso.

Eso me dice Enriqueta y yo la creo porque sé que a los viejos nadie nos escucha, que a mí me pasa eso también con mis nietos, pues sí, que yo lo paso tan mal con mi mayor, con mi Paco, tan listo, que ha vivido en el extranjero 4 años, que es ingeniero pero allí lavaba platos en un restaurante de indios, abuela, de indios de India, de hindúes, eso me decía mi nieto y qué sé yo del mundo si sólo salí de Alicante una vez para ir al programa de Ana Rosa en Madrid. Y yo me vine a este edificio detrás de él, para ayudarle en lo que pudiera, y va y se vuelve a Londres o a algún pueblo de esos que hablan en inglés. Ah, que yo me quedo aquí, cuidando de la casa hasta que vuelva, eso claro. La cosa es que ya me he perdido, que eso también nos pasa a los abuelos, que como nos preguntan poco cuando nos dan la vez, ea, nos liamos a hablar por si alguien nos escucha.

A ver, lo de mi nieto, pues una pena, otra más; un chiquillo listo y guapo porque lo es y porque yo soy la abuela, pero que eso, que ha tenido mala suerte en el amor y eso, qué cosas, lo mueve todo y lo mueve hacia abajo. Y a la chica del edificio, pues eso, lo que dice Enriqueta, que le pasa igual. Que se enamoró de quien no debía y se ilusionó y vaya tortazo se llevó la pobre porque el canalla ese, con perdón, no se portó bien, no. Cuando nos enteramos que vuelve a verlo, a veces, intentamos hablar con ella. Últimamente, Enriqueta está perdiendo los nervios, que me ennervio, que no puedo verla así de triste, que hables tú con ella, Elisa, que yo siempre acabo dando portazos y total, para nada tanto ruido, si no me escucha y es que un poco de razón lleva la mujer, que a veces de tanto hablar a un muro de piedra se te acaba la paciencia. Y yo, que soy recién llegada y que siempre he tenido un carácter suave, decía la gente, pues me acerco a la chica con otro talante.

No seas tonta, que vales un imperio, que no me llores por ese hombre, por ninguno, bonica. Mira qué tres soles de hijos tienes, que lo no tener dinero y los agobios de no tapar ningún roto lo hemos vivido todos. Venga, duérmete ya, que me quedo a tu lado hasta que dejes de llorar. Eso le digo, así me quedo, a los pies de su cama, invisible de pura muerte pero feliz si me escucha en sueños, esperando que por la mañana, sin miedo, recuerde la voz de los muertos.

 

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