La red – @CarlosAymi

Carlos Aymí @CarlosAymi, krakens y sirenas, Perspectivas

I

Un día más ensayé a lo De Niro frente al espejo de mi cuarto de baño:

−¿Matarte será un giro de trama con suficiente gancho?

Repetí la pregunta tres veces y usé tonos distintos. Le imaginé tres respuestas. No supe decidir cuál me gustaba más y a esas alturas lo único que quería era encontrármelo de una vez.

Regresé a la cocina, puse en el fregadero el email que había vuelto a imprimir y le prendí fuego. Me quedé mirándolo. Las dos últimas palabras que se retorcieron bajo las llamas fueron fracasa mejor, de la famosa cita de Beckett. Mr. O me la había escrito como consejo.

Preparé la mochila. Guardé El hombre rebelde, Ficciones y el cuchillo. Todo estaba listo para salir a la calle, para regresar al metro en busca del editor y sacarle la verosimilitud y lo que hiciera falta.

II

Llegué a la estación de Legazpi un poco antes de las cinco y me decidí por el andén uno. La última puerta del tren reflejó mi imagen durante varios segundos antes de abrirse. En lugar de ensayar la frase a lo Taxi Driver me revisé el pelo. Me lo había cortado más de la cuenta, apenas me daba para un ridículo moño y sentía que había perdido parte de mi identidad. Al entrar me senté en el suelo a pesar de los asientos libres, podría leer más cómodo y tampoco necesitaba más esfuerzo que la suerte para encontrarme a Mr. O.

Mr. O debía haber sido mi nuevo editor y le llamo así porque me da la gana. También podría llamarle Mr. Obeso, pero seguro que se me ofenden los gordos. O simplemente Óscar, su nombre. El caso es que Mr. O es mi no-editor después de que Mr. A, quien sí lo había sido durante mi primera novela, Incendios de, se jubilara. En su lugar la editorial ascendió al gordo de los cojones, quien no ha querido saber nada de mi segunda obra.

Incendios de había sido un éxito (relativo) hacía diez años, cuando me postulaba como enfant terrible de la nueva hornada de escritores madrileños. Pero el bollo, o sea, yo, al parecer no cuajó, se quemó, se fue directamente a la basura. Y eso es lo que Mr. O trató de mostrarme con mucha pedagogía en su email. Entre otras lindezas (que conste que no pongo en duda que tales argumentos sean verdad) señalaba que mi manuscrito carecía de trama, que dónde quedaban los giros con gancho, que mis personajes no eran contenidos, que había perdido la frescura con la que empecé a escribir, y que me sobraba metaliteratura y me faltaba verosimilitud. Recordaré que Mr. O acababa su email con la recurrente frase del irlandés sobre el fracaso, pero antes me había puesto un ejemplo personal para que entendiera sus críticas. Aquí viene:

«Verás, Romero, las cosas pueden ser ciertas y sin embargo no parecer verosímiles. Por ejemplo, es verdad que yo todos los días me subo al último vagón de la Línea 6 entre las 17:00 y las 17:30, pero no es verosímil, pues tengo sobrepeso y necesito muletas para andar, y accedo a diario por el lado del primer vagón, por lo que debo recorrer ciento quince metros de andén antes de cumplir con mi manía, algo que la gente no se termina de creer y que por tanto no funcionaría si lo narrara. Pues lo mismo pasa con tu manuscrito Volar en picado. No discuto que los personajes sean tan ciertos como tú lo eres, pero es que tú estás bastante fuera de la realidad, eres excesivo e inverosímil en lo que haces y en lo que provocas, y no podrías funcionar en una novela donde debe justificarse mucho el azar y las casualidades. Si acaso sirves para esos relatos que escribes sobre ti mismo, y no puedo decir que me gusten precisamente. Lo siento».

