La niña que plantaba fotografías – @tearsinrain_

Tearsinrain @tearsinrain_, krakens y sirenas, Perspectivas

La primera vez que reparé en ese jardín, me encontraba en aquel punto en que uno está a punto de darlo todo por perdido, pero se resiste. Un hilo fino, tanto que ni a contraluz resulta visible, sostenía todavía alguna de las letras de la palabra esperanza, que se resistía a desprenderse (creo que era la segunda e) y, por lo tanto, no todo estaba perdido. ¿Qué me preocupaba? Un amor no correspondido, un trabajo que no me llenaba, una vida que no soñé, dolor de muelas, qué más da. Quizá sea algo de todas las existencias o solamente de la mía, pero el camino de baldosas doradas de repente pierde color, demasiadas curvas, cambios de rasante, rectas y sobretodo exceso de pendientes que te dejan exhausto y luego no hay tobogán para bajar.

Caminaba por la calle de adoquines grises, fachadas grises, aceras grises, bajo un cielo de nubes grises y pájaros grises. Y reparé en ese jardín, sin duda, porque era el único atisbo de color en toda la calle y en todo el día. Había unas flores de pétalo amarillo (trompetas, dijo que se llamaban) con un tallo verde, otras de color blanco, unas terceras de un rosa pálido y unas cuartas de un rosa colorado. La niña, sobre un césped que estaba perdiendo su tono verde, contagiado por lo desvaído de su alrededor, canturreaba una canción que rompía la monotonía de mis pasos, del paso de los coches, del paso de las nubes. Me detuve, ese primer día, pero solamente un instante, quizá incluso me froté los ojos pues había pasado por allí un montón de rutinarias mañanas más y no lo había visto. Me pareció ver que la niña iba a juego con su espacio, no era gris, sino de colores, llevaba un vestido color de mar en calma con destellos de gaviotas buscando un banco de atunes, lacitos color cielo raso con chispazos de nubes adornando un pelo castaño. No pude ver más.

Por la tarde siguiente, o quien sabes si también era una mañana, incluso un mediodía, mis pasos, rutinarios y grises como los del día anterior, me llevaron de nuevo sobre los adoquines hasta la verja, esta de un marrón feúcho, roído, que establecía con precaria, pero orgullosa, autoridad la barrera entre la calle y el jardín. Me senté en un banco cercano desde el que podía ver algunos tallos verdes y algunos pétalos rosas y esperé a que la niña hiciera acto de presencia. Tardó mucho e incluso me ofendí, como el espectador que ha pagado por una obra de teatro y esta empieza demasiado impuntual, hasta que la vi. Salió por la puerta de su casa, de un azul tirando a cadavérico, con una sonrisa reluciente en sus labios escarlata, con un vestido escarlata, lacitos escarlata en sus coletas de cabello castaño, ojos castaños, piel de tono cálido medio, y unos zapatos naranjas, cosa que no pegaba con nada, llevando consigo una fotografía que no pude ver desde el banco, un palo y una cinta adhesiva. La niña de escarlata se arrodilló en el césped mortecino y se puso a canturrear algo, que no distinguí desde el banco. Entre las rejas de la puerta metálica contigua a la verja, vi cómo se dedicaba atentamente a poner el palo en algún lugar entre las flores y luego situaba la fotografía en la parte más alta, haciendo que la pequeña estaca la atravesara en dos puntos extremos y luego lo acabó todo con dos tiras de cinta adhesiva, una abajo y otra por detrás. Contempló su obra, miró con atención algo que el muro, pues cuando la verja terminaba había un muro gris, me impedía ver desde el banco, dijo algo en voz alta, como si le hablara a las flores, las regañaba incluso, se levantó, se quitó la arenilla de sus rodillas de piel tono cálido medio, y dando saltitos volvió a encerrarse en su casa, no sin cerrar primero la puerta de un azul cadavérico.

Por unos instantes dudé entre si sentirme enojado por esa presencia de color y de felicidad en un mundo en el que parece no estar permitido o si quedarme un rato más sentado, cavilando, suponiendo y almacenando preguntas y dudas. Finalmente, ¡ah, maldito gato muerto!, la curiosidad pudo más que yo y me levanté, miré a ambos lados para asegurarme que nadie más había reparado en el jardín, y me acerqué a soslayar la vista por encima del muro, a través de la verja. Lo que la niña miraba, a quién regañaba, no era a las flores, sino a una serie de palos clavados en la tierra, idénticos al último que había puesto, en cada uno de los cuales había una fotografía, distintas todas, clavada. Eran fotos de personas sonriendo en primer plano, y de fondo algún paisaje bonito. No me atreví a más, creo que la cortina de la ventana de marco pálido, al lado de la puerta azul cadavérico, se movió. Como un niño travieso, aceleré el paso y volví al envoltorio gris de la normalidad. Sin embargo, sonreí un poco, así como torciendo la boca, me dolió ligeramente y al día siguiente tuve agujetas en los labios, pero sonreí y tuve la sensación que el hilo que sostenía la segunda e de la palabra esperanza, según el cual no me había derrumbado aún, ahora era algo más fuerte e, incluso, me pareció adivinar la última a de la palabra al lado de la segunda e.

