La voz de los muertos – @Moab__ + @JokersMayCry

Moab @JokersMayCry, @Moab__, krakens y sirenas, Perspectivas

<<Todo está bien, tranquilo, querido mío, todo está en su sitio por fin>>.
El cuarto de baño está a oscuras. Me gusta la oscuridad y que su voz me acaricie con dulzura mientras el agua casi hirviendo de la ducha resbala catárticamente por mi cuerpo llevándoselo todo por el desagüe. No más penas, no más lágrimas, no más dudas, ni soledad, ni dolor, ni culpa. Hoy por fin cada cosa tiene su sitio. Bueno, casi, pero todo se andará. Las imágenes fluyen por mi mente como el agua que resbala por mi cuerpo, la suciedad se diluye como la culpa que tanto tiempo llevaba atormentándome, las excusas se acabaron cuando empecé a escuchar su voz hace ya un año. Una voz, la de mamá. Una voz que en vida únicamente había sabido eructar insultos y humillaciones que hedían a vino barato. Nunca olvidaré ese olor, sus labios teñidos por el color de la uva fermentada, sus dientes morados, la saliva que escupía en cada una de las crueles palabras que vomitaba… y mi piel salpicada con cardenales del mismo color, el de la desesperanza.
El jabón se amontona en el suelo de la ducha, lucha contra el poder purificador del agua, como esa imagen imborrable que acude tronando en mi cabeza y que no hay tiempo que logre arrastrarla. Dos amigos y yo reduciendo a mamá, sus patadas, gritos, lamentos, lágrimas, blasfemias… Nuestra sonrisa de orgullo sintiéndonos invencibles, el placer de doblegar a un ser más fuerte, de resistir sus coces, de provocar tanto sufrimiento en alguien que solamente sabía repartir dolor. La sonrisa de la venganza. Corrimos con el cuerpo de mamá contra la ventana, era un ariete cuya cabeza me abriría las puertas de la libertad. Llovieron cristales, su cuerpo pareció mantenerse una fracción de segundo levitando en el aire. Entonces chilló y desapareció de nuestra vista al precipitarse. Un golpe seco, más ruido de cristales y la alarma de un coche que había aparcado debajo. Nos asomamos curiosos. Mis amigos se burlaban; yo nunca he podido olvidar su cuello girado media vuelta, sus ojos abiertos mirando al vacío, al vacío de mi existencia. Esos ojos me estaban señalando y juzgando. Esa mirada mantenía encerrada mi conciencia en su opacidad. La policía no creyó en esa mirada, sino en nuestras palabras y en el grado del alcohol en sangre cuando finalmente resolvió que se trataba de un suicidio.
<<Sí, pequeño, pronto tendrás tu lugar>>.
Salgo chorreando de la ducha y enciendo la titilante luz del escritorio. Descuelgo el teléfono y marco el número. Tras unas pocas palabras cuelgo el teléfono con una sonrisa. El tono de la operadora no dejaba lugar a dudas, se darían prisa. Espero que me dé tiempo, todo debe ser perfecto.
Sus palabras ahora son cariñosas, expresaron su perdón en las noches de insomnio que sucedieron a su entierro. Perdón… Ella nunca había sabido perdonar, jamás había escuchado un “lo siento” de sus labios llenos de furia, sus palabras siempre habían sido valkirias clavando sus espadas en mi autoestima. Tal vez fuera la vida, este mundo cruel que no deja de girar cuando le das la mano, coge tu brazo y lo das a torcer. Quizá sentía un dolor que era desconocido para mí y que no le permitía quererme, quizá lo hacía, pero nunca supo. Puede que el responsable fuera yo, mi rareza de aislarme en la habitación del sótano, mi exilio de su compañía, mi indiferencia ante todo acto emotivo y un escudo que evitaba que las palabras calaran en mí. Puede que ella no se sintiera querida por mí y su frustración fuera una respuesta al amor que sentía hasta que degeneró en odio. Sí, mamá, es culpa mía. ¡Maldita sea, siempre fue culpa mía! Ahora su voz es tierna, libre de los agobios de la vida, capaz de penetrar en mi mente y danzar entre mis pensamientos como no podía hacerlo en vida. Ahora sé lo buena madre que siempre quiso ser, aunque yo nunca se lo hubiera permitido.
<<Todo según el plan, cariño mío>>.
La húmeda estela que mi cuerpo desnudo va dejando tras de mí se mezcla con los charcos que se forman bajo los fardos informes que cuelgan del techo. Me detengo un segundo a contemplar estas marismas delirantes que se extienden hasta casi rozarme los dedos de los pies. Siento el deseo irrefrenable de chapotear en ellos. Vuelvo a ser niño, a sentir la infancia que nunca tuve, a disfrutar de la segunda oportunidad que me concede mamá para ser un buen hijo, su niño, de resarcirme de mis errores y rectificar mis actos.
Un año planeando esta redención, un año escuchando la dulce voz de mamá, un año desde esa fatídica noche. Un par de llamadas a mis amigos. No, no son amigos, sólo cómplices. Una cena por el aniversario de nuestra hazaña culminando en una morbosa sesión de ouija con la que los asesinos se relamían. Te invoqué apelando al vínculo de nuestra sangre entre las risas de las hienas que habían acabado con tu vida; ellos te invocaron llamándote puta.
<<No hay tiempo. Ya vienen, mi dulce niño>>.
