La ventaja de no querer saber – @shivisc

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Lo dejé hasta el final porque justamente en textos como este uno prefiere no escribir para no sentir. Se escribe porque se siente y no podemos evitar convertir nuestra intimidad en una radiografía de matices con letras. De sueños frustrados, anhelos escondidos y silencios. Largos silencios, que resumido en letras que no existen son pesados. Prefiero escribir sobre lo que veo y toco, hasta lo que no puedo tocar pero quedo a distancia; donde no pueda lastimar su entorno. Donde pueda surgir la belleza sin meter las manos y desbaratarla como una burbuja de jabón que termina rompiendo un sueño.

Escribo sobre cuentos e historias que no sucedieron. Versos que fueron tocados por la luz de una ventana y no mis dedos. Sonrisas que tuve en privilegio de provocar e historias que surgen de una canción en mi intento de llegar hacia donde no alcanzo y no puedo.

Cuántas realidades nos caben sin saber. Propias, ajenas y solo pienso en las ventajas de no querer saber muchas de ellas. Somos el experimento receptor de alguien que no nos puso un botón de apagado junto al de encendido. Y en algún punto de la vida aprendo lo que nadie enseña: A quedar en off.

Nadie le dice a los poetas que su maldición no está en escribir sino en sentir. Porque si lo dijeran al nacer nos negaríamos a tomar un lápiz para plasmar nuestras palabras.

Somos un murmullo de sentimientos, observación y conocimiento uno tras otro todo el tiempo que de pronto desbordan como hoy. Sí, también existen días como hoy que no quiero saber, no quiero sentir, no puedo llorar. Mi escritorio me observa con el ordenador encendido esperando que mis dedos se levanten y se sienten a bailar. Me llama con la suave luz de mi pantalla mientras acurrucada entre sábanas a media tarde me niego a salir de mi cama. Estoy rota, fría, tiemblo y siento la sed de mi ausencia de lágrimas.

Cuánto pesan las palabras cuando tienes que sacarlas. Cuando no fluyen de forma natural por una alegría espontánea. Cuando se atoran en la garganta.

Me paro porque es lo que mejor sé hacer desde que recuerdo. Despertar todos los días sin rendirme y comenzar de nuevo este juego de ajedrez que nunca termina; en el que pierdo muchas veces y en otras, termino totalmente agotada. Me rindo. Me rindo ante mis manos que no reclaman nada pero apremian su urgencia de darles voz, texto, sentimientos y tal vez un cierre a las palabras que no me brotan de la garganta.

A veces siento que me duele el cuerpo, pero lo que duelen son las palabras. Tal vez escribiendo, esta vez sí puedan salir mis lágrimas.

 

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