La ventana – @mediofran

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Recuerdo mi infancia con la misma añoranza con la que un marinero en tierra contempla el mar desde el dique seco de la soledad, con las mejillas perladas por las gotas de agua marina con las que la brisa burlona salpica su rostro.

Observando a través del psicodélico caleidoscopio de la memoria, con la difusa perspectiva que me permite mi recién estrenada cuarentena, vuelvo a verme encaramado a los desvencijados muros de fortalezas imaginarias y de casas encantadas en busca de aventuras con las que paliar mi incurable adicción a la adrenalina adolescente.

Quien afirma no haber trepado nunca por una ventana para deslizarse furtivamente en el interior de una casa abandonada o bien miente o no ha sabido disfrutar de los impagables placeres inmateriales que nos brinda la ingenuidad distraída por la que se rige nuestra niñez.

Para mí existía una atracción casi gravitacional hacia los inmuebles deshabitados, como si la voz interior de aquellos hogares, cuya obsolescencia programada ya se había visto consumada, pronunciase insistentemente mi nombre invitándome a explorar sus entrañas, queriéndome convertir así en el guardián ciego de la polvorienta antología de sus lúgubres historias.

Historias inventadas de moradores ya desahuciados, de mascotas enterradas en el jardín de atrás, de paredes desconchadas desdibujadas por el llanto enmohecido y de espíritus penitentes pagando condena en habitaciones cerradas cuyo franqueo se daba por hecho que estaba vetado.

Pero la inoportuna madurez convirtió lo que en un principio no era más que una travesura perpetrada por una pandilla de jóvenes descerebrados en un delito contra la propiedad, porque uno ya no tiene edad para trepar por ventanales ajenos tan solo por el mero hecho de satisfacer su caprichosa curiosidad.

Por ello me vi empujado a buscar refugio en mi propia casa abandonada, donde no existe puerta de entrada y las únicas vistas que llegan desde el exterior se proyectan a través de una solitaria ventana que preside la resquebrajada fachada.

Aquí adentro me siento seguro, almacenando mis recuerdos atendiendo a la clasificación simplista que diferencia los buenos de los malos, pero manteniendo el orden milimétrico de quien padece un enfermizo trastorno obsesivo compulsivo.

Apoyado en el alféizar le dedico de vez en cuando una atenta mirada al paisaje, con la palma de mi mano formando un ángulo recto con la frente a modo de pantalla, tratando de aliviar el deslumbramiento de un sol abrasador que solo existe en mi imaginación; pero no alcanzo a ver más que la reticencia de un tiempo venidero que se resiste a llegar.

De vez en cuando, en ese lívido paisaje pintado todo de blanco, irrumpen etéreas composiciones de vivos colores que juntas van cobrando forma y esa incertidumbre futura se convierte en presente palpable durante un efímero instante que trato de vivir al máximo, sabedor de que en el momento en que sobrepase el marco de la ventana y se cuele furtivo dentro de mi casa abandonada se habrá convertido en un recuerdo pasajero, destinado a ser un ítem más almacenado entre los que anegan la estancia que queda a mi espalda.

Sé que con el tiempo me veré obligado, en contra de mi voluntad, a abandonar esta casa y a llevarme conmigo todos mis recuerdos y cruzo los dedos a diario para que ese aciago momento se demore, pues a medida que tomo conciencia del paso del tiempo mayor es el deseo de poder disfrutar de la concesión piadosa de echar un último vistazo a través de esa ventana, antes de que acabe como otras muchas lo hicieron, enladrillada con bloques opacos unidos por la inquebrantable argamasa de la que está hecho el olvido.

 

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