La peor canción de Sabina – @IAlterego84

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«Si ves pasar un sueño, cógelo del cuello.
Es una vez en la vida y hay sólo un tren»

ElPhomega

Silencio. Recuerdos. Nostalgia. Tú. Yo. Nosotros. Bocas. Lenguas. Besos. Palabras. Caricias. Manos. Piernas. Cama. Sudor. Despertares. Amaneceres. Secretos. Confesiones. Susurros. Almohada. Sábanas. Sueños. Quimeras. Café. Madrugadas. Paseos. Playas. Atardeceres. Cintura. Brazo. Abrazo. Música. ElPhomega. Sabina. Nosotros. Yo. Tú. Nostalgia. Recuerdos. Silencio.

Doy una calada, recordando el brillo de tus ojos el día en que nos conocimos. Caprichos del destino o sólo coincidencias de esta puta vida. Vestías de negro. Los dos esperábamos en la misma parada de autobús. Era de noche. Hacía frío. Los dos buscábamos conversación y no sabíamos cómo romper el hielo. Otras circunstancias. Otro lugar. Otro escenario habría sido más idóneo. Pero las cartas vinieron así dadas. Unas veces se gana. Otras se pierde. Y la mitad de las veces nos toca jugar de farol. Poner cara de póquer y asumir las consecuencias. Y eso hice.

Valor. Pasión. Ímpetu. Hormonas. Suspiro. Aire. Carraspera. Voz. Nervios. Cigarro. Mechero. Calada. Brasa. Brillo. Tú. Yo. Nosotros. Conversación. Sonrisas. Coches. Luces. Destellos. Vaho. Cuerpos. Deseo. Pasos. Distancia. Ojos. Iris. Verdes. Guiño. Mejilla. Mano. Dorso. Cosquilleo.

En la marquesina, un anuncio del último concierto de Sabina me lanzó un capote. Lo mirabas con aire distraído. No recuerdo lo que dije. Podríamos decir que las palabras se fueron a donde habita el olvido, pero supongo que sería una gilipollez de tantas como te dije, y sin embargo sirvió para lo que los dos queríamos. Poder hablar. Tus ojos color verde marihuana se abrieron como platos cuando el farol sólo podía seguir hacia adelante. Un órdago sin ver las cartas. Algo contundente, del tipo «mi vida es una canción de Joaquín Sabina». Sé que no era mía, pero tampoco estaba la cosa como para pedir derechos de autor a esas horas de la noche. Sonreíste. Los dos dimos un paso al frente al mismo tiempo. Nuestras bocas se encontraron a mitad de camino y nuestras lenguas hicieron el resto. En tu cabeza sonaba yo no quiero un amor civilizado. En la mía ¿cómo te has dejado llevar a un callejón sin salida? Pero supongo que ninguno de los dos les prestó atención. O, al menos, lo que el tiempo trajo consigo parece decir eso. Ya sabes: vecinas con pucheros, catorce de febrero, cargar con tus maletas y juntar para mañana.

Citas. Compromiso. Nervios. Noviazgo. Planes. Findes. Cines. Sexo. Amor. Cenas. Vino. Amigos. Mudanzas. Poemas. Flores. Vacaciones. Conciertos. Gritos. Afonía. Canciones. Versos. Recuerdos.

Y ese primer beso acabó creando una familia numerosa de otros idénticos a él. Otros lugares. Otros testigos. Y nosotros pasando de ser tú y yo por separado para compartir viaje. Aún recuerdo aquellas primeras veces. Esas tardes viendo Pulp Fiction en tu casa. Aquellos paseos en los que toreabas con el bolso a los tranvías, me echaba un cable la lluvia y acabábamos buscando en la basura un gramo de locura para volver a casa después de un concierto, buscándonos como dos estudiantes en celo mientras yo buceaba en el balcón de tus ojos de gata.

Miedo. Dolor. Insomnio. Tristeza. Noche. Sombras. Fantasmas. Garganta. Nudo. Lágrimas.

Y el tiempo se encargó de escribir por nosotros la canción de las noches perdidas, mientras nosotros hacíamos tiempo en una sala de espera sin esperanza, soñando con un futuro con pisos de nuevas construcción en un arrabal sin grillos en primavera. Acumulando un manojo de racimos de pétalos de sal. Y es que para decir con Dios a los dos nos sobraban los motivos. Yo, una ruina de don Juan. , esa princesa con la boca de fresa. Nunca emborroné un papel para decirte estos son los últimos versos que te escribo. Ni tú tampoco me dejaste como un perro de nadie, ladrando a las puertas del cielo. Aprendimos a soportarnos, a que la primavera duraba sólo un segundo. A que mi vida era la peor canción de Sabina, pero contigo a mi lado pasó a ser la canción más hermosa del mundo.

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