Como viniste tú cuando sentí tus dedos deslizando el vaso por las letras y las hienas enmudecieron sus risas e insultos ante el mensaje. “MÁTALOS, HIJO MÍO” y las velas parpadearon como no pudieron sus ojos. “He sido yo, imbéciles” dije entre risas. “Dejemos esta gilipollez y bajad uno conmigo a por el vino. Hay que celebrarlo”.
No, no hay tiempo y me acerco a la cama donde me espera una toalla cuya blancura inmaculada no ha llegado a mancillar la oscuridad que ha desplegado la noche. Me envuelvo en ella sintiendo su suavidad, solazándome en su cálido abrazo durante unos segundos, antes de volver a sentir el apremio de la falta de tiempo.
<<Pronto tendrás abrazos de sobra. ¡Date prisa!>>.
Voy, voy, voy. Sí, pronto tendré abrazos, esos que tan pocas veces he tenido. Esos que ya ni recuerdo a qué huelen y no sé si sabrán a algo. La toalla se lleva los últimos rastros de agua de mi cuerpo. Me he hecho un corte en la mano, pero no me he dado cuenta hasta ahora que la herida ha dejado un rastro de amapolas en la pureza del algodón. Contrariado, cojo un apósito del cajón de la mesilla de noche y, tras limpiar la zona con la toalla, me lo aplico con esmero. Le echo una mirada crítica y pienso que ha quedado perfecto, que en vez de restar efecto, lo mejorará.
La hiena que bajó a por las botellas conmigo a la cocina me preguntó dónde estaba el sacacorchos. “En tu ojo” respondí mientras se lo clavaba y acto seguido ahogaba sus gritos con la batidora en marcha en su nariz y boca. La esponjosa carne se deshacía entre las cuchillas, la sangre festejaba mi venganza saltando por doquier, los dientes se rompieron sonando como dados, la lengua blasfema que insultó a mamá fue cercenada y pronto el cuerpo cayó al suelo, clavándose aún más el sacacorchos mientras su cara deforme sólo lograba escupir coágulos de sangre entre las tiras colgantes de su piel. Babosa inmunda que se arrastraba por el suelo, pestilente gusano que se retorcía en su propio dolor. “Acaba con él, mi niño” dijo mamá susurrándome con cariño. Hundí el cuchillo jamonero en sus cervicales con tanta fuerza que asomó por su gaznate, cuando lo retiré, la sangre salió a borbotones, a la velocidad de sus rápidos latidos de corazón que luchaba por vivir y que únicamente estaba acelerando su muerte. La maldita rata paralítica que sólo podía mover la cabeza moría frustrada, sin saber por qué las manos no le respondían para tapar la herida, por qué sus piernas no corrían, por qué su cuerpo ya no le obedecía. Ya pertenecía a mamá.
Un mensaje al otro malnacido: “Baja, ha habido un pequeño problema con el vino”. Los escalones crujían con cada uno de sus pasos mientras yo esperaba al final de la escalera. La sangre resbalaba por mi cara y se secaba en mi ropa, justo al doblar en el descansillo de la escalera fijaba su mirada en mí confundiendo la sangre con el vino. “¿Pero qué cojones…?”. Por eso no había visto la tabla con puntas en el siguiente escalón que le atravesaron las plantas de los pies con el siguiente paso, solamente tuvo tiempo de dar un grito antes de caer rodando por las escaleras hasta parar a mis pies. “Eso digo yo, ¿qué cojones?” respondí acuchillando sus genitales mientras oía la maravillosa sonrisa de mamá. Después abrí su barriga de arriba abajo, los órganos cayeron sobre mis manos, cálidos, tan cálidos como los abrazos que mamá me había prometido. Ese imbécil iba separándose de sus entrañas, dejando su vida atrás, por huir inconscientemente del dolor.
<<Te entretienes demasiado, no te va a dar tiempo y se irá todo al traste. ¡No tendrás abrazos, no tendrás besos, te quedarás solo para siempre!>>.
La crueldad de su voz hace que me ponga nervioso y se me salten las lágrimas. Cojo con brusquedad la ropa, no quiero perder la calma, pero su tono me ha asustado y me vienen malos recuerdos del pasado a la cabeza. Sus gritos, sus golpes, su furia incontrolable, el dolor que atontaba, la resignación, el sometimiento, la fragilidad, los insultos, las amenazas, las copas lanzadas contra mí, su frialdad, su fuerza, su respiración agitada, su ira, su odio, su mirada airada, el temblor de mis extremidades, mis heridas…
<<No niño mío, eso se acabó, no pienses en eso, tranquilo, perdóname, el ansia ha hablado por mí>>.
Respiro hondo mientras me pongo los pantalones de lino blanco y la camiseta a juego. El lino es ligero y acaricia mi piel. Me paso los dedos por el pelo peinándolo hacia atrás, despejando mi cara y dejando al descubierto mi enorme sonrisa. Levanto la cabeza y empiezo a subir las escaleras. Descalzo. Ya puedo escuchar el canto de las sirenas y en las nubes no hacen falta zapatos. Al llegar a la puerta que sale del sótano echo una breve mirada atrás. “Sí, todo está en su lugar”, pienso y continuo andando, sin cerrar esa puerta, hasta la de la calle cuyos cristales brillan reflejando las luces azules y rojas. Oigo una voz aumentada por un megáfono exhortándome a que salga con los brazos en alto. Sonrío y cojo la escopeta que está apoyada en el dintel.
Sí, mamá, pronto estaremos juntos.
<<Ven mi niño, ven>>.

 

Visita los perfiles de @Moab__ y de @JokersMayCry