La tienda de juguetes rotos – @Moab__

Moab @Moab__, krakens y sirenas, Perspectivas

El cuerpo me pesa como una losa, apenas puedo ver a pesar de tener los ojos abiertos. Intento moverme, pero es imposible. ¿Por qué no puedo moverme? ¿Estoy atada? ¿Dónde estoy? Quiero mirar a mi alrededor, pero el cuello se niega a obedecerme. Mi cuerpo está muerto, sólo mis ojos parecen empezar a  funcionar.  Los hago orbitar para intentar descubrir dónde me encuentro. Parece una enfermería para muñecas. Una de esas tiendas donde llevas tu muñeca rota y una chica con pinta de pin up con tendencia al sadomasoquismo disfrazada de enfermera se la lleva en una pequeña camilla a un doctor Gepetto que, con sonrisa perturbada y sudorosa, ve arder a Pinocho en un rincón mientras las llamas de la hoguera se reflejan en el estetoscopio de juguete que le cuelga del cuello.

Empiezo a recordar los acontecimientos de la noche anterior, aunque siento la cabeza un poco embotada. ¿La noche anterior? O quizás fuera hace unas horas, o un mes, o toda una vida, no lo sé… Él se me había acercado en la barra de aquel local de moda. Le vi mirarme desde lejos y le lancé mi mejor mirada de desinterés y aburrimiento mientras fingía juguetear distraída con el broche que llevaba al hombro, una viuda negra de zafiros y oro blanco. Era tan guapo… Se acercó con elegancia  y sólo me susurró tres palabras “Puedo hacerte inmortal”.  Sus ojos son azules,  del color del hielo más puro, pero sus labios son fuego que me hacen prender en llamas al sentirlos rozando el lóbulo de mi oreja. Follamos como bestias en el baño, sin ni siquiera preguntarnos el nombre y, cuando me sugirió ir a un sitio más tranquilo, no me lo pensé y… ya no recuerdo más.

Ahora se encuentra de pie, delante de mí, escrutándome con esa mirada de glaciar avanzando, con esa calma abrumadora, hablándome desapasionadamente, como si no le importara nada y sólo hiciera constar los hechos mientras apoya una mano en un gran bulto tapado con una sábana.

—Llevo observándote meses. Sé quién eres casi mejor que tú.  Eres la soberbia, la envidia, la vanidad personificada, el pecado hecho mujer. Te he visto humillar a una compañera de trabajo por atreverse a llevar la misma falda que tú delante del hombre del que sabes que está enamorada, vi también como seducías al novio de tu hermana sin tener el más mínimo interés en él, sólo porque odiabas esos adorables hoyuelos que adornaban sus mejillas al sonreír feliz confiriéndole una belleza cálida y dulce de la que tú siempre has carecido. Te he visto disfrutar con sus lágrimas, con su dolor, con cada marca que la tristeza dejaba en su piel, con cada herida sin cicatrizar en su alma. Con el suyo y con el de todos esos hombres que se han atrevido a amarte. Te he visto utilizarlos sin ningún tipo de escrúpulo para después apuñalarlos por la espalda cuando perdías el interés, pero no una sola vez… varias veces hasta que les convertías en cascarones vacíos de ilusiones y sueños, marionetas con el corazón roto. Te he visto machacar tu cuerpo en el gimnasio durante horas, llorar ante el espejo que te devuelve una nueva arruga, una cana o una imaginaria mancha en tu piel. También te he visto ponerte tu mejor vestido después de cada crisis, tu más favorecedora máscara de rímel, colorete y carmín para aposentar tu perfecto culo en la barra de un bar tratando de reafirmar en cada polvo sin amor el ego de tu vanidad.

Voy a decirte algo que quizás no te hayan dicho nunca: Eres fea. Tu alma de mierda afea esos enormes ojos azules fríos y calculadores. El rictus de tu cara, que la gente toma por sonrisa, sólo es miedo… miedo a estar sola, a ser vulnerable, a no cautivarlos a todos, estúpidos superficiales, a envejecer, a que el paso de los años sepulte esa belleza efímera que tan importante crees que es… Te desprecio, pero no te odio. Para eso tendrías que importarme y, cielo…, hace mucho que no le importas realmente a nadie, triste concha de nácar vacía… No, no te odio y, por eso, me apiado de ti. Te he hecho un regalo que espero que aprecies. Cuando nos conocimos te dije la verdad, puedo hacerte inmortal, eternamente hermosa, lo que siempre has querido. Nunca tendrás que preocuparte por una sola arruga más, ninguna mancha a causa de la edad mancillará la inmaculada tersura de tu rostro, tu cabello siempre tendrá el brillo del oro y nunca más una lágrima volverá a dejar rastro en tus mejillas de alabastro.

Mira, princesa de la vanidad. ¿No eres perfectamente hermosa?

Quita la sábana del bulto que había colocado ante mí. Es un precioso marco taraceado, con un cristal. Tras él, hay una delicada muñeca de porcelana de casi un metro de altura. Su cara brilla a la luz de las velas con la palidez de la luna llena. Sus pequeños labios rosados parecen sonreírme irónicamente mientras analizo cada detalle. Lleva un bonito vestido de fiesta azul medianoche, de brillante seda hasta las rodillas. Bucles dorados caen en cascada enmarcando su rostro. Los ojos sin vida me observan intensamente y atrapan mi alma en el terrorífico infierno de su mirada. La muñeca me perturba y desvío la vista mientras pienso “¿por qué me enseña esto?”. Entonces, por el rabillo del ojo, veo que sus ojos siguen la dirección en la que estoy mirando. Un escalofrío recorre mi espalda… Vuelvo a mirarla y quiero gritar. El broche de la araña brilla insultantemente sobre su hombro izquierdo. Entonces lo entiendo todo. Quiero gritar, pero ya no tengo cuerdas vocales. Quiero llorar, pero mis ojos son de cristal sin lacrimales. Quiero golpear algo, pero no tengo músculos, ni articulaciones. Quiero respirar, pero el aire no me llena porque no tengo pulmones. Quiero estar viva, pero estoy muerta.

No es un marco, es un espejo y yo soy la muñeca.

 

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