La ventana – @Macon_inMotion

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Es media mañana y un enorme ventanal abierto y con la persiana totalmente levantada deja pasar la luz libremente. A pesar de que es primavera y la ventana está abierta de par en par, la luz no es tan cálida como debiera. Sin
embargo eso no parece importarle a la muchacha de piel blanca como la leche que mira absorta desde su cama. Su extrema quietud la asemeja por instantes a una escultura griega si no fuera por el cadencioso subir y bajar de su pecho, prueba irrefutable de vida.
Lleva el pelo rubio recogido en un moño y la angustia vital se le escapa por cada poro de su rostro. La mujer, de intensos ojos negros, nariz saltarina, pómulos rosados y mandíbula prominente escudriña con mirada vacía el exterior.
Al fondo una vieja fábrica de ladrillo naranja, la clásica estructura de los años veinte, se yergue vetusta pero orgullosa de su pasado esplendoroso, fruto de la segunda revolución industrial. La fábrica incluso conserva la característica torre que ejercía como depósito de agua y que hoy día es fácil adivinar que dará cobijo a varias familias de aves. Bajo las chimeneas, se alinea una hilera interminable de pequeños ventanucos con marco de metal. El cielo azul, en el cual no se adivina ni una sola nube, enmarca la fábrica y contrasta con la dureza del edificio.
Una levísima corriente de aire hace bailar tímidamente el camisón color salmón de la chica. Al ser la única prenda que lleva puesta deja toda la extensión de sus piernas a la vista. Desde la punta de los dedos de los pies, pasando por sus rodillas hasta el final de sus muslos. Sentada en el centro de la cama su cuerpo proyecta sombras azules sobre las impolutas sábanas blancas. Y da la sensación de encontrarse perdida ante la inmensidad de un mundo que ni comprende ni quiere comprender. La sombra del marco de la ventana se recorta sobre la pared del fondo, pintada de un suave color aguamarina y enmarca a la joven sobre un fondo luminoso. Toda esa luz sobre la pared no hace más que resaltar la enorme nube negra que sobrevuela su cabeza, perdiéndose en interminables pensamientos.

Morning sun, Edward Hopper. 1952.

 

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