No podía quitarle ni una coma de razón a Mr. O, pero importaba poco. Llevaba diecisiete días teatralizando su búsqueda gracias a la información que me había dado. Imprimía su email, lo quemaba en el fregadero, ensayaba mi frase, guardaba en la mochila los libros y el cuchillo, y salía a buscar a mi no-editor para poner a prueba verosimilitud y verdad. No le conocía y más allá de lo de la Línea 6 entre las 17:00 y las 17:30, no sabía en qué parada se subía o se bajaba. Pero estaba convencido de que antes o después nos encontraríamos y que nos sabríamos reconocer.

III

La Línea 6 de Metro de Madrid, para quien no lo sepa, es un círculo vicioso que cuenta con veintiocho estaciones, más de veinte kilómetros de vías en túnel, trenes con vagones de gusano modernos y un tiempo de vuelta completa que oscila entre los cincuenta y los cincuenta y dos minutos. Como se ve, la wikipedia y haber recorrido esta línea sin ningún tipo de éxito durante dieciséis días te proporciona información de lo más irrelevante. El decimoséptimo fue distinto.

Nada más estirarme en el suelo y comprobar que Mr. O y sus muletas no viajaban conmigo, comencé a leer Tres versiones de Judas, el relato que más veces he leído en mi vida debido a la capacidad del argentino para condensar en nueve páginas toda la teología y toda la blasfemia posible. No había llegado a Sainz de Baranda pero sí a la tercera de las versiones, cuando apareció un tipo malvendiendo chocolatinas por un euro, hubiese preferido cerveza pero a falta de alcohol bendita sea la azúcar.

En la estación Manuel de Becerra comencé a pensar que el cuchillo se quedaría otro día guardado en la mochila, cuando se subieron dos yonkis que bebían café en vasos de Starbucks. Hablaban sobre arreglar cuentas con un tercero y se declaraban amor eterno entre ellos pasase lo que pasase. Estuve por seguirles porque no eran nada verosímiles; hablaban de liarse a tortas en un tono comedido, eran indiferentes a que la gente les escuchase, y se mostraban tan dignos con su café. Pero eran reales y podría echárselos a la cara a Mr. O cuando al fin le encontrase. No les seguí. Ellos se marcharon a su aventura y yo me quedé en la mía. Volví a la lectura, ahora con el francés.

En Avenida América llegué a la conclusión de que El hombre rebelde es uno de los pocos libros capaz de expulsarme de mi propio ombligo. Muestra que entramos en la modernidad cuando intentamos (no es que precisamente lo hayamos conseguido), superar la etapa de querer cortar la cabeza a tus reyes para poner a los míos, para llegar a guillotinar no a este o a aquel rey, y ni siquiera a un dios, sino a todo un Principio… Pero entonces tuve un giro de guión y de inmediato me levanté del suelo por el bien común.

No me puse en pie porque hubiese aparecido Mr. O, o porque el vagón se hubiese llenado (que también) y tirara de civismo, sino que lo hice porque un culo maravilloso se colocó a la altura de mis ojos. No era cuestión de caer en la tentación, de alargar mi mano hacia ese pedazo de cielo y de que me cruzaran la cara merecidamente. Así que me vine arriba para huir y, al hacerlo me topé con la mirada de la chica con tan portentosa anatomía. Creo que en sus ojos verdes habría caído rendido, incluso la redención estaba a mi alcance, pero la suerte quiso que en ese momento, justo antes de cerrarse la puerta, apareciese pidiendo «perdón» y «disculpas» y «gracias», un aspirante a Mr. O que declinó la invitación de un anciano de ocupar su asiento.

Aquí llega la parte más increíble e inverosímil de mi relato: la chica me sonrió. Sin embargo yo sabía que me dejaría arrastrar por el histrionismo de mi vida, que no había llegado hasta ahí para torcerme por una sonrisa y mucho menos por la cordura. También sonreí, pero mi sonrisa no fue para ella sino para la idea de que saber las cosas es de una inutilidad completa, no sirve para nada, salvo para que el error a cometer duela un poco más.

IV

No saqué el cuchillo de inmediato porque no estoy loco de remate, podía resultar que ese cojo no fuese mi no-editor. Y podía ocurrir que ante la marabunta de viajeros me apalearan cuando me vieran sacar el arma. Era también factible pensar que ocasionaría un susto a esos bonitos ojos verdes que iban a mi lado y, muy al fondo, soy un romántico si me escarbo el corazón.

En República Argentina se bajaron bastantes antidisturbios en potencia, y lo mismo pasó en Guzmán el Bueno. Tenía vía libre en uno de los escollos y para entonces Mr. O y ese tipo ya eran la misma persona en mi cabeza: coincidían en obesidad, muletas, línea de metro, horario, y sobre todo manía personal; no le quitaba ojo a mi chica y eso sí que no se lo perdono por nada del mundo, pensé.

La parada de Ciudad Universitaria llamó a los ojos verdes y a ese culo que eran la última tabla de salvación de Mr. O, y cuando ella abandonó el barco bajo la atenta mirada de ambos, yo me acerqué a mi víctima y abrí la mochila. Él no mostró interés por el resto de pasajeros, ni siquiera por mí que sin necesidad alguna me pegaba a su espalda. Sin soltar sus muletas y obstinado de nuevo en rechazar la posibilidad de sentarse, se las apañó para abrir el maletín que llevaba. La curiosidad me hizo esperar y contemplé a los pocos segundos que de ese agujero negro extraía a Fernando Pessoa con todos sus desasosiegos. Abrió el libro, estaba subrayado por todas partes y con un mar de pósits. ¿No se lo perdono por nada del mundo?, volví a pensar pero ahora en forma de pregunta.

Hay hijos de puta que viven con la red bajo sus pies, que saben salvar su cuello incluso cuando no son conscientes de que lo hacen. Pero yo no había llegado tan lejos como para rendirme a cambio de nada, ni siquiera, a cambio de un lector de Pessoa. Miré a derecha e izquierda, tomé aire, metí la mano, saqué el cuchillo de plástico duro que parecía de verdad, lo pegué a sus riñones, mi aliento fue a su oreja… e hice mi teatro:

−Dime, cabrón, ¿matarte será un giro de trama con suficiente gancho?

Su mirada que se asombra, su cuerpo que se mueve ligeramente para echarme un vistazo, su cabeza que seguro se plantea si gritar pues echar a correr lo tiene descartado, sus ojos que se entrecierran, y entonces, con un tono mucho más sereno y lúcido del que me hubiese gustado oír, va y dice:

−Tú eres Romero, verdad.

Y cierra a Pessoa sin agobiarse y me sonríe y me sonríe mucho. Y no se corta en decirme:

−Eres todo un personaje.

Y con una gota de sudor resbalando por mi mejilla le pregunto:

−¿Pero uno verosímil o no? ¡Maldita sea!

−No demasiado. Anda, guarda el cuchillo no te vayas a meter en un lío.

−Pero si lo guardo –por supuesto no le digo que el cuchillo es falso− ¿qué narices habrá sido todo esto, un no atreverme a la tensión dramática en mi propia vida, un acabar en anticlímax, una broma de mal gusto para los lectores que llegaron hasta aquí oliendo sangre, o esperando al menos un final decente y no esta línea cero…

−No sé muy bien qué es eso de la línea cero pero si quieres te invito a una cerveza mientras me lo cuentas.

Y yo que tampoco lo tengo claro, y yo que no sé qué hacer, y a mí que me entra una risa histérica, y a mi mano que le da por guardar el cuchillo, y mi cabeza que se pone a desvariar con la idea de que si fuese el personaje de algún escritorzuelo, me gustaría que ese escritorzuelo quisiese ser el personaje que yo soy.

−¿Invitas a cerveza alemana? –Pregunto finalmente.

−También a una alemana –promete.

−Pues vamos.

Nos bajamos en Moncloa. Me dice:

−¡Vaya con la vida!

Y estoy de acuerdo, y me tiende El libro del desasosiego para que se lo lleve, cosa que hago, en el principio de una posible amistad.

Romero, 8

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