La vida – @GraceKlimt

GraceKlimt @GraceKlimt, krakens y sirenas, Perspectivas

Estoy naciendo. No, no es una metáfora chunga de haber casi muerto en algún melodrama trágico de desamor de los de ahora y resurgir cual ave Fénix de mis propias cenizas ante los ojos de un público entregado. No, estoy naciendo de verdad. Es 1979 y llego al mundo. El mundo, para mí, se reduce ahora mismo al paritorio del hospital de Cruces. Aquí hace fresco, esto no es el sur, colegas. Lloro. Lloro y grito, no sé si asustada o impresionada, o simplemente es algún tipo de acto reflejo de mi cuerpo. Soy un bebé, no me pidáis imposibles. Lloro y el aire inunda mis pulmones. Me encanta. A esto deben llamarle respirar. Me lo apunto para hacerlo mucho más.

Sus manos son mi casa. Me acarician y me acurrucan contra su pecho. Escucho un corazón, «¡eh, conozco ese sonido, yo he estado ahí dentro!», y qué bien huele, este olor es mágico, estoy segura que aquí estoy a salvo. Intento distinguir su rostro y enfocar la mirada en sus ojos, pero los míos aún no saben ver. De todos modos, creo que sé cómo es aún sin poder verla. Es preciosa, estoy segura. Su melena cosquillea sobre mí cuando se inclina a besarme la nariz. Acabo de sonreírle. Seguro que se ha dado cuenta. Te quiero, mamá. Y a ese señor con bigote que nos mira con cara de tonto, también. Os lo digo ahora, por si acaso más tarde las cosas se ponen groseras y no pega tanto. Os quiero todo el rato, no os olvidéis, incluso cuando dentro de unos años, tal vez os grite que os odio.

Piso la arena.
Me abrasa el sol.
Salto las olas.
Avanzo.
Corro, río, juego, canto, me caigo, lloro, me levanto.
Aprendo.

Me estoy enamorando. O eso creo. Se me ha vuelto el cuerpo incontrolable, y el corazón, joder, este maldito corazón que parece que quiere salírseme por la boca por mucho que yo aprieto los dientes tan fuerte que noto el sabor metálico de mi propia sangre. Descubro el dolor, ese que te come por dentro y que sólo se me ocurre saciar metiendo mi brazo sin piedad en las tripas para arrancarme las entrañas y dárselas de comer a los buitres. Pero qué culpa tienen ellos. Muero. Soy un cadáver andante. Estoy segura que la gente me mira por la calle porque apesto a podredumbre. Quiero desaparecer, quiero desaparecer, quiero desaparecer.

Basta. Atrévete. Y lo hago. Renazco, esta vez sí, cual ave Fénix, qué pasa, esta vez soy la metáfora de quien no se atrevía por miedo a las miradas acusadoras, soy la que cayó en la tentación, soy la que dejó de huir del corazón y le hizo un corte de mangas a lo correcto con olor a rancio. Agarro las manos tendidas que me esperan pacientes. Flipo con sus manos. Son enormes y mi cuerpo desaparece entre ellas. Acepto el reto. Te quiero. Te quiero todo el rato, aún cuando la cague, que será casi siempre. Tú recuérdalo, que yo soy un desastre.

Me vuelvo vergonzosa.
Abrazo.
Beso.
Pasan los años.
Corro, río, juego, canto, me caigo, lloro, me levanto.
Crezco.

Están llegando. Primero él, después ella. Ahora soy yo quien se ha convertido en casa. Miro sus cuerpos diminutos, que me hacen sentir tan grande. Muero de nuevo y renazco mil veces cada día. De amor. De miedo. De felicidad. No duermo. Las horas pasan observando su respiración. Velando. Me he convertido en guerrera y guardián. Me he vuelto loba protegiendo la manada. Cierro los ojos y deseo que el mundo se detenga para siempre en este instante. Que no se mueva más. Que no crezcan. Que todo se pare.

El mundo se ha girado de golpe y de algún modo extraño ya no soy el centro del universo, y aún así, nada ha explotado. Me he convertido en un pequeño satélite alrededor de los dos soles gigantes que son inicio y final de la única galaxia espiral posible. Todo existe por ellos. Me hago una coleta, no hay tiempo de más. Todo es de ellos. Os quiero. Aún después de haber sido tan irresponsable de haberos traído a este mundo de mierda. Os quiero tanto, que a veces me ahogo. Os quiero todo el rato. Aunque algún día que otro, de prisas y angustia, no os lo diga, vosotros recordarlo, y perdonadme.

Y también sufro.
Y llegan malos tiempos.
Y lucho.
Y me derrumbo.
Y aún así corro, río, juego, canto, me caigo, lloro, me levanto.
Y no me rindo.

Y en este mismo instante, yo, pequeña partícula insignificante, cumplo 38 años. Celebro esta vida. Cada minuto. Cada momento eterno. Vivo. Y durante 60 segundos, laten cerca de 7.150.000.000 de corazones humanos. Entre ellos el tuyo. Entre ellos los suyos. Entre ellos el mío.

Pienso en Borges, cuando dice: «Por si no lo saben, de eso está hecha la vida, sólo de momentos; no te pierdas el ahora», sonrío, y qué hostias, tal vez tenga que hacerme otro tatuaje. De regalo.

 

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