A la mañana siguiente, o quizá fuera por la tarde, llamé al trabajo y dije que no podía ir. Me dolía la muela, o se me había muerto el perro, o alguien había puesto un plátano en el tubo de escape de mi Vespa, la que está aburrida en mi garaje. Da igual. No fui, y puntual como un inglés, me senté en el mismo banco del día anterior, con cierta esperanza renovada (advertí que la p, pequeña, vaporosa, se agarraba a la cola de la última a) y me situé unos centímetros más a la izquierda para tener mejor ángulo de visión, y esperé. Llegué a desayunar mi bocadillo de jamón york tirando a color rosa opaco en pan de molde blanco sucio, y a servirme un vasito de café de mi termo gris, algo más brillante que los adoquines, el cielo y las paredes, algo más brillante por nuevo que no por espléndido. Tocando al mediodía, o al atardecer, sentí miedo: ¿y si la niña no estaba? ¿Y si hoy no venía? ¿Y si aparecía de repente una brigada antidisturbios a detenerme por considerarme un voyeur de niñas con vestido escarlata? Estuve tentado a levantarme y largarme con la cola entre las patas, pero la s, sinuosa y sibilante, de la palabra esperanza sostenida en el hilo cada vez más fuerte, me lo impidió. Y gracias, letra s, porque la niña apareció al cabo de pocos minutos.

Esta vez llevaba un vestido violáceo, con lacitos malvas en sus coletas de pelo castaño, y zapatos de color cobalto, que tampoco iban a juego. Canturreaba, bajó los escalones a saltitos y, ¡oh, gato resucitado!, me miró. No supe dónde esconderme, quise convertirme en planta, en átomo, en bacteria, en mala hierba, en nube. Me miró, sonrió, y siguió con su quehacer, plantando un bastoncito en la tierra entre el césped lívido, apartando los tallos verdes de las flores amarillas (trompetas, dijo que se llamaban), habló con las otras fotografías después de poner la nueva, se levantó y volvió a mirarme. No había conseguido transformarme en piedra así que me veía claramente. “Ven”, dijeron sus labios escarlata, y me hizo una señal con su mano de piel de tono cálido medio. Me levanté, supongo que poniendo mi mano de tono mortecino destacado sobre el pecho en plan “¿es a mí?”, y anduve hasta la verja oxidada.

¿Tienes una foto? –preguntó la niña. Su voz era color requiebro con dejes de candidez.

Y claro que llevaba una, en el bolsillo interior de mi chaqueta gris, que no sé cuándo fue a parar allí, creo que fue la z de la palabra esperanza que de noche la hurtó del cajón superior de mi mesilla de noche. Una foto mía sonriendo, no recuerdo que yo supiera sonreír de esa forma, y de fondo un monumento precioso en una ciudad hermosa, rodeado el monumento de jardines verdes y flores de colores. La saqué y se la di.

La pondré aquí, entre las trompetas amarillas –dijo e inmediatamente aclaró, con tono algo severo–: Pero hoy no, solo puedo plantar una foto por día. Vuelve mañana.

¿Qué es lo que estás haciendo? –me atreví a preguntar con mi voz amortiguada, menguada e invariable.

La chiquilla miró las fotos en sus palos, las flores, los tallos, el césped, la verja, el muro y luego a mí. Su expresión era de “es obvio lo que estoy haciendo”, pero respondió con diligencia, con cierta musicalidad y armonía:

Planto recuerdos alegres. Bueno, hasta mañana.

Y se giró sobre sus talones de zapatos color cobalto, saltó los escalones hasta la puerta azul calmado, mientras sus coletas con lacitos malva repicaban sobre la parte posterior de su vestido morado. Y me sorprendí a mí mismo con una sonrisa ancha, boba, de las que no había practicado en años al tiempo que notaba como la primera e, la primera a, la n y la r, en cadena, se agarraban a las demás letras de la palabra pendiente de un hilo robusto y empezaban a escalar.

